domingo, 30 de diciembre de 2012

Ciudad de cristal

¿Qué sucederá cuando no haya más páginas en el cuaderno rojo?

Hagámoslo bien, viajemos. Demos la razón a la naturaleza y dibujemos las sinuosas curvas de la costa mientras sintonizamos la radio. Pink Floyd, Echoes. Live at Pompeii. Gracias. Así podríamos acabar el año. Entrar en la nueva era ingenuos y descansados, con la memoria vacía de datos inútiles y desgastados de puro repasados. Ni siquiera llevemos una maleta con objetos que nos recuerden quiénes somos, quiénes podríamos haber sido o quiénes hemos aparentado ser hasta ahora mismo. Que sea el azar o el autor de nuestra historia el que ponga título, el que establezca un principio, el que ponga un punto y final o unos puntos suspensivos. Nosotros solo escuchemos el mar con música de fondo. La cuestión no somos nosotros, es el viaje mismo y si el viaje significa algo o no, no es el viaje el que ha de decidirlo... 
Que la historia dé comienzo con una BSO y un cuaderno rojo vacío, con una llamada al teléfono móvil de alguien que no existe o que está perdido, con unas interferencias, cruces de línea, extrañas referencias por interminables carreteras secundarias que arañan todas las ciudades costeras. Cada cosa que entre en el coche aportará incongruencia al universo incoherente que formamos. "El día está medio lleno", diremos; "soleado y frío", diremos; "agradable invierno mediterráneo", diremos. Anotaremos en nuestro cuaderno la esperanza de encontrar la perfecta diáfana mañana de enero tras algún cambio de rasante, tras una mutación en el aire que reste esa humedad palpable. Y ocurre que, pasado cierto tiempo, nos sentiremos incapaces de medir o calcular, ni tan siquiera de considerar el paso de las horas o los días: el viaje se habrá convertido en lo único importante. Y dormiremos poco para no perder el paso y seguir el viaje, no podremos apenas parar para comer o echar gasolina o comprar comida o evacuar lo comido fuera de nuestros cuerpos. No tendremos en cuenta que en el mundo, confuso y deslumbrante, el dinero se gasta, el pelo se enmaraña, las ropas apestan si no te las cambias... Sin embargo, y mientras tanto, recogemos pasajeros fugaces: entran y salen tras explicar farragosamente una verdad que no nos importa pero nos cambia; un viejo excarcelado y un joven poeta perturbado que comparten nombre, ADN, obsesiones,... su extraño mundo son solo palabras. Otra curva, otra canción, otra página del cuaderno rojo donde describimos a aquellos que suben a nuestro coche. Nos miramos. Al menos no estamos solos... Al menos el día luce espléndido... Al menos estamos de viaje. 
En el coche caben más viajeros: primero, esa mujer voluptuosa que nos perturba con una muda promesa de sexo y que nos embauca y motiva cambios en nuestra trayectoria; después, el propio autor de viajes con esposa rubia y un niño como el nuestro, y con un nombre exactamente igual que el nuestro, con una afición por el descubrimiento de la simulación que nos suena de algo, con un familiar parecido a algo que plagiamos o suplantamos en algún momento. Y llenan nuestro coche con sus palabras y sus ideas, con el lenguaje que emplean, con lo que dicen que seguirá ahí ocupando espacio incluso cuando ellos se hayan marchado. Y pasa o ha pasado ya, ahora no lo sabemos bien, que, en algún punto borroso del camino, todas las voces se juntan y estallan como una fuerza visible que después desaparece y nos deja en la niebla sin más que un cuaderno rojo lleno de fragmentos y un sentimiento de que nada de lo pasado durante el viaje importa más que como cúmulo de casualidades, un puente, que nos ha traído a ese lugar exacto donde nos hallamos. La única consecuencia real de la explosión es que ha dejado sobre nosotros una pesada nube que obstaculiza nuestra visión  e impide continuar el viaje. Y ahí quedamos: esperando, escribiendo y esperando. 
Nos miramos, mas es tan espesa la niebla que no vemos a nadie, apenas nos vemos el cuerpo entero. Y cada vez es más tupida y, al tiempo, más oscura la niebla. Podríamos hablar, preguntar, pero no lo hacemos y no sabremos por qué jamás; se nos ha olvidado cómo hacerlo o ni se nos ocurre hacerlo. La cuestión es, en fin, que no lo hacemos... así que no hay nadie: únicamente un solo nosotros con un cuerpo incompleto en un coche que no avanza en medio de un viaje que se interrumpe abruptamente. Y no nos movemos. No nos movemos y la situación se eterniza. Nuestra vida se prolonga por milagro, o porque sí, sin agua y sin alimentos, mientras duran las páginas del cuaderno rojo donde estamos escribiendo justo esto. Después, el cuaderno rojo se acabará y nosotros desaparecemos dejando como epitafio una falsa sensación de culpa en nuestro cínico creador.

Post Scriptum
El existencialismo es aun más deprimente una vez superada la existencia de dios y el propio ateísmo. Quinn no se pregunta qué pasa ni por qué, no se rebela ni trata de sobrevivir. Una vez llegado el momento, se pregunta tan solo qué pasará. No hay resistencia ni angustia en el final de Quinn: le falta la conciencia de estar vivo y de estar a punto de morir (o quizás es que eso no [le] importa). Como un pelele, extremada la indefensión del personaje y su condición de tal mediante la falta de profundidad en el carácter y la carencia de personalidad, el escritor se recrea en ahogarle en la más profunda de las confusiones de manera gratuita y absurda y lejos de los planteamientos de una sociedad kafkiana y alienante. Por otra parte, a poco que reflexionemos, el hombre de dos dimensiones mal esbozado, zarandeado, destruido, enloquecido y vilipendiado por el que lo ha creado ad hoc, representa bastante bien al hombre que conoces y vive so, sobre, tras, en ti. El proceso metaliterario es cínico por definición, triste por definición, inagotable por definición y, sumado a la ausencia de ironía, es agobiante por definición...

Cap. 10: Don Quijote, disfrazado de moro, contratado por Cervantes en el mercado de Toledo para traducir la historia del propio Don Quijote.  

sábado, 29 de diciembre de 2012

A toda costa


Llevo sangrando desde los doce años... casi treinta años sangrando. Casi treinta años, con la característica que me hace igual a tantas criaturas de las que no sé nada. Con la sensación de quedarme fuera de una gran fiesta de reinonas y evas al desnudo disfrazadas de lolitas, de ángeles rechonchos con feas voces, cascadas de berrear en medio de la sala. A solas en la noche de las falsas ingenuas, futuras “señoras” que se escandalizan de las putas profesionales, puritanas de alto standing. Perdida en la mascarada tras la que no se distinguen las intenciones.
Ahora mismo estoy sangrando entre los amores disfuncionales de Kimkiduk, la selección de hechos reales de Sion Sonno y el delirio americano “fin de fiesta” del segundo milenio: una broma que habrá que visitar dos veces. Sangrando, como testigo de excepción del vacío de varias vidas, espectadora del punto y final más barroco y postmoderno: la proyección de una escena ecuestre cuyos protagonistas se despedazan en mitad de la nada.
Y me miras adormilada, adormilado, sexy caparazón de rubicundas ruindades, mujeruca llena de verrugas, pasajero ensimismado en las actividades deportivas de tu barrio, ojerosa madre preocupada, plumífero enfermero de la quinta planta, joven de siete cabezas del final del vagón; me miras mientras sangro, ojos ora interrogantes ora aterrados ora amenazantes. Con el vaivén de un monstruo alienado. Sin saber si sueña... deseando estar en un sueño. Con el cóctel farmacopólico aún viajando por tu sistema digestivo, bailando en el estómago, calando en la sangre, subiendo al sistema linfático, palpando el sistema nervioso central, bajando hacia los intestinos con vocación escapista. Eres todas esas criaturas que yo enveneno con mi presencia y te invito a tomar de la copa que te ofrezco sinceramente, con la idea de, no obstante la alteración del habla por la afectación del nervio hipogloso, sacarte la verdad a toda costa.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Sion Sonno: Cold fish y Guilty of love



