miércoles, 30 de enero de 2013

No hagas esto- Es lo que querías, lo que me sugeriste... Y ahora cierras las puertas, todas las puertas.
Qué quieres, después de todo, que desee lo que no tendré, lo que se me niega y me empeño en entender?
No te llega ni a la suela del zapato: nadie lo hará, me temo.Y ahora qué?
El ostracismo al que me condenas significa qué?
En realidad, te preocupa mi salud, colocarme con alguien que me cuide o prefieres verme triste y siempre esperando?

domingo, 20 de enero de 2013

Souad Massi - Raoui





EL Contador de cuentos

Oh Contador de cuentos, cuéntanos un cuento
que sea una buena historia.
Habla de los viejos,
Habla de las mil y una noches
y acerca de Lunja la hija de Ghoul
y del hijo del Sultán

Te podría contar un cuento
que nos alejaría de este mundo,
Estoy por contar un cuento
pues todos tienen uno en su corazón.

Cuenta y olvida que somos adultos
haz como si fuéramos chicos
y nos creyéramos todos los cuentos.
Cuéntanos sobre el cielo y el infierno,
sobre el pájaro que nunca voló.
Haznos entender el mundo.

Te cuento. Recuento.
Llévanos lejos del mundo
Te cuento. Recuento.
Cada uno tiene en su corazón un cuento.

Oh contador de cuentos, cuéntanos tal como te lo contaron a ti
no añadas ni quites nada .
así podemos verlo en tu mente.
Cuenta y haznos olvidar este momento
Solo déjanos el ÉRASE UNA VEZ.

sábado, 19 de enero de 2013

Cuento (I)


