miércoles, 27 de junio de 2012

Él

Bajé las teclas del piano que eran escaleras


Con la mente en brumas y el cuerpo en ruinas, ya no doy nada por un minuto más de vida, como había predicho hace tanto tiempo atrás en una cueva donde las promesas parecían gigantes inmortales que rebotaban en el eco de la humedad de sus paredes, cuando me tomabas la mano y mentías sobre la medida de tu amor inconmensurable: no hace más de un minuto que esto ha pasado, que estaba ante el fuego, en tu pasión arropado, que no había fuera ni había dentro, que solo estábamos solos y no existía el tiempo. Nunca hubo deriva como aquella de la lluvia mientras me alejaba, ya la palabra soledad no era suficiente, no había un techo ni un suelo donde pisar, —¡qué deriva!—, en un mundo que se mueve alrededor y cambia su forma cada vez, del que no deseo conocer reglas, del que no admitiré un nivel más de degradación ni una esperanza vana, del que recibo acaso espejismos contra los que chocar tras, exhausto, perseguir una sombra con tu silueta, un rumor con el tono de tu voz, un viento con el sonido de tu respiración... El olor de tus cabellos en el fondo de esta niebla clava un puñal invisible en mi pecho: mira cómo señalo el lugar con mi dedo, aquí, justo aquí, el dolor del punzón, del veneno que es echar tanto de menos. 
Es, bajando y bajando, la niebla más densa y oscura y fría, y moja ahora mi rostro que está humedecido por el aire espeso y mortal de este sitio donde voces me ruegan que retroceda, donde rugen pensamientos mensajeros, donde adentrándome me aseguran que perezco mil veces y para siempre en un tormento, en un cenagoso destierro; mas es lo que ahora deseo: vengarme en mí de lo perdido, esperar que del dolor queden cenizas, que yo sea tan poco yo conforme avance, que devenga un despojo infrahumano; morir, sí, y si esto no es posible, quedar vacío y sin voluntad ni memoria, encontrar un hueco en este infierno donde no llegue el olor ni la música, donde no existan palabras ni hayan miradas, perdido pero sin saberlo.