Se lo pone difícil la imaginación de los límites al triste mundo de la ONAN y sus países satélite y culturalmente afines. Por aquí, hace tiempo que todos lo hacen todo con una conciencia absoluta de estar en la plaza pública donde cada quien que asoma juzga al vecino de manera implacable, y como si de ese juicio dependiese la continuidad de la especie. Esa es la principal causa de que vivamos una gran mentira y de que para soportar mirarnos al espejo tengamos una violenta necesidad de algún tipo de droga que puede ser trabajo, sexo, chocolate o solo un poco de ginebra barata. Adictos a razones, al orden, al desorden, a una sensación de control, a una sensación de libertad, a una sensación placentera, a una máquina tragaperras, a una o varias putas bien formadas.
En este mundo habitado por vegetales que se esconden de la luz, solo unos pocos logran hacer algo que da igual y al mismo tiempo se salva. Algunos que no piensan que estar en un mundo-espectáculo es una presión añadida a la mera falta de ganas, a la barriga llena, a la acumulación y el despilfarro; y se resisten a hacer cosas solo porque te las van a pagar y entonces idearlas de manera que gusten a la masa, que normalmente es de un previsible que da náuseas.
La historia de Cold fish venía hecha. Estaba dada por cómo son las cosas pues esta historia ya ha pasado. Contarla sin piedad era más difícil. Y Sion Sonno ya abundó en la sutil necesidad de algunas mujeres de ser libres a través de la sexualidad, de estar confusas entre el fingimiento y la sumisión y el loco deseo de romper todos los papeles que se le han asignado. Y es posible que sea un asunto cultural de determinadas coordenadas pero la contención y la decencia, la fórmula del ser bueno y actuar según los cánones de lo que una conciencia colectiva aprueba está tan viva aquí como en cualquier lugar. Y esas ellas pueden ser el detonante de toda la violencia con la que un desdichado como Syamoto salpica y mancha de sangre la pantalla. 
Así, del choque entre un hombre naturalmente bondadoso, presuntamente leal y cuerdamente débil y un hombre que ha traspasado todos los límites en pos de la satisfacción de sus deseos más animales nace el verdadero mal. Si el viudo que briega con la hija adolescente y mimada, absurdamente joven y descerebrada; si el viudo que confía en el amor de la joven sucesora de su esposa muerta, y vive como todo el mundo, y es tan normal que su vida no tiene mácula ni tan siquiera cuando sueña; si este viudo, digo, duerme y tiene pesadillas, sus pesadillas nunca serán tan terribles como su propia estela al traspasar el espejo donde asiste a la ruptura con la creencia de donde empiezan y acaban sus propios límites.
Los hombres somos un saco medio vacío que se va llenando de arroz, declaraciones de la renta y películas, de noches de teleseries y paseos por el parque con hijos en carrito. Un saco que en el fondo alberga algo que el propio hombre desconoce, un poso de deseos incontrolados, de orgullo y de arrogancia que, dependiendo de quién, está más o menos contenida. Y si ese poso se adereza con la visión inesperada de una realidad infernal que puede ser una masacre, un atropello o los capítulos inenarrables de toda una guerra, si ese poso es removido con la cuchara de la crueldad o con un enorme palo de metal y reflejos de sangre y corrupción y trozos de la propia miseria, ese poso se eleva, sale del saco, lo llena, lo colma y resbala en forma de espuma de cerveza, ese poso lo es todo, es un veneno alado, es el hombre que golpea e incendia y la mujer que se prostituye, corrompe y muere o mata, y es la madre o la hija de los desesperados suicidas que, ante el espectáculo grotesco, se sacuden el polvo y siguen como si nada.

Y todavía hay quién se pregunta por qué se suicidó D.F.W. cuando la Sustancia ya no funcionaba.

domingo, 9 de diciembre de 2012

No soy bipolar: es que finjo muy bien


El azul es un color demasiado alegre


A veces parece que al mundo lo mueve una necesidad aguda y urgente de autodestrucción. Y quizás se impone, aunque sea a intervalos de cordura, admitir la propia mediocridad antes de dar un paso más; admitir la imposibilidad de tener nada de verdad, la imposibilidad de hacer nada valioso, la escasa gana de luchar que queda tras una derrota brutal; asumir el miedo a avanzar, las dudas sobre el propio ser y la integridad de los demás.

Y puede que entonces tu cabeza explote o escribas un poema de mierda y entres en la Pesadilla donde un barítono absurdo se pone histérico y grita, grita, grita. Y un cantante de ópera ante un enorme y fálico micro se pone histérico y grita; y la marioneta se pone histérica y grita: esa cosa parlante que creaste se vuelve hacia donde tú estás, dando la espalda al público de cartón piedra, y grita.
Y sigue la Pesadilla con la abnegada ama de casa, con carita de ángel rechoncho, asidua a comuniones y bautizos, que se revela y grita, amenaza, insulta, se quita la máscara y grita: tu criada malpagada te escupe y grita; la madre de familia enloquece, abandona todo y grita. Y un enano con bozal frente al espejo se desnuda y grita, escupe y grita, te maldice y grita...

Y finalmente todo acaba con una plegaria:

Bienaventurados los millonarios porque de ellos serán las bragas de las niñas oprimidas. Bienaventurados los indecisos porque no hay espacio en el Infierno para tanto cobarde, así que irán al más espacioso lugar llamado Cielo que está muy por debajo de su capacidad de ocupación. Bienaventuradas las falsas libertinas, las caricaturas de sí mismas, las lascivas porterillas, las anuladas personas con prisa, porque en algún punto entre este mundo y la nada dejarán tanto sitio algún día...

jueves, 6 de diciembre de 2012

Ya no lees ni escribes y estás peligrosamente cerca de la normalidad. Y yo, por mi parte, cada vez cruzo más límites de esos que no puedes descruzar. Cada vez me veo más atrapada por mi extraño modo de ser: excéntrica y marginal, acabaré sola y loca. Cada vez me río más alto y mis errores tienen un eco que se va haciendo sólido y me es devuelto como un bumerán; apenas me libro de milagro de la muerte y vuelvo de nuevo a caer como un peso muerto en un acantilado sin fondo; adicta a casi todo; llena de dudas; muerta de miedo; fanática de la Libertad (sí, ese nombre que corresponde a un concepto y que no existe en el mundo real). Te miro, cuerdo y sereno, centrado; ya no estás enamorado, ya no buscas en realidad, ya no estás perdido, ni gritas, ni deseas reventar...

miércoles, 5 de diciembre de 2012

La respuesta que nunca llega

El único juicio válido debe de ser el juicio final, el resto son un montón de pajas mentales y un montón de opiniones revestidas de convicción verbal. Ya hace tiempo que descubrí que era difícil resistir a las tentaciones, que era más posible para otros que para mí comportarse según las normas arbitrarias, convencionales y comúnmente aceptadas, ergo de algún modo democráticas, y que por ello la existencia de muletas iba a ser todo un problema en mi paso por esta vida. Así, las muletas que han sido de todo pelaje y condición se han convertido en parte de mi pellejo, ya gris, un pellejo fino y poco útil, un pellejo nada resistente al frío, al viento y a la hostilidad palpable que tengo el sexto sentido de percibir. Estas muletas son al fin y al cabo una ayuda simple para el caminante pero en mi caso y en muchos otros se hacen tan absolutamente imprescindibles que al final son más un problema que una solución. Y he aquí mi conexión contigo, amigo. Yo me hago adicta con rapidez, con alegría, con facilidad y ansia a todo aquello que me hace feliz. Si es el alcohol, soy alcohólica; si es el amor, soy una desdichada y triste mujer solitaria; si es el sexo, soy un buen polvo (y lo sabes) con el que nadie sabe bien qué hacer. Ahora soy consciente de lo difícil que es ser adicta y vivir; simplemente vivir; tan solo cumplir los mínimos de una existencia pacífica y "normal", como si fuera yo también una persona cuerda. Y no solo es difícil sino que, a veces, es imposible; y deliro y finjo y me esfuerzo, pero al fin sale de mí esa necesidad ludópata, ninfómana y viciosa para consolarme al tiempo que me destruye, mientras al fondo se oye una ovación de arlequines ociosos que existen ahí por mí.

martes, 4 de diciembre de 2012

Es tanta la hostilidad que me paralizo. Hoy fui al supermercado y me abastecí de cerveza y decidí destruirme como salvación de las tinieblas que me acechan.

