domingo, 30 de octubre de 2011

No hay vida después de Onetti

No me queda aire. En su juego se queda todo el aire. El aire que le obsesiona, que le persigue, al que persigue. Que trata de desvelar sobre los objetos y a través de la respiración de mujeres fracasadas de grandes pechos; voluminosas, glamurosas prostitutas. Jóvenes violinistas ansiosas de aventura, mujeres extrañas, manipuladoras, obsesionadas, sinceras yonquis. Aburridos hombres insignificantes, pobres observadores, que encuentran la vida en el aire de una habitación. Paladean un momento. Un momento de lucidez que igual fue un espejismo, un sueño, un error, que se les va y tras el que salen como si todo el castillo de naipes que es su vida dependiese de ese poquísimo aire.
Dalí me habla del aire como elemento pictórico y Onetti pinta su cuadro extraño, escena sobre escena, hombre sobre hombre, sobre hombre. Mujeres al fondo junto con el río y la ciudad. La ciudad inventada del todo y a la que aun así se puede llegar.
La vida no es solo breve, es irreal, es como un sueño, es apenas un sueño. Lo sé bien. Yo confundo mis sueños con la realidad cada día. Te lo conté. Te lo he contado todo. 
Nada que no se pueda soportar. La gran confusión, el hartazgo, el deseo nítido y loco de vivir más y de verdad. El simular que estás muerto por el puro deseo de estar más vivo.
Todas las renuncias de Brausen, su vida arrastrada como por la corriente del río que empuja cierta fuerza enemiga que él no podrá controlar, salvo si fuera un dios. Y eso hace: se ve como un dios, mata a Brausen, nace Arce, un ser mal hecho, borroso, hijo de un dios en prácticas y que no llega más que a emular al personaje. Porque la vida es un sueño y Brausen ansía despertar y como un Segismundo que odia con fuerza después se amansa y deja de odiar. Es más ser Díaz Grey, más hombre de verdad y al tiempo el gran pelele de Lagos. El tramposo, el embaucador, el embustero, el traidor, el encantador, el que, cómo no, en un tiempo breve devendrá el envejecido fracasado.
Al fin, es la historia de un lugar. Un sitio que no existe donde van a parar los personajes y las personas para lo mismo. Una ciudad donde todos andan de la mano de su barrio, del reloj, de la mujer oronda y los niños que le atan, o la prostituta que los embelesa y a la que desprecian. El tiempo y la ciudad que transcurre como el río que la cruza como los habitantes que la pueblan, sin culpa y sin falta a la mediocridad y el contraste de lo burgués con lo demás. El tiempo del hombre de mediana edad que no sabe quién es y cuál es su finalidad. Que se sale del camino: enloquece, sin ser él  mismo el detonante de esta rebeldía, de esta fantasía, de esta determinación de dejar de ser una marioneta.



