La agonía de Pobre Tony. La agonía de D.F.
Wallace. Reconocer todo ese sufrimiento y meterte en él, acostarte con él, levantarte
con él, verle los ojos al horror y después salir a la calle y ver las luces
navideñas que acompañan fingidas capas de nieve en los portales de los centros
comerciales donde enormes carteles de LED azul cantan a la unidad familiar al tiempo de hogar, al consumir como dar y cantan
al amor y a la paz y a la esperanza y a “qué bello es vivir”. Y la intermitente
defensa de los clichés debía de debatirse en el fondo de D.F.W. como un deseo voluntario
de creer en algo asible aunque, después de haber paladeado la verdadera
amargura, después de haber parido la agonía de Pobre Tony, después de haberse
sumergido en ese pantanoso mundo real y haber visto cómo son y serán las cosas de verdad, los clichés no sirven de
nada. Y ver acercarse al monstruo y reconocer la enfermedad y toparse en mitad
de la nada con la abstinencia en un mundo de colorines y campanillas hace que
te den ganas de sacar de alguna parte unas fuerzas animales, unas fuerzas
iracundas, irracionales, destructivas, unas fuerzas que lo tiren todo abajo y
bañen de escombros y de sangre la memoria de tu inocencia y rediman este
basurero de un modo apocalíptico e irreversible, aunque solo sea irreversible
para ti, aunque solo sea apocalíptico para el que en ese instante te toque un
puto hombro.