lunes, 3 de diciembre de 2012

La agonía de Pobre Tony


La agonía de Pobre Tony. La agonía de D.F. Wallace. Reconocer todo ese sufrimiento y meterte en él, acostarte con él, levantarte con él, verle los ojos al horror y después salir a la calle y ver las luces navideñas que acompañan fingidas capas de nieve en los portales de los centros comerciales donde enormes carteles de LED azul cantan a la unidad familiar al tiempo de hogar, al consumir como dar y cantan al amor y a la paz y a la esperanza y a “qué bello es vivir”. Y la intermitente defensa de los clichés debía de debatirse en el fondo de D.F.W. como un deseo voluntario de creer en algo asible aunque, después de haber paladeado la verdadera amargura, después de haber parido la agonía de Pobre Tony, después de haberse sumergido en ese pantanoso mundo real y haber visto cómo son y serán las cosas de verdad, los clichés no sirven de nada. Y ver acercarse al monstruo y reconocer la enfermedad y toparse en mitad de la nada con la abstinencia en un mundo de colorines y campanillas hace que te den ganas de sacar de alguna parte unas fuerzas animales, unas fuerzas iracundas, irracionales, destructivas, unas fuerzas que lo tiren todo abajo y bañen de escombros y de sangre la memoria de tu inocencia y rediman este basurero de un modo apocalíptico e irreversible, aunque solo sea irreversible para ti, aunque solo sea apocalíptico para el que en ese instante te toque un puto hombro.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Duele


El dolor relativiza todo. Es el único absoluto que reconozco y al que temo. Cuando escribir representa un esfuerzo sobrehumano y hundirse en un colchón blando una ausencia infinita de felicidad, cuando te haces consciente de cada bisagra de tu cuerpo y notas latir la sangre bajo la piel con tanta dificultad, la vida parece larga y el camino una pendiente oscura por la que resbalas sin remedio por más que te empeñes en avanzar, por más que confíes como una cretina en tu voluntad, por más que, aun sabiendo tantas cosas, sigas pensando que tu voluntad se impondrá, como si creyeses en los conjuros, en la magia o en cualquier otra idiotez humana. Y, rechazando las señales que se te han ido enviando, sigues empeñada en subir esa pendiente y solo consigues quedarte sorda del propio dolor y sola mientras el mundo sigue girando en esa misma dirección donde lo que tú ves son centenares de espaldas que se alejan como una burda metáfora.

jueves, 29 de noviembre de 2012

La libertad es una sombra que nos atañe, un desastre conceptual que algún maldito cabrón inventó un día en que no tenía nada mejor que hacer, un epitafio y una losa sobre nuestros cadáveres, un desastre antinatural e inevitable. Cómo dejar de proyectar esta sombra sobre ti, cómo dejar de sentir esa punción en mí, cómo demonios evitar pensar siquiera, si la idea-ficción-quimera está tan arraigada en mí y en ti. ¿Cómo? ¡Mierda!
Por motivos ajenos a mi voluntad, ando explicando la formación de palabras en lugar de hablar del mucho más interesante tema de la deformación de palabras. Pero no es este un mundo para la nieta bastarda del jorobado de Notredame. Y así, ocupando mi tiempo en cosas banales, en cosas que hago con empeño pero sin ganas, en cosas que me permiten ganar algo de pasta, veo la luz y aclaro algunos términos del contrato que alguien, por poderes, firmó en mi nombre el día en que me escupieron a este basurero llamado Mundo. Oigo una voz cavernosa que me dice que entre un montón de dinero y la Verdad, entre un montón de dinero y el Amor, entre un montón de dinero y Dios,... no hay dudas en la elección. Y ahí, paro de escuchar. Tomo mi cuerpo flaco y lo llevo al congelador en que se ha convertido mi terraza, fumo para dañar mi integridad y mi salud y mi apariencia y me dedico a leer el destino de los tiempos en la forma de las nubes que es la profesión para la que yo venía predestinada. Hace un frío de cojones. Las nubes están espesas y aisladas, sus límites como pocas veces marcados, la leyenda más clara que el I Ching en sus mejores días como de aquí a Júpiter y volver e ir y volver e ir y volver infinitamente. Diría lo que he visto y mis predicciones, así, gratis, porque sí, pero hoy no me da la gana, a lo mejor lo digo mañana. 

miércoles, 28 de noviembre de 2012


Y tú me preguntas, escupiendo sangre, mientras clavo mi puñal y lo remuevo en tu abdomen; me preguntas, monstruo de mirada torva y bizqueante, despreciable cobarde; me preguntas, mientras cada uno de tus venosos ojos buscan una puerta, una ventana, una pared que se abra; me preguntas, deshonor de las sombras, conjunto de bascosidades, senil esqueleto; me preguntas mientras alargo todo lo posible tu fin, ensanchando en mi memoria el único momento de un día de mierda. Tú, vanidad de vanidades, traidor entre los traidores, falso entre los falsos, me preguntas qué es realvisceralismo, mientras saco tus vísceras despacio por entre la carnosa masa ensangrentada... 

domingo, 25 de noviembre de 2012


La gran farsa de mi vida, una barca de papel en la que aventurarse a cruzar el mar, un mundo infinito de martes a los que faltar, empezar de cero en un mundo en el que las matemáticas fallan,... Ser adicta y sobrevivir por azar y necesidad, un nuevo tipo de ser humano en un mundo infrahumano, como un decorado de cartón piedra donde el amor se debe a un filtro mágico, donde las promesas son un lejano y repetitivo cántico. Tras los segundos que sean debo tomar una decisión, una de esas decisiones de las novelas, una de esas que cambian el rumbo de una vida entera, creyendo que las posibilidades que imagino son reales y podrían ser verdaderas. Sin depender de la voluntad del otro, sin seguir dejando que la corriente mande en mi destino y el viento determine el recorrido de mi viaje,... Darme de bruces con la tragedia del fracaso más elemental es un riesgo que podría correr. 
Piluqui, ¿estás bien?, ¿por qué no contestas?

Unos y ceros

Hay un silencio intrigante: el momento en que cierras el libro y ya no ves qué pasa. Es un momento digital, de ceros y unos. Un momento de todo o nada, tal como hemos organizado la realidad. Un todo o nada, maniqueo y obtuso que en composición compleja puede reflejar de modo cubista lo que sea. Abres el libro, uno. Cierras el libro, cero. El mundo de ficción, antiadherente y odorfresh, se va ninguna parte cuando entornas los ojos y te rindes al sueño, cuando suena el teléfono, cuando la urgencia te hace salir de ese mundo para entrar en esos otros mundos: comer, dormir, ir al baño, freír un huevo,... Lo bueno de la Literatura es que no huele. Mentira. Si un cuadro tiene aire, un libro tiene olor. Aunque, en general, nadie ve el aire de Las Meninas ni nota el olor a carne podrida de 2666, el olor a sudor tierra mojada y letrina de Trópico de Cáncer, el olor de miseria y agua estancada de Los demonios, el olor a polvo de medicinas de La broma infinita, el olor a salmón ahumado y sangre de Baila, baila, baila, que, como todo lo que escribe el maldito Murakami, me da hambre. Casi nadie lo nota, creo. Pero que la mayoría perciba o no algo no quiere decir que ese algo no esté ahí para nosotros, ¿verdad? Los esforzados amantes, ocultos en el silencio intrigante y lleno de significado, en los matices entre la luz y la oscuridad. Algo ebrios y disimulados, esperando con impaciencia nuestra porción de soledad para volver a abrir el libro y sumergirnos en ese espacio virtual y adictivo que no es el mundo real pero que está más cerca de serlo que los demás.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La batalla eterna

Nunca veremos los lagos helados; 
como mucho, el granizo contra la cosecha 
y, al amanecer, la escarcha de fresa. 
Nunca una aventura en mares lejanos, 
nunca un viaje descabellado; 
nunca bailaremos drogados 
ni compartiremos los mágicos bálsamos. 

Jamás ser la cura ni la locura; 
jamás llegar a un lago fresco 
donde el aroma se mantenga en silencio, 
firme, abrazándote sin precio. 
Todo tiene precio...

Queda bregar con la vida 
en un paraje pleno de ruinas 
sin historia conocida; 
bregar para sobrevivir otro día 
y fingir una vida. 
¿Qué si es una vida vacía, tibia, 
una muerte disfrazada de vida? 
¿Qué si el corazón apenas late?
Y si nos hicieron coyotes cobardes, 
 nos armamos de desprecio.

Abandonar una estancia, 
las orejas gachas, la vista nublada; 
abandonar una estancia 
por la fuerza. 
Creerse la solución y ser el problema, 
nadar contracorriente sin que nadie lo sepa; 
sin riesgo de ahogarse siquiera. 
Tan vulgar el paisaje desolado y trillado 
donde no hay lagos helados; 
donde solo el sucio y polvoriento páramo, 
el oscuro y desértico páramo, 
con una verja, la vieja cárcel, 
el burdel de figuras de cera.
Y, del único poste, colgando una enorme cadena. 