No hay vida después de Onetti

No me queda aire. En su juego se queda todo el aire. El aire que le obsesiona, que le persigue, al que persigue. Que trata de desvelar sobre los objetos y a través de la respiración de mujeres fracasadas de grandes pechos; voluminosas, glamurosas prostitutas. Jóvenes violinistas ansiosas de aventura, mujeres extrañas, manipuladoras, obsesionadas, sinceras yonquis. Aburridos hombres insignificantes, pobres observadores, que encuentran la vida en el aire de una habitación. Paladean un momento. Un momento de lucidez que igual fue un espejismo, un sueño, un error, que se les va y tras el que salen como si todo el castillo de naipes que es su vida dependiese de ese poquísimo aire.
Dalí me habla del aire como elemento pictórico y Onetti pinta su cuadro extraño, escena sobre escena, hombre sobre hombre, sobre hombre. Mujeres al fondo junto con el río y la ciudad. La ciudad inventada del todo y a la que aun así se puede llegar.
La vida no es solo breve, es irreal, es como un sueño, es apenas un sueño. Lo sé bien. Yo confundo mis sueños con la realidad cada día. Te lo conté. Te lo he contado todo. 
Nada que no se pueda soportar. La gran confusión, el hartazgo, el deseo nítido y loco de vivir más y de verdad. El simular que estás muerto por el puro deseo de estar más vivo.
Todas las renuncias de Brausen, su vida arrastrada como por la corriente del río que empuja cierta fuerza enemiga que él no podrá controlar, salvo si fuera un dios. Y eso hace: se ve como un dios, mata a Brausen, nace Arce, un ser mal hecho, borroso, hijo de un dios en prácticas y que no llega más que a emular al personaje. Porque la vida es un sueño y Brausen ansía despertar y como un Segismundo que odia con fuerza después se amansa y deja de odiar. Es más ser Díaz Grey, más hombre de verdad y al tiempo el gran pelele de Lagos. El tramposo, el embaucador, el embustero, el traidor, el encantador, el que, cómo no, en un tiempo breve devendrá el envejecido fracasado.
Al fin, es la historia de un lugar. Un sitio que no existe donde van a parar los personajes y las personas para lo mismo. Una ciudad donde todos andan de la mano de su barrio, del reloj, de la mujer oronda y los niños que le atan, o la prostituta que los embelesa y a la que desprecian. El tiempo y la ciudad que transcurre como el río que la cruza como los habitantes que la pueblan, sin culpa y sin falta a la mediocridad y el contraste de lo burgués con lo demás. El tiempo del hombre de mediana edad que no sabe quién es y cuál es su finalidad. Que se sale del camino: enloquece, sin ser él  mismo el detonante de esta rebeldía, de esta fantasía, de esta determinación de dejar de ser una marioneta.



martes, 25 de octubre de 2011

Las cosas que no decimos.
La diferencia entre sentir dolor y no sentir nada.
En la disyuntiva de admitir o no admitir que nos da miedo perder algo que no tenemos. Y al mismo tiempo, tentados de rendirnos.
El calor que viene tras la fiebre; el frío durante las horas testarudas en que te debates pensando en que si duermes con suerte ya no despiertas. Y ahí no habrá decepción, crueldad y miedo. Nada se nos irá de las manos porque no tendremos manos. Y lo que dejemos atrás nos parecerá tan diminuto en comparación con la inmensidad de la nada que pronto dejará de torturarnos.
Y siempre el testimonio del dolor y del miedo. De lo que callamos, del silencio. De la actitud o el acto que me dice tanto. Estar tan triste y débil que no doy ni para la ira; somnolienta, torpe, inútil; tan dócil que acepto mi calidad de mediocre, de cobarde, de embustera. De innecesaria, de fantasma por las vidas ajenas.
Que sea otro el que apague la luz, el que se despida y dé la vuelta a la llave de la puerta.

