lunes, 3 de diciembre de 2012

La agonía de Pobre Tony


La agonía de Pobre Tony. La agonía de D.F. Wallace. Reconocer todo ese sufrimiento y meterte en él, acostarte con él, levantarte con él, verle los ojos al horror y después salir a la calle y ver las luces navideñas que acompañan fingidas capas de nieve en los portales de los centros comerciales donde enormes carteles de LED azul cantan a la unidad familiar al tiempo de hogar, al consumir como dar y cantan al amor y a la paz y a la esperanza y a “qué bello es vivir”. Y la intermitente defensa de los clichés debía de debatirse en el fondo de D.F.W. como un deseo voluntario de creer en algo asible aunque, después de haber paladeado la verdadera amargura, después de haber parido la agonía de Pobre Tony, después de haberse sumergido en ese pantanoso mundo real y haber visto cómo son y serán las cosas de verdad, los clichés no sirven de nada. Y ver acercarse al monstruo y reconocer la enfermedad y toparse en mitad de la nada con la abstinencia en un mundo de colorines y campanillas hace que te den ganas de sacar de alguna parte unas fuerzas animales, unas fuerzas iracundas, irracionales, destructivas, unas fuerzas que lo tiren todo abajo y bañen de escombros y de sangre la memoria de tu inocencia y rediman este basurero de un modo apocalíptico e irreversible, aunque solo sea irreversible para ti, aunque solo sea apocalíptico para el que en ese instante te toque un puto hombro.