Una falsa guerra sin heridos ni bandos, 
sin héroes ni soldados; 
solo un montón de trincheras, 
miles, millones de trincheras. 
Más trincheras que atrincherados 
en una batalla solitaria y eterna.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Los maniquíes son mujeres muertas


El arte de la taxidermia en combinación con la femineidad conduce a la felicidad. Enamorarse de un maniquí. Amar la estética anónima, quieta, muda. La paz del silencio y la perfección. Mujeres muertas y comida puesta, elegancia ordenada, paraguas prestos, exótica condescendencia y sofisticados modos de incomunicación. En cárceles de cristal donde ser espectáculo sin sentir la humillación, el ridículo, el horror. Acaso un poco de frío y lo lento que pasa el tiempo cuando cada día es igual. Un objeto perfecto, pulcro y puntual, como aquella paciente forma de pasar página mientras la mujer es calzada, colocada y recolocada en una postura lasciva; mientras es desvestida, los duros y blancos pechos, y la rigidez de las piernas, un poco abiertas dejando entrever un tímido vello púbico que recuerda que entre esas piernas hubo quizás una mojada voluntad. Reconocerlo y saberlo y que nos dé igual, poniendo billetes sobre una falsa mesa, rodeada de muebles de atrezo y estantes llenos de libros que nadie ha leído jamás. Y quedarse en ese tierno momento de indignidad, un momento de absoluta soledad, de voyeurismo, inquietud y levedad.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Esto es una puta poesía escrita en 2 minutos 50 segundos

Darse cuenta de que alguien a quien amas no te ama, de que alguien a quien creías conocer es un completo desconocido, sentir tantas dudas que te paralizas y ni puedes respirar y aun así respiras. Lo molesto que es a veces la necesidad de respirar, de comer, de dormir y de sobrevivir a las tormentas. Poner un tabique y que este se desmorone como un castillo de arena en el calor de la playa más dorada. Querer ser y no ser nada. No encontrarse ni quererse encontrar y que una cortina sea lo más parecido al telón de acero de nuestro mundo enano, higiénico y profiláctico. Salir al mar y no ver las olas, tener un problema hormonal que no te permite oler la bruma salina, no saber escuchar la música ni leer la poesía ni abandonarse ni aventurarse ni avanzar. Y la pistola tantos años guardada se ha oxidado y no dispara, tras los intentos fallidos con el cañón en la boca, la puta pistola no dispara ni hace clic ni da señales de vida.
No saber leer las señales, pasar de largo por la calle festiva, no tener líquido ni sabia ni sensibilidad y encerrarse en un ataúd fingiéndose un pariente cercano del conde Drácula. Darse de baja de sitios y, al cabo, aturdido por la falta de mensajes y cartas, darse de nuevo de alta. El mundo gira, ya lo sabemos, o al menos es lo que nos enseñaron en el cole y lo creemos a pies juntillas, y hay días que sentimos como bajo nuestros pies se mueve. Mirar el escuálido arbusto y hacer un hueco en nuestra barbilla, un pequeño gesto llorica, un leve hundirse a la salud de la planta que soporta la tormenta más que nosotros soportamos el miedo de mojarnos. Saber que los coches de los pobres están helados y cubiertos de vaho y saber que son genéticamente más débiles y feos por ser pobres y pintarnos los ojos y volver a apretar el gatillo. Puta mierda de revolver. Vamos a la farmacia, y nos proponemos vender nuestro cuerpo al farmacéutico a cambio de todos los calmantes, ansiolíticos, antidepresivos y venenos varios para no tener que hacer el esfuerzo de cortarnos las venas y ponerlo todo perdido. Sobre todo, porque hemos renunciado a ahorcarnos tras dos horas tratando de apañar el dichoso nudo. Todo es tan aburrido. Encima esos coches no contaminantes que no permiten la solución tan James Dean de poner ese tubito en el escape y meterlo por la ventanilla. Nada. Hasta para morir hay que tener suerte y un plan y una importante alienación y un fortísimo desorden mental. Así que renunciando a toda esa teatral solución "final" decides darte una ducha y poner música estridente, cogerte una curda y dormirte tirada en la alfombra persa.

Límites, voluntad y palacios de cristal

Fiodr, a pesar de su aspecto cansado, serio y anodino, su incipiente calvicie, su desproporcionada cabeza, su caminar cargado y su frotarse las manos, no es un tipo más. Fiodr, en un mundo de gente que no sabe lo que quiere, desea un palacio de cristal, exactamente lo que desea es que existan los palacios de cristal y, esta es su voluntad porque ese es su deseo. Lo interesante de F. es que nunca nadie puedo despojarle de su voluntad pues nadie supo distraerle de su deseo. Toda su actividad se puso al servicio de la consecución de ese deseo. Su talento, su herencia, su esfuerzo, todo lo que podía como hombre libre, hijo de hombre libre, se puso en funcionamiento. No pararía hasta encontrar un palacio de cristal, un mundo hiperbólico lleno de mesas de juegos, con vasos de vodka helados y una audiencia atenta, complaciente e ingeniosa. Un lugar en el que no solo cobijarse de la lluvia sino apretarse contra unos orondos y blancos pechos, un lugar por donde no se pueda pasar sin hacer un espasmo a modo de reverencia, donde los únicos límites sean su libertad y su conciencia de ella. 
Y pongamos por caso que, en un momento determinado, F. lo consiguiera, consiguiera este palacio. ¿Cuánto tiempo creen ustedes que tardó en desear algo más? Digamos, subir un nivel en la misma dirección, esto es, en la excelencia del palacio de cristal. Y nada asombroso pasó: en principio, el palacio habría de ser enorme, dorado, redondo, sinuoso, siempre perfumado. El vodka levemente tibio, el samovar siempre encendido, la mesa de juego presta y el bolsillo de su chaqueta como un interminable surtidor de monedas. En los momentos vespertinos y solitarios, su pluma iba aún más ligera. Y las mujeres, siempre lindas y dispuestas, sus cuerpos, llenos y suaves, sus ojos enormes y sus manos pequeñas y la intuición de estas hembras sería un portento de inteligencia solo a la entera satisfacción de la imaginación.
El tiempo (oh, tic tac) habría pasado raudo, claro está, si esto así hubiera sucedido. 
Mas, fuera del palacio, quedaban aspectos que podrían entrar dentro de los límites de su voluntad, al menos la calle o la manzana que rodea al lugar y, cómo no, los habitantes que paseasen esta calle, y también el ambiente y el aire que tenía que ser fresco, seco, perfumado y deslumbrante. Nunca más el hedor ni el espectáculo de la miseria. Solo una calle en la que nadie recordaría que uno se tiene que conformar con el gallinero o el altillo de un edificio ruinoso con habitaciones subarrendadas y sucias familias separadas por sucias y viejas sábanas. Todo se podía olvidar en un paso más en la consecución del deseo del palacio de cristal. 
Después de un tiempo, estoy pensando que Fiodr ya estaría satisfecho y bien abastecido, nada de lo anterior le haría desear sacar el dedo; los deseos saciados, el cuerpo descansado y la contemplación de la belleza y la imagen de una sociedad hedonista, serena, pacífica y en completa ausencia de desigualdad. Y seguramente seré yo, pero imagino a Fiodr despertando una buena mañana, entre sábanas blancas y almidonadas, con una rubia cabellera enredada entre las almohadas. Imagino a Fiodr observando a la bella muchacha de curvas sublimes y pensando que aquella no tiene ninguna inocencia, que va demasiado perfumada, que sus caderas son muy anchas y su habilidad es tal que resta todo aliciente al arte de amar. 
Y, tras una fructífera mañana de trabajo, lo veo bajar las doradas escalas, con una historia bajo el brazo pensando en que siempre las mismas historias y los mismos recursos y los mismos personajes con las mismas depravaciones y la misma estulticia y la misma maldad, y que siempre los mismos trucos para cautivar a editor y lectores, y seguir ganando tanto como para mantener el  palacio de cristal. Y veo cómo, de repente, lanza las cuartillas garabateadas por la ventana. Y se sienta a la mesa y, después de la sopa y el faisán y el vino y los pasteles y la conversación aduladora aunque amena, siente unas imperiosas ganas de vomitar. Y vomita en una enorme bacina plateada y, entre los trozos y restos semidigeridos y el olor nauseabundo y las lágrimas producidas por el esfuerzo, Fiodr cree ver un movimiento en la masa parduzca que pareciera haber cobrado vida y moverse de modo imposible. Fiodr, sin duda, alzaría la cabeza, se echaría agua en el rostro, enjuagaría su boca con licor de manzanas y, apuesto la camisa, regresaría a mirar el vómito con una mezcla de temor y burlona incredulidad. Pero ocurre que allí ahora mirando atentamente, con una mano tapándose las narices y la otra, sujetando una bujía, ve que no era una alucinación ni un error de percepción y que lo que se mueve allí abajo es un número insoportable de gusanos. Asquerosos e inquietos gusanos que han estado dentro de él y que han salido de él y que quizás se hayan creado en él y que ni dentro ni fuera son parte del palacio y no mueren ni desaparecen ni se van a morir ni a desaparecer jamás. No sabría decir lo que pasa por la mente del hombre justo en ese instante de desesperación por el miedo y el asco, pero sé qué hará Fiodr, que sabe lo que es evolucionar. Así, y por ello, pasa a la siguiente fase y fuma alguna sustancia relajante y oriental y se siente relajado y oriental y deja de pensar en los gusanos y se concentra en "redecorar" el palacio de un modo profundo y exótico. Primero, apartará a las hábiles damiselas de su lado de la mesa para sentirse confortado con la dulce inocencia de criaturas más jóvenes e inexpertas. También, y quizás como reacción subconsciente a la náusea vermícula, F. deja de comer y se dedica a paladear exquisitos licores y a profundizar en ese nuevo y extraño placer de los humos extranjeros, y en la risa blanda y los estrechos cuerpos de los niños cuya sensualidad le era hasta entonces desconocida y es como un país nuevo y raro y excitante y vedado, y el reciente deseo se impone a su voluntad: el deseo de no recibir sino de dar, no de ser agasajado y amado sino de agasajar y amar y enseñar.
Así que F. ha ampliado los límites del palacio concediendo a su deseo un poder que en realidad siempre tuvo, sin darse cuenta de que los pasos avanzados en esa última velada son, aunque los diera solo por amistad y por curiosidad y por ser fiel a su voluntad de ser absolutamente libre,  son -digo- pasos imposibles de desandar. Y que es verdad que todos los límites se pueden cruzar porque no existen más que en las convenciones de las que Fiodr se deshizo hacía tiempo ya. Y que el único límite admisible es el que uno se impone bajo cierto control del que aquella noche nuestro Fiodr se despidió para no recuperar jamás, pues ¿cómo volver a los antiguos hábitos de los que había terminado asqueado?, y ¿qué vacío placer encontraría en las antiguas prácticas ya jamás?, y ¿cómo considerar su palacio de cristal un palacio de cristal si allí no hallase la complacencia de su deseo y se sintiese libre y ejerciera todos los derechos que le asistían como amo de su destino? y, además, ¿por qué habría de volver atrás?, ¿a quién debía rendir cuentas?, ¿a una supuesta autoridad impuesta por una voluntad ajena, cuya misión es hacer cumplir unas reglas arbitrarias e ilegítimas para un hombre libre? No, no daría ni un paso atrás. Un hombre que tiene un palacio de cristal no puede dejar que se convierta en un edificio vulgar ante el cual se pueda escupir. 
El destino de F. sería llenar sus noches de complicados juegos con subidas y más subidas de las apuestas y sus banquetes de ebriedad y, para la conciencia amaestrada que él también había heredado -incorporada a su cuerpo aunque no fuera material-, reservaba el humo del olvido y la música liviana.