viernes, 21 de octubre de 2011

El destino de la Tiridium 26

Año 3045, la nave Tiridium 26 transita por Orión rumbo a la plataforma farmacéutica Viagra2000, sita en la órbita de Gliese 179, con un peligrosísimo cargamento de kriptonita en polvo. Es martes. Todos los martes toca bingo, barbacoa y sorteo de un barril de ron. Desde el año 2956, los directivos de la Compañía de Transporte Interestelar S.A. establecieron que debían planificar actividades lúdicas diarias para apaciguar al personal navegador en recorridos de más de diez años para evitar que ocurrieran motines y destrozos en las carísimas naves. De igual modo, las únicas armas abordo las tenían las mujeres, más prudentes, más de fiar y en basta minoría. 
Aquel martes, 26 de agosto, Socorro del Mar Holderlin cantó 5 bingos, se comió 23 pinchitos y ganó el barril de ron negrita Habana Club Gran Reserva. Socorro, ante la perplejidad e ira de algunos de los tripulantes, se metió con el trofeo y una caja de vasitos de papel en el camarote de las chicas, sacándoles el dedo a los tipos que quedaban atrás. Ese gesto fue muy mal visto por la parte masculina de la tripulación que llegó a la conclusión de que el sorteo estaba amañado, que en el bingo hubo tongo, que la Soco era anoréxica y/o bulímica porque con lo que comía no era normal que estuviese tan flaca, y, como es lógico, todos estuvieron de acuerdo en que la tía era lesbiana y una guarra. Lo cierto es que Socorro era un poquito correosa y un tanto provocona. Y, si bien no era lesbiana, sí era andrófoba. La cuestión es que era también muy inteligente y supo burlar a los infalibles psicólogos de ACME, subcontratados por Transporte Estelar S.A. para cribar a los aspirantes con forma de ser conflictiva, como precisamente Socorro del Mar, persona problemática donde las hubiere y que jamás debió embarcar. 
Socorro, que se creía Artemisa, consiguió montar un revuelo importante en la nave ya entrada en Orión. Todos cabreados, enervados y fastidiados, en la puerta del camarote donde las doce mujeres de abordo bebían y cantaban sin disimulo alguno de su felicidad. Unos no pudieron contener su rabia y empezaron a golpear con fuerza la puerta que, por otra parte, ni de broma hubieran podido derribar. Los insultos lanzados apenas podían traspasar el grueso metal. Sin embargo, Socorro tras cinco litros -decilitro arriba, decilitro abajo- de ron, tomó la MP5 para munición 40 S&W, mejorada en 2876 por The New Smith & Wesson Corporation. Ligero, con inmejorable equilibrio y una precisión del 100% en manos de cualquiera. Abrió la puerta y se dedicó a disparar a todo lo que se movía, que resultaron ser cinco y no seis como ella en principio pensó. Gran parte de la tripulación ni se enteró, porque el subfusil tiene un eficaz silenciador. Las chicas, aun ebrias, previeron el peligro y comentaron el patón que acababa de meter: “Mujer, Soco, o sea, ¡cómo te pasas!”. Socorro las tranquilizó. Nada más fácil que hacer desaparecer los cuerpos cuando todos dormían en mitad de Orión. Si la cosa se ponía fea, ellas tenían un arsenal y a algunos de ellos de su parte. Tendrían que ser más listas. Convertirse en las dueñas de la nave y pasar de la Compañía que las utilizaba por una mierda de sueldo. El tiempo en que estaban allí era una cuarta parte de su vida. Su edad más fértil, más capaz, lo mejor de su juventud. Desperdiciada en encuentros fortuitos con algún cosmonauta con eyaculación precoz. Ella lo hacía porque siempre quiso ir a Orión y morir en Orión. Su amor. Las otras se miraron encogiendo los hombros y sin querer preguntar. 
Tras una perorata de 25 minutos, se decidió que, acabado el barril, saldrían a lanzar los cuerpos por el garbage gate, limpiarían suelos, paredes y techos, y se prepararían para tomar el mando a la menor provocación. 

Dicho y hecho, los cinco cuerpos tratados como basura y Socorro, con insomnio desde los doce años, venga a planificar los subsiguientes movimientos que iban a conducirla a capitanear la nao tras ejecutar a tres quintas partes de la población masculina de abordo, previo informe sobre su actitud, sus aptitudes e historial personal. Sería la primera nave pirata espacial con tripulación enteramente femenina, para lo que ya había previsto obligar a travestirse a los veinticinco hombres con los que se iban a quedar, para hacer todo el trabajo y dar placer a la que tuviese necesidad.

Al día siguiente, el comandante hizo llamar a Socorro del Mar para interrogarla sobre las desapariciones. No necesitaba más. Sacó el machete Keras profesional. Negro. Ligero. Ignífugo. Con un filo como el de la Katana de Sasuke. Le hizo un único corte, en el cuello. La cabeza rodó al suelo y todo dio comienzo. Sus planes se iban cumpliendo. 
La selección de los 25 hombres que sobrevivieron, y quedaron a su entero servicio, se hizo, finalmente, en función de las prioridades sexuales de las amigas de Soco. Una gran jefa. Una líder nata. 
Los más serviciales, entregados y, ahora, agradecidos, machos de la nao, llevarían un collar GPS detector con chip Telcel Cuarto Milenio. Pelucas, tacones, wonderbras y minifaldas.


Era miércoles, pero dada la situación, se suspendieron los juegos de agua y el karaoke. 