No yerran aquellos que cuentan que he muerto y mi cuerpo se encuentra sumergido en un enorme campo de espigas color lavanda, largas y sinuosas y blandas, sumisas amantes de abejas y avispas, siempre apacibles, flexibles cuando el viento las toca y obedientes ante el sol y la luna y la escarcha y la lluvia. Y por allí en medio anda mi cuerpo sin vida.
Os revelaré un misterio. La memoria perdura. No sé nada de un alma que sobreviva al cuerpo, lo más parecido al alma es el sentimiento que despiertan en nosotros las cosas que, si no fuéramos seres emotivos, no nos preocuparían lo más mínimo. Así que una vez muerto, lo intrascendente te deja  en paz y lo trascendente igual pues una vez muerto, qué puede ser trascendental…
Pero la memoria es un eco cósmico de nuestra existencia. Un resto molesto y real, innecesario como el universo entero, sin objeto ni objetivo más que un existir intelectual que se me aparece como la paga de una deuda. Has estado aquí, tuviste comidas deliciosas, momentos satisfactorios, reíste, viste con tus ojos cosas preciosas y ahora nos debes algo. Y ese algo es sin más ni más pensar y pensar y pensar, en la oscuridad; recordarlo todo una y mil veces como si se tratase de un puzle que resolver, con la esperanza –vana, me temo-- de que una de las veces resuelvas intelectualmente algún momento negligente y se apague la puta luz para siempre.
¡Y que no sea cierto aquello de la reencarnación! La verdad es incluso que habría preferido la existencia de algún Dios, un juicio absurdo, anacrónico, una condena, estar encadenada en una gruta córica de lava, ser nombrada el ángel de la guarda de la mismísima Ana Botella y pasarla todo el día destruyendo documentos en la  Rexel RLWX30, regalo de El bigotes, o, quizás, el de la increíble Espe Aguirre, la inmortal, continuamente vejada, encadenada a sus otros 17 ángeles guardianes, ser testigo de rituales espeluznantes y saber que tiene bula papal para ello. Lo que fuera.
Pero pensarlo todo, recordarlo todo, retener la basura que leí a lo largo de los años en la prensa. Fantasear que explico a una señora que roba comida por qué exactamente ella va a la cárcel: “pues no hay que robar ¿es que no lo sabía?”. Y llora y yo le digo, para animarla, que ella es como uno de los personajes de Dickens o Víctor Hugo, un clásico y que en Internet se hartan de quejarse --medio en broma y medio en serio-- del tipo ese que se casó con una (o las dos infantas) y que hay un montón de personajes que salen en la prensa rosa que han robado muchísimo pero de un modo más hábil al parecer. Y, además, si un juez les metiera mano se le caía el pelo (al juez) en parte porque todos sus cuates les defenderían y en parte porque todas las señoras saldrían en tropel de las peluquerías con los cuadraditos de papel de aluminio esos para poner orden en este mundo. Y ella sigue llorando, dice que nunca se ha puesto mechas y yo simpatizo entonces mucho más con ella. Ella. Que ella es un clásico. Que es literatura y cuyos 3 hijos serán literatura también en un futuro no muy lejano. Una mierda.
Lo peor es que cuando estás muerto no hay que dormir ni que ir al baño ni nada que te dé una tregua de la memoria y el eco cognitivo personal y social temático del tiempo vivido. Y hete ahí que revives el día que perdiste a tu hija pequeña en un supermercado: mil veces repasado, millones de veces, trillones de inútiles veces que te obcecas en cambiar algo de lo que hiciste, con el bebé en brazos y el carro del súper en la otra, sin regañarle demasiado. Y desapareció sin dejar rastro. Dos meses en los que perdiste diez dientes sanos y resulta que la tenía una vecina que jugaba a las casitas y la peinaba y le cantaba cancioncitas y la niña estaba bien, alimentada, limpia, y fue muy querida. La policía la trajo un día, nos abrazamos, lloré, me dieron más calmantes; la chiquilla encantada contaba aquello como una aventura. La secuestradora pasó un mes internada en un hospital psiquiátrico y volvió a la casa donde había tenido a mi niña dos meses.
Repaso aquello sin sentimentalismo, lo recuerdo como si no fuera yo la que entró en aquella casa y golpeó con sus manos (y piernas) a aquella señora hasta que la sangre no dejaba distinguir mis manos de su cara. Fue mala suerte que no parase un poco antes o que en lugar de patear sin ton ni son, hubiera evitado el pecho. Quizás si entonces hubiera visto con claridad lo que veo ahora, todos los detalles de puñetazos, patadas, bocados, saltos sobre su cuerpo y otras violencias no la hubiese matado. Y, sobre todo, no la habría seguido golpeando tras su defunción, lo que desde muchos ángulos se me hizo ver como un acto terrorífico impropio de un ser humano. Pues bien, lo pienso, era verdad, pero ¿de qué me sirve a mí recordar esto? De nada,  solo llego a la conclusión de que mi salvajismo de entonces me valió una condena breve en un (de nuevo) hospital mental, la sentencia paliada por estar “fuera de mí”, “enajenada”, blablablá y a la calle en seis meses. Fue llegar yo, abrazarme los pequeños y ver pasar a mi marido con una enorme maleta por delante de nosotros sin decir ni adiós. Vale. Le daba miedo vivir conmigo. O quizás la habría querido matar él. O se había echado otra novia. La cosa es que no me dejó número de teléfono: se compró un busca. Llamaba él y nunca supe donde habitó los años que tras esto vivió. Así que apostaría por el miedo, pero ¿con quién?
Porque yo quiero apostar (siempre me gustó; de hecho, era socia del Bingo París que no sé si seguirá al final de mi calle) y quiero tener cuerpo para darme la vuelta, moverme,  ir al Bingo o solo levantarme y ver el paisaje, pero sé que sigo tirada en medio del campo. No sé por qué lo sé pero lo sé. Y quiero, bueno, por qué no, masturbarme y distraerme de tanto pensar. Un cuerpo suavito, con papilas gustativas, ropa, tarjeta de crédito. Vale, me parece que lo que yo quiero es estar viva y eso no puede ser, me temo, pues lo último que sé cierto es que el cosquilleo por entre mis exangües carnes y mis rotos huesos era una romería de dípteros y coleópteros en connivencia y convivencia, el vivo ejemplo de un comportamiento sano y civilizado. Después se acabó la carne.
Lo que no logro recordar es cómo llegué aquí. Yo suelo caminar por calles obtusas de ciudades idénticas a las de ustedes. Calles de asfalto con semáforos y gente empujando, calles grises con aparcamiento en cines y supermercados. Lugares donde los ayuntamientos obligan a hacer un parque infantil lleno de defectos mortales cada no sé cuántos bloques. Sitios con esquinas puntiagudas donde el viento te sorprende y las faldas se te vuelan, sitios donde en los soportales de edificios viejos hay un feliz tipo con un perro tocando una flauta y algunos le echan una propina en una pieza de cartón advirtiéndole que es para el perro. Sitios sin campos de lavanda, evidentemente. Pero en coordenadas en las que no sería imposible un traslado a un probable campo silvestre de espliego o lavándula o alhucema, plantas que huele bien y que se cultivan pero este lugar concretamente no es ese tipo de sitio: aquí lleva sin venir nadie desde que ¿me trajeron ya muerta? ¡Porras! Qué pregunta más buena, qué recuerdo más necesario y qué imbécil que llevo aquí recordando los desplantes de mi suegra un número indefinido de meses (si no años).
Tranquilos, innumerables lectores: no me enfado: me insulto por costumbre, blasfemo por lo mismo, pero no me puedo cabrear porque estoy muerta y no tengo sentimientos, aunque sí curiosidad. Quiero saber qué me pasó para acabar pudriéndome en tan bucólico lugar mientras mis conocidos dicen que si me he muerto, que si ¡que va a morirse esa!, se habrá largado a la francesa, y otras fablillas semejantes.

miércoles, 16 de enero de 2013

1. Me explota la cabeza. Y tú me preguntas por qué no escribo ya, sin darte cuenta de que desde que te conozco no hago nada de lo que hacía. Todo ha cambiado, todo es un puto desastre. Tú no estás y yo quiero alguien que me abrace. Ayer dijiste algo de seis meses. Los meses mejores y más tristes, con más esperanza y más solitarios. Demasiado tarde para mí, dices. Y yo callo para no errar más y más. Y no arrastrarte conmigo a algún infierno donde seríamos felices lo justo para pasar el resto de la eternidad añorando.
Puede que si estamos aquí suficiente tiempo como el general Sash, el personaje centenario de O'Connor, o como el Cartaphilus de Borges lo lleguemos a olvidar todo, y todo nos dará igual. Pero ya sabemos que ni a ti ni a mí se nos va a dar la oportunidad de saborear el insípido elixir de la inmortalidad.