martes, 6 de noviembre de 2012

Spotless life

Siempre es triste dejar atrás un paisaje que amas, mientras el taxi te aleja atravesando suburbios y puentes sobre vías ferroviarias y muros manchados de humedad con estresantes pintadas llenas de faltas ortográficas, y un talento subversivo y barriobajero te atenaza. Una espalda llena de caspa y unas manos demasiado pequeñas escondidas tras unos diminutos guantes blancos te guían hasta la salida del laberinto donde has vivido un tiempo que ya no importa pues está abocado al olvido tras 5:57 minutos de destello de una mente sin sentido: Everybody's gotta learn sometimesEs siempre triste volver la vista atrás y ver los rascacielos que te aplastaron y ensombrecieron cada uno de tus días, a los que miraste y volviste a mirar para fijarlos en tu memoria a pesar de saber que esta, como las otras, veces todo eso lo ibas a olvidar; oír Everyboy hurts en tu mp4 robado, ver al fondo la torre metálica como un desafinado canto a la posmodernidad, la fisonomía de una ciudad enorme y sin alma, un sitio donde, aunque no lo sepas, porque nada se puede saber, no volverás. Entre el taxista y tú, un grueso vidrio está lleno de salpicaduras y huellas, las manecillas de las puertas arrancadas y una emisora de radio vomitando palabras extranjeras te despiden del caos en que casi te habías acostumbrado a ser infeliz, igual que uno se acostumbra al frío o a pasar hambre o a estar en un catre lleno de muelles, cama de faquir a la que te adaptas sin más, durmiendo como una serpiente, adelgazando para no pesar y así no clavarte esas puyas metálicas. Y te ves en el cristal de la ventanilla mirando la ciudad mientras te alejas, te ves en tu perfil afilado y envejecido, en tu rostro forastero, en tu cara de madrugada, una cara abstemia y sombría que no desentona con los viejos edificios ennegrecidos, el olor a carbón, los trapos tendidos en las ventanas opacas y sucias, donde alguien vive en una miseria infinita sin que ni a ese alguien le importe. Y entonces te das cuenta, porque sientes algo intestinal que debe estar conectado con el inconsciente, en el lugar donde vive el mago de Oz del cuerpo que habitas, y te das cuenta de que ese lugar es el lugar que amas, donde puedes ser tú, con un cuerpo infrahumano, noches y madrugadas, cucarachas aplastadas y ciento de botellas apiladas, que sea donde sea que te lleve ese avión tampoco entenderás el idioma ni las costumbres, que las camas y las escaleras y las aceras no serán allí tampoco de tu talla, pero nunca habrá una bruma de polución y transeúntes semimuertos de cabezas gachas ni la BSO del lugar será jamás Mad World y que eso es lo que tú amas. Tu piso a esa hora ya estará habitado por otro, tu basura habrá sido despejada, tu nombre garabateado en lápiz en el buzón al que nunca llegó ni una sola carta tendrá ya otro encima del tuyo, escrito en rotulador negro, en caracteres cirílicos o alguna lengua eslava o caracteres tradicionales chinos.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Invisibles flores, palpitando bajo la tierra

Nuestra estación languidece, 
se agosta, se muere.
El sueño de verano
nos condena sin remedio
y tristemente nos libera
del error de sentirnos eternos.
Solo seremos restos
en los lejanos días venideros:
otoño en crujientes hojas
plácidamente colocadas
como piezas de una colcha.

Tan solo espero que el frío que se abate
sobre las exhaustas cosas
me descubra en el blanco invierno,
partiendo hacia el verde pálido día de mañana
que, incrédulo, aguarda sin nada entre las manos.

Y quizás el tiempo, insólito centinela
que vigila nuestra puerta,
abra un camino,
limpie la nieve de nuestra senda,
eche sal a nuestro paso,
sea de repente un aliado
y decida dar una oportunidad
a estos del lado donde nos hallamos.
Momento, pues, de desperezarse,
estirarse,
palparse los miembros,
                 entumecidos y yermos.
Alzarse el cuerpo, ajeno,
hacerlo caminar en círculos
hasta acostumbrarse al movimiento.
Hora de calzarse y salir 
donde las estaciones siguen su concierto.
Y ver si está el suelo lleno.
Lleno de yerba, lleno de cielo.
Si está pleno de hojas,
o, acaso, lo anega el cieno.


Y hacer un hueco en el cálido fango.

Y, con los brazos cansados,
cavar un pozo y construir un tejado,
esperando que el tiempo nos acaricie
en lugar de fustigarnos.
Y persistir, distraídos en la abeja 
que liba la flor inquieta.
Ser simplemente parte,
como las hojas que cuelgan,
como las hojas del sauce
o las hojas del roble
o las hojas del arce.


viernes, 14 de septiembre de 2012

Museum Hieraticum Erraticum


A falta de ideas nuevas, ideas viejas, recuerdos de viajes, vidas de otros; el inagotable ritual de recurrir al griego; revelar el mito desnudo una y mil veces. Enfadarse con el puto Dostoievski por culebronero y grande.

