Las paredes de cristal dejan ver las escenas cotidianas y
anodinas de todos los habitantes de la calle, el suelo refleja el cielo y sobre
un escalón-espejo la enmarañada melena le oculta la cara. Los ojos van de lado
a lado sin que la mente pueda poner nombre a los cuerpos y rostros que pasan
ante ella caminando rápido, caminando despacio, observándola con pena, con
asco. Un avestruz con vestido rosa y las manos cargadas con bolsas, el esqueleto
vestido que da tumbos y se apoya en la esquina invisible, la familia de
cangrejos sonrientes, que la mira alejándose, las cabezas retorcidas sobre el
rojo cascarón de su desaire, cada transeúnte sorberá una sopa de indolencia al
llegar a su cocina impoluta, cada misterio viviente acapara un momento de su atención
herida, tras la que -inconsciente y sin alarma- vive perdida de sí misma. Descendió
de repente y chocó de tan alto, expulsada del mundo, que ahora es ajena a todo.
Su olvido es absoluto. Allí estará por siempre, ausente la voluntad de vivir y
la de morir: el mundo no le pedirá cuentas. Algún Lobo atormentado le echa unas
monedas cada tarde para que el mendigo desdentado, atufando vino malo, se lo
cambie por un poco de comida. Ritual que se repite: el vagabundo del que todos
se apartan, al que ella ve con el rostro de un muchacho sano y perfumado, se
acerca, retira las limosnas y deja el alimento que le permitirá existir en esa
esquina otro día. La repetición es parte del juego de la confusión y el olvido.
Cada día será el mismo mas ni Ella ni el mendigo se cuestionan hasta cuándo ni
para qué sobrevivir. Él recorrerá unos metros más para buscar una tienda de
bebidas donde la mirada de ella no alcance, Ella devorará las viandas sin
preguntarse.