2. Pongamos por caso que todos, además de ser Madame Bovary, somos Hamlet.

¿Cuánto tiempo puede estar Hamlet en una encrucijada sin que se lo lleve el viento? En una gélida parada de autobús en las afueras de París, en Katowice, frente a una bolera junto a unos nazis que te insultan, entre las cómodas sábanas de una cama de la que no querríamos salir jamás.  Dilatar el tiempo para no elegir, no tomarnos la revancha, ni tomar el autobús, ni liarse con los nazis, ni darse la vuelta  y hacer el amor a quien sea que haya con nosotros en esa cama. Tan solo discurrir, pensar, razonar, dar argumentos a favor y en contra; mientras la niña Ofelia siente que se le va la vida y la razón, y su inocencia queda como la del hijo abandonado por la madre borracha. Cuánto tiempo antes de decidir, dejar de fingir, desnudarse y ser lo que a gritos el cuerpo y el alma nos piden ser. Porque mucho tiempo puede ser demasiado y en la espera todo se podría venir abajo.

viernes, 11 de enero de 2013

Cosmópolis


Vamos en limusina, Elise, yo y los figurantes del teatro de mi vida. Anoche dormí mal, son ya varias noches y no es normal. Yo solía dormir como un tronco, a voluntad: decidía dormir y solo cerraba los ojos y ya todo era oscuridad y paz hasta el siguiente asalto, descansado y hermoso, fuerte y superior. Así ha sido siempre. Yo era yo: el valor y la clarividencia. Los demás me seguían con la lengua fuera y balbuceantes, insignificantes partes de mi mundo.
Vamos a cruzar la ciudad. Lo decido yo. Algo, sin embargo, ocurre, algo que sale de lo habitual, algo como un presagio, algo denso, un surco opaco, una ola de negación. Como si todo se propusiera contradecir mi voluntad. Aunque eso es imposible, lo sabemos los dos. El día es extraño, veo asimetrías a través de mis gafas de sol. No las sé descifrar, me perturba aunque moriría antes de admitir esa turbación. A lo largo del tiempo que durará el trayecto, sé que lo perderé todo. No preguntes cómo lo sé. Yo veo lo que no ha ocurrido aún, no lo puedo evitar, es algo que en el pasado me sirvió para llegar a tener todo lo que tengo, las riquezas que dilapido, el poder que ejerzo. Primero será la corbata, después la chaqueta. Después mi dinero, el tuyo y mucho que no es nuestro. No olvide nadie que soy una fuerza de la naturaleza. Nadie existiría si yo no existiera, todo este día dejaría un hueco en el tiempo, nada sería como es ahora si yo no lo hubiera creado así. A veces, hoy, durante estas horas mirando las pantallas que me rodean me pregunto si no será el único reto que me queda…
Personajes secundarios me acompañan a paso de tortuga cruzando la ciudad atestada de extranjeros polícromos, intermediarios e inversores en limusina, políticos con chófer y guardaespaldas que van en coches modestos, taxis conducidos por tipos con historias dantescas. Una pasante de arte a la que me follo, 47 años de sexualidad despiadada; un asesor de seguridad que debería estar muerto; un analista de sistemas que no necesito; una asesora de teoría que es una cruel practicante de la filosofía de la contradicción. La adoro. Es un reto. Ella y yo somos los espectadores del “juego de las ratas”, de la rabia de las masas explotadas, enloquecidas, yendo contra sí mismas para nada; mientras, mi guardaespaldas hace lo que hacen los hombres y golpea a todo el que se acerca a nosotros. Un tipo se prende fuego y arde ante nuestra ventanilla: me sorprende mi admiración y la frialdad de ella. Hacen un vivo contraste, más aun que la batalla campal que se libra a nuestro favor entre los antidisturbios y los manifestantes.
Me lleno y me vació en encuentros con mujeres ya que a ti no te puedo poseer, aunque el día es largo y estará lleno de extrañas ocasiones e inverosímiles tropiezos. Un día para despojarme de todo, un día para plantar batalla sabiendo de antemano que esta batalla está perdida. De hecho, los encuentros sexuales, las inversiones suicidas, el chequeo médico, el cortejo fúnebre de Fez, dispararle a él… serán pasos hacia una nebulosa sinsentido donde te encuentro en mitad de la nada desnuda junto a cientos de cuerpos desnudos y te hago el amor, por fin, como despedida, para no marcharme con ese deseo, para confirmar que todo me es concedido. Eres otra cosa, un polvo al final del camino.
Las últimas páginas las escribo ebrio: llego al barrio donde el viejo peluquero me habla de mi padre, el chófer desfigurado me acompaña; en la noche entrada a ninguna parte nos despedimos en el lugar improbable donde el destino aguarda, la calle inventada donde alguien habita un edificio en ruinas y ese alguien me dispara.