Una muchacha que descubre a Klimt tras otra, la vida nos desenmascara y nos aleja. Descorcha una botella pues ya no bebo, ni fumo, ni tomo antidepresivos ni apenas si echo un polvo una vez al mes. Si se sobrevive al veneno de la sangre, habrá que enfrentar la cobardía ante el espejo.
Otra joven que descubre a Klimt. Nunca se agotarán las reproducciones de El beso. Y ahora los blogs y las ventanas llenas de caras con estúpidas viñetas que hablan sin decir nada. La mía se agota, la mía se difumina y se apaga. Me muero un mes para nada. Hay un pintor que quiere ser Van Gogh. Nunca pisó un manicomio ni sufre hiperacusia ni se cortaría una oreja así pusieran un Colt Anaconda en la boca de su tierna hijita de tres años.
Y qué pasa con el tiempo que estuviste confinada, esas largas tardes, esas interminables noches, ese dolor inmenso. Dónde queda lo que fuiste, triste despojo a merced de la bondad o crueldad de las enfermeras. ¿Qué haces de todo eso? Ese yo que desaparece sin más y no te cambia... Las noches oscuras y gélidas en que empapas la cama se esfuman: existieron para nada. Solo quedan bocetos de un Museum Hieraticum Erraticum inventado, donde vemos el desfile de imágenes enturbiadas por el ojo impresionista. Miopía impresionista acentuada a la derecha por húmedas drogas legales. La noche del miércoles al jueves, falso meridiano de la semana laboral, abismo desde el que no se vislumbra el fin de semana, muestra el cuerpo de mujer sobre colchón de látex. La 547, habitada por los fumadores con neumonía postferial, canta los goles de un Madrid-Barça que raya la medianoche. Comemos inteligencia muerta con ojo en la noche del hombre testosterona en nuestro infierno. Las 12 y veinte, hora alfa, 41 de fiebre, momento del refrigerio. Imagen costumbrista: recorriendo el pasillo, el carrito de triste motor reparte galletas y líquidos caldos nocturnos; un ruido agudo crepita de modo audible por los ojos. La mañana se hace esperar pero no desentona; cual obra maestra, se abre paso el adagietto de tonos móviles y voces de fregonas. Momento álgido de bocas batientes y sillones reptantes. Auxiliares vociferantes que custodian la manivela, el objeto más preciado de la 5ª planta, el ora visible ora invisible abridor de ventanas, dador de la luz de la mañana que ahuyenta el recuerdo de las recientes tinieblas.
Una joven descubre a Van Gogh y pone un detalle de Las edades de la mujer en su portada de Facebook. El viaje se acaba. Aunque siempre alguien queda que descubre a Klimt y sorprende que una mujer con índice de masa corporal igual o inferior a cero te lea la buena fortuna. 

lunes, 30 de julio de 2012

En una mano la cabeza, en la otra la pluma, en la otra la jarra


Tengo el cerebro inflamado y mi cabeza toma tintes cómicos; deseo escribir o tomar la botella o, ¡mejor!, ambas cosas para desfogar mi alma y que mi mente retorne a sus dimensiones cabalmente humanas, estéticamente contemporáneas. Quizás, al escribir, vomite el pensamiento que se acumula físicamente haciendo bulto y aleje de mí dolores, angustias, excesos y protuberancias.
En verdad, me siento diferente. Honrado por un don precioso, fatídico, delirante y canallesco. Ante todos, grotesco genio. Es, sin duda, por esta cabeza tan gorda, por esta megaloencefalia parcial e inversa, no catalogable ni reconocida, --por la que no tendré una paguita ni una baja laboral--, que los pensamientos se agolpan y la verborrea permite que una de tantas veces diga algo magnífico, heroico y universal.
Genio y desorden: todo con tanta dignidad como un falso funeral con falsa incineración y falsa misa, ataúd vacío y dolientes hartos de vino blanco y peleón. Mi señora, Ifigenia, siempre fue enemiga de la venta de alcohol en cementerios y parques infantiles; hospitales y centros de acogida. Lástima. Al fin, acabó cambiando de opinión. Acaudilló, bravísima, una causa con tales argumentos que a punto estuvo de llegar al Parlament. Fue justo cuando el hígado le explotó. Desde ese día, festejo a los dioses y conduzco con cuidado. Recibo mi ebriedad como una suerte de destino y alivio, una vida feliz en todo excepto en tener que ir dando tumbos hasta caer redondo en la acera o el arcén. Ya en ese momento carezco de miedo y, aun sin conciencia, tengo un don profético solo dado a los sabios y a los locos. Prodigo levedad y mi existencia se torna un regalo para los demás. Entonces, me recibe una lluvia de flores de jacaranda, el turbador color bastardo, el pegamento de su zona erógena. Qué eres. El sucio amor ambiguo que brota amoratado dos veces al año. Para qué me envuelves en brotes olorosos y sedosos que me amargan el resto del año. Y por qué, dime, por qué yo he de ser el objeto de tu visión y tu caricia, de tu obsesión y tu enlazarte en mi regazo o entre mis piernas. Qué buscas. Quizás me crees el dueño de las puestas de sol. Quizás me ves en tus ojos y haces de tu mirada mi mirada. Quizás ahora la realidad es real en este capricho y yo existo solo porque me amas como a la verdadera libertad. Mas el tiempo del verdear siempre acaba y el verano trae la hoja seca, el crujir de la rama, el hostil cacto, y de tu inspiración y mi fe no quedará nada. 
Despierto en un lugar extraño, recobro a mi pesar la razón; consciente de la amenaza, miro a mi alrededor y cargo con mi testa hasta la siguiente página.

domingo, 22 de julio de 2012

En el interior retardado de nuestro fruto final entramos traicionados


Los amantes, si comprendiesen, podrían, en el aire nocturno,

hablar maravillosamente. 



1. 
Yo, que apenas he vivido, podría fingir haber confiado en un hombre, persiguiendo algún goce animal, sabiendo que no sirve de mucho hablar; podría soñar con las ruinas del desierto y las caravanas de beduinos, el calor y el temblor del paisaje embustero; la tormenta de arena y la sed; la pérdida de la memoria, los labios ulcerados, llenos de costras y llagas resecas; la mirada perdida; abandonada por todos, esperando el cese del pesar, del miedo, de la angustia; consciente tan solo de lo terrible que es vivir mientras las horas se eternizan en la resistencia de mi cuerpo a la mera nada que espera como un alivio: en el momento en que la tormenta se disipa y queda el bellísimo espectáculo deslumbrante, punzante, inefable, dorado.

2.
Yo, que apenas he conocido la ciudad ni el campo, que desconozco los misterios de la simiente y los ladrillos, que espero despierta en la noche ladridos y aullidos, música de chicharras y grillos. Que, sin salir de este laberinto, he imaginado las guerras y los partos, la mezquina condición del hombre y sus juegos. Que, sin salir, he vagabundeado: junto con otros mendigos, he bailado y tocado la flauta y robado. Que he dado masajes en salones de té en mi época extranjera, que nadé en una playa de Tailanda donde los dioses escondieron el paraíso y su secreto. Que, confusa, he vivido mil vidas todas falsas, todas plenas, todas soñadas entre el bosque o en sucios locales, rompiendo la promesa de ser yo vagabunda y extranjera. Mintiendo, mintiendo.

3.
Yo, que apenas he sufrido, podría desmenuzar el sentimiento de dolor de una daga que te atraviesa el cuerpo rasgando piel, músculo y entrañas. Una pesadilla en la que, sobre una camilla y con material esterilizado, hombres de rostros cubiertos, te sacan las vísceras mientras lo ves y sientes todo; agudos pinchazos, el sonido ensordecedor del corte áspero; el pulso firme, el bisturí afilado, la furcia que limpia el sudor, el hombre tranquilo, la mordaza. Enmudecida, mas los ojos abiertos, ojos que claman en palabras, ojos que hablan, ojos que, al cabo, saltan de sus órbitas y cuyo destino es la fregona del Servicio de Limpieza de algún hospital donde meterán tus órganos en un frigorífico para que otra persona pueda mear  con tus riñones o sufrir un infarto con tu corazón.

4.
Yo, que a nadie he querido, podría imaginar el estremecimiento de tu cuerpo entre mis piernas, del acto inmenso de ser atravesada por un sentimiento de locura en que anhelas tanto estar viva, en que sientes con tal intensidad tu existencia que piensas que existes de veras y de modo trascendente, y que importas como importan las esperanzadoras estrellas y el Universo que nos acoge, que eres más grande que un poema eterno y más valiosa que la entera historia de los hombres y sus grandezas y sus torpezas y sus valores y supersticiones; más que las religiones y los funerales, más que la visión del fluir de los ríos y del brotar del manantial desde la roca tierna, más aun que los hijos de los hombres y que los sabios; que la música y los milagros;  que la paz y la salvación de las almas -o incluso más que la misma existencia de las almas-; más que un gesto efímero de bondad, más que yo misma cuando no estás entre mis piernas.

viernes, 13 de julio de 2012

A la resaca que tendré mañana

No lo siento: "Yo soy mi rabia".


Esperaré a dejarte para escribirte una carta. Una carta digna, una carta dramática. Cogeré una angina de pecho y la soltaré para pimplarme unas cuantas. Luego toseré e iré a una clínica o un balneario a la Suiza francófona. Oh las montañas enormes de cúspides como senos llenos de leche materna, ñam, mami, te echo de menos. Nata con dulce de azúcar es la infancia. De día, tomaré las aguas; de noche, tomaré Sodoma. Siempre la esperanza de vencer, romper, violar, fenecer. Siempre el sueño de ampliar el imperio con el enorme tótem de carne que todo lo cura y cuyo tamaño como el del Universo y el del reverso de todo coño es tan relativo como mi orgullo y tu amor de tuno salmantino. Fumigar las tunas, pasado perfecto de subjuntivo. Tratamiento completo para tisis, sífilis y locura histérica transitoria. Ah Suiza y el aire helado y puro de la montaña, las gordas rubias con trenzas y la música insufrible de aquel puto lugar donde la idea es superar la conciencia cívica y blanquear dinero como en México blanquean anos. Todas las mujeres, amantes entretenidas, todas las que no lloran ni sangran ni rezan durante el sexo son las grandes putas de la historia. Ni una escribirá un libro, un poema, un panfleto. Ninguna comandará una causa, ninguna firmará un decreto. Pero, oh imbéciles, cada una de vuestras amadas, cada madre adorada, cada maestra venerada... pertenece a nuestra causa. No hay mujer que no sea de mi estirpe y vosotros, bastardos, sois los hijos de la que nunca será amada.

Él. Recordando

Paso los saltos del río, puente aéreo, donde unas jóvenes ríen de un modo tan familiar que algo en mí se despereza tras un sueño de más de 20 años. Recuerdo ahora una mujer que tuve, cuya hermosura estaba abocada al fracaso, cuyo rostro se desdibujó al instante y cuya voz se ha perdido para siempre. Despacho maletas como un autómata más, tomo asiento, observando la juventud despampanante, y evoco aquella amante sin nombre, impelido por una voluntad  casi ajena e insoportable. Lo único que consigo ver es una cama siempre deshecha, una libreta vieja, un lápiz de ojos, carcajadas que subían por el hueco de las escaleras. Y hago un esfuerzo por dar detalles a una imagen. Era alegría ruidosa y demasiado joven. Era repentina pena, melancolía debida a cualquier insignificancia: una luz sobre la mesa, un olor, una música lejana, el crujir de una silla incómoda y vieja y solitaria. Era nostalgia y no. Era un principio de conciencia o quizás el efecto de tanto alcohol y tanto sexo. Era sentirse desvalida y niña y aun saberse desvalida y niña, enfrentando al espejo esa mirada que gastada sabe los secretos de la vida y de la muerte. Era sentirse sola y sentirse absurda y saberse sola cuando me anudaba la corbata y me colocaba el reloj con impaciencia y me despedía con un beso descuidado, ya mi mente en el camino de vuelta y en la cómoda y familiar escena. Era aquella máquina de escribir sin tinta y el despertador y el teléfono que jamás suena. Y la sonrisa, y la conversación, la música, las historias y las botellas. La mesa de madera cruda donde había grabado su nombre que no recuerdo. La urgencia por decir tantas cosas, las flores de plástico siempre frescas y libros amontonados, abiertos, rebosando letras por toda la casa.
Todo eso era ella. Un saco de huesos con lentejuelas en los cabellos claros y despeinados. Un temblor y una ruina. Con ojos como el fuego. A veces, parecía recién salida del mar, tras una virtud de bautismo que la redimía ante sus propios ojos, ojos de fuego que ahora veo. Y reconstruyo la arquitectura del pasado. El paisaje de aquellos días que es su cuerpo junto al mío. Un istmo asido a una figura, istmo lleno de recovecos y edificios sin sentido: una caótica ciudad  de un mundo sin gravedad donde todo flota y sus habitantes se amasijan locos comprendiendo la lógica irracional del lugar, seres que jamás llegarían al continente donde yo habitaba, en el que me movía, por el que viajaba, cambiando continuamente la ubicación de mis deseos: cruzando la cordillera, arribando al valle más cálido en invierno. Recorrí el bosque salvaje, exploré grutas submarinas en un delta que parecía el confín del mundo. Un accidente ventoso y abismal donde terminaba su cuerpo y mi mundo. Y quedarme absorto, siempre tentado de saltar al vacío... desafiado por una libertad necesaria para al fin dar media vuelta y reptar por sus muslos sinuosos hasta el hueco de su cadera de niña y allí acampar largo tiempo, reducido a un parásito de su cuerpo, lejos de las inquietas voces por las que hablaba su alma. 

miércoles, 4 de julio de 2012

Hay una verdad terrorífica dentro. La única verdad en la sala de espejos que llamamos Mundo, ese salón de madame des Ricochets repleto de escenas repetidas, tules y música mojada en el té con leche de los mullidos sillones. La verdad está siempre encerrada en los pechos, oculta de la luz de los ojos de los hombres; ríe, secretamente muda, de los relatos de viajes, de los planes, de las quejas por los contratiempos sufridos... Huéspedes que desfilan por el Mundo, sala con piano y mesita de café de maderas nobles, una cola de pavo real en cada vestido de mujer donde la verdad camufla su pelaje animal y sus dientes de tigre y sus azules mestizos; habita adentro y quizás nunca salga, pero Madame saca licores y una baraja de cartas y, si la joven jugadora bebe lo suficiente, la verdad subirá a su escote a darse un festín. Acaso el alba sorprenderá a la sangre empapando la gruesa alfombra persa cuya culpa dará la orden a la vergüenza de quebrar cada espejo.

sábado, 30 de junio de 2012

Él a Ella




¿Dónde estás? Tantos días han pasado que ya no los puedo contar. Nadie sabe darme noticia. Sé lo que dije pero claro que no quería despedirte. ¿Cómo? Si el tiempo sin ti pesa más que un gigante golpe en el pecho: Lo que ahora siento: el golpe sordo, seco y contundente. Como el rugido del mar furioso, ahora me duele tu falta. ¿Dónde estás?
Ha pasado ya tanto tiempo. ¿Acaso importa el tiempo? El reloj se ríe al fondo en un lugar borroso. El sitio más largo y estrecho, donde me ahogo. ¿Y si voy a buscarte y me pierdo en el mitad del camino? ¿Y si permanezco en la encrucijada, ese limbo donde instalar piel y vísceras y esperarte?
¿Qué hago, amor mío? Ven aquí y dime, como siempre, qué debo hacer contigo. Tengo miedo de que tu marcha sea mi destino y que al fin yo la provocase, sin desearlo, pero así sería si no volvieses. Ni tan solo sé adónde buscarte. Pasarán los días y el dolor del pecho me impedirá respirar sin mi amante.
Espero un poco más en la encrucijada. Pero, tras un tiempo, saldré a buscarte.

