sábado, 30 de junio de 2012

Ella


Las paredes de cristal dejan ver las escenas cotidianas y anodinas de todos los habitantes de la calle, el suelo refleja el cielo y sobre un escalón-espejo la enmarañada melena le oculta la cara. Los ojos van de lado a lado sin que la mente pueda poner nombre a los cuerpos y rostros que pasan ante ella caminando rápido, caminando despacio, observándola con pena, con asco. Un avestruz con vestido rosa y las manos cargadas con bolsas, el esqueleto vestido que da tumbos y se apoya en la esquina invisible, la familia de cangrejos sonrientes, que la mira alejándose, las cabezas retorcidas sobre el rojo cascarón de su desaire, cada transeúnte sorberá una sopa de indolencia al llegar a su cocina impoluta, cada misterio viviente acapara un momento de su atención herida, tras la que -inconsciente y sin alarma- vive perdida de sí misma. Descendió de repente y chocó de tan alto, expulsada del mundo, que ahora es ajena a todo. Su olvido es absoluto. Allí estará por siempre, ausente la voluntad de vivir y la de morir: el mundo no le pedirá cuentas. Algún Lobo atormentado le echa unas monedas cada tarde para que el mendigo desdentado, atufando vino malo, se lo cambie por un poco de comida. Ritual que se repite: el vagabundo del que todos se apartan, al que ella ve con el rostro de un muchacho sano y perfumado, se acerca, retira las limosnas y deja el alimento que le permitirá existir en esa esquina otro día. La repetición es parte del juego de la confusión y el olvido. Cada día será el mismo mas ni Ella ni el mendigo se cuestionan hasta cuándo ni para qué sobrevivir. Él recorrerá unos metros más para buscar una tienda de bebidas donde la mirada de ella no alcance, Ella devorará las viandas sin preguntarse.