Ella


Las paredes de cristal dejan ver las escenas cotidianas y anodinas de todos los habitantes de la calle, el suelo refleja el cielo y sobre un escalón-espejo la enmarañada melena le oculta la cara. Los ojos van de lado a lado sin que la mente pueda poner nombre a los cuerpos y rostros que pasan ante ella caminando rápido, caminando despacio, observándola con pena, con asco. Un avestruz con vestido rosa y las manos cargadas con bolsas, el esqueleto vestido que da tumbos y se apoya en la esquina invisible, la familia de cangrejos sonrientes, que la mira alejándose, las cabezas retorcidas sobre el rojo cascarón de su desaire, cada transeúnte sorberá una sopa de indolencia al llegar a su cocina impoluta, cada misterio viviente acapara un momento de su atención herida, tras la que -inconsciente y sin alarma- vive perdida de sí misma. Descendió de repente y chocó de tan alto, expulsada del mundo, que ahora es ajena a todo. Su olvido es absoluto. Allí estará por siempre, ausente la voluntad de vivir y la de morir: el mundo no le pedirá cuentas. Algún Lobo atormentado le echa unas monedas cada tarde para que el mendigo desdentado, atufando vino malo, se lo cambie por un poco de comida. Ritual que se repite: el vagabundo del que todos se apartan, al que ella ve con el rostro de un muchacho sano y perfumado, se acerca, retira las limosnas y deja el alimento que le permitirá existir en esa esquina otro día. La repetición es parte del juego de la confusión y el olvido. Cada día será el mismo mas ni Ella ni el mendigo se cuestionan hasta cuándo ni para qué sobrevivir. Él recorrerá unos metros más para buscar una tienda de bebidas donde la mirada de ella no alcance, Ella devorará las viandas sin preguntarse.

miércoles, 27 de junio de 2012

Él

Bajé las teclas del piano que eran escaleras


Con la mente en brumas y el cuerpo en ruinas, ya no doy nada por un minuto más de vida, como había predicho hace tanto tiempo atrás en una cueva donde las promesas parecían gigantes inmortales que rebotaban en el eco de la humedad de sus paredes, cuando me tomabas la mano y mentías sobre la medida de tu amor inconmensurable: no hace más de un minuto que esto ha pasado, que estaba ante el fuego, en tu pasión arropado, que no había fuera ni había dentro, que solo estábamos solos y no existía el tiempo. Nunca hubo deriva como aquella de la lluvia mientras me alejaba, ya la palabra soledad no era suficiente, no había un techo ni un suelo donde pisar, —¡qué deriva!—, en un mundo que se mueve alrededor y cambia su forma cada vez, del que no deseo conocer reglas, del que no admitiré un nivel más de degradación ni una esperanza vana, del que recibo acaso espejismos contra los que chocar tras, exhausto, perseguir una sombra con tu silueta, un rumor con el tono de tu voz, un viento con el sonido de tu respiración... El olor de tus cabellos en el fondo de esta niebla clava un puñal invisible en mi pecho: mira cómo señalo el lugar con mi dedo, aquí, justo aquí, el dolor del punzón, del veneno que es echar tanto de menos. 
Es, bajando y bajando, la niebla más densa y oscura y fría, y moja ahora mi rostro que está humedecido por el aire espeso y mortal de este sitio donde voces me ruegan que retroceda, donde rugen pensamientos mensajeros, donde adentrándome me aseguran que perezco mil veces y para siempre en un tormento, en un cenagoso destierro; mas es lo que ahora deseo: vengarme en mí de lo perdido, esperar que del dolor queden cenizas, que yo sea tan poco yo conforme avance, que devenga un despojo infrahumano; morir, sí, y si esto no es posible, quedar vacío y sin voluntad ni memoria, encontrar un hueco en este infierno donde no llegue el olor ni la música, donde no existan palabras ni hayan miradas, perdido pero sin saberlo.

sábado, 16 de junio de 2012

RUGE GEA




R
uge Gea, de la que hereda la voz la Tormenta. Ruge, no sin razón, contra la crueldad que no quedará sin castigo: mirad aquí la hoz goteante en la sangre del padre y la obediencia mórbida del hijo castrador. Oh, la Justicia primigenia dando ejemplo.
Ruge Gea mientras da a luz al Mundo, pariendo dolorosamente todo; y es así, cumpliendo su sino, que ha de dar a luz tanta maldad, de la que al fin descendemos todos. 


El destino es la pregunta que fue dada antes de que fuera concebida la  respuesta .


Ω


En el origen sangra de la Madre el destino envuelto en la placenta en la que el Hombre se encoge y se recuesta.

Ω

El rugido de la existencia. 
Tan leve en su principio.
Tan suave, fácil, el inicio.

El reloj se ríe al fondo en un lugar borroso. 
¿Acaso importa el tiempo?
El sitio donde me pierdo.
El laberinto de Chronos.

Y siempre a mitad del camino,
la vida se bifurca
en una vuelta a empezar 
mas ya sin inocencia ni paz.
Ir por uno de las dos sendas 
sin mirar atrás, 
sin saber cuál...

¿Acaso?
Permanecer en la encrucijada.
El limbo donde instalar piel y vísceras 
y esperar.
En el mitad del camino, 
es imposible volver atrás. 
Hagas lo que hagas.
Vas hacia Allá, 
al final, 
solo un sendero que no se hace al andar,
que nada tiene que ver con tu voluntad.
Excepto en aquellas disyuntivas, 
las mínimas elecciones en potencia 
donde habita el escueto margen 
en que se mueve tu libertad: 
el resto es el rugido 
ensordecedor 
del transcurso del río.


Río de furiosas corrientes, 
río caudaloso y furioso 
que parece inmenso mar 
desde el que no ves orilla ni final.
Caimanes, tritones, serpientes, 
nenúfares gigantes. 
En las márgenes, 
la vegetación se espesa, 
las rocas son resbaladizas 
imposible la salida, 
aunque hubo quien lo logró.


Así es. 
Siempre alguien lo logra 
siempre alguien lo cuenta. 
Siempre el mito delante de la orfandad del alma.


Las crónicas que nos llegan 
como ecos de lejanía hablan 
de mujeres altas y albas de largas cabelleras 
armadas con arcos y flechas. 
Amazonas que atacan 
a todo aquel que se aventura.


Nadie, 
excepto los cronistas 
que raudos, 
exhaustos, 
la mirada perdida, 
consumidos y locos, 
volvieron a encauzar su triste destino, 
salió de los límites de la existencia 
que nos fue dada.

Ruge Gea y gime el poeta...



miércoles, 6 de junio de 2012


Aquel que tiene un tornado en el pecho
que aflora por sus labios y por sus dedos
ideando palabras, masticando versos,
que acaso no dicen nada, mas podrían ser
-pasó alguna vez-
tormenta feroz y lasciva,
lluvia fina que amansa,
brisa ardiente que inflama.

Solo en lo que miente dice alguna verdad.
El sol de la pena
y el sol de la esperanza
y el sol de la alegría le abrasan.
Conoce lo imposible y lo perfecto
pues anidan en su alma.

El poeta toca una cuerda invisible
con su deseo.
No son palabras: es el corazón,
que de algún modo se arranca
y deja entre tus manos
como una amapola caliente
que palpita, que te mira,
que ahora ves y ahora no ves.

Dirá: te regalo mi corazón,
lo guardaba en mi pecho,
brillante, como el placer
que algún día te daré.

Oh, aquella está perdida.

El poeta necesita estar loco.
Así esa voz, díscola e incontrolada,
que tantas veces embriaga,
que inventa sueños y eleva almas,
viaja en un fingido navío.
Disfraces inventa el que simula,
cuando necesita sobrevivir
al amor o al vacío,
a su impulso,
         -ingenua misión-
de enriquecer un ápice
la esencia del mundo.

sábado, 2 de junio de 2012

Navegaremos

Mañana habrá tormenta
y miraremos los rayos
que siempre caen en la mar
mediterránea
y eterna.

Miraremos los rayos.
Desnudos,
desde una ventana ajena.
Desentendidos del tiempo,
que es terco y espeso
pero no tan real
como tu mano sobre mi pecho.

Cada esfuerzo que sea de un día;
cada goce, de un momento;
cada gesto, de un segundo.

¿Qué haremos nosotros entonces?
¿Acatar las leyes de lo inmenso?

¡Tanto tiempo hemos dormido!
Tú en tu sueño maldecido.
Solo. Tan solo,
como un lobo loco en las estepas,
hambriento, mas sin hambre,
viviendo acaso por inercia.

Tanto tiempo hemos dormido,
que ahora extraño es despertarse.
Tú, acallando tu voz enorme.
Yo, encajándome algún traje.

Tanto tiempo es el tiempo perdido
que aunque no exista, pesa,
como una invisible y terrible cadena.

Ahora llama Abril inesperado.
Viene puro, fuerte viento
que sopla las velas de un barco robado.
en que, acaso soñando, zarpamos.

Y partiremos,
sin saber navegar,
sin saber dónde el Norte,
como niños:
los ojos entreabiertos,
las manos trémulas;
perdidos e inestables,
quizás surcaremos
una mar que nos reta,
y atracaremos en un puerto
lleno de puertas abiertas.

Tanto tiempo hemos dormido,
que creo que no necesito más alimento,
más tiempo, más esperanza
que tus somnolientas palabras.
Líquido inflamable.
Verbo enhiesto, amable,
lleno de la rabia del alma.

Y yo que te calme,
como tú me calmas.
Que sepa yo calmarte,
entre sábanas y olas
de libertad perfumada.
En un tiempo de tormenta,
nuestras velas
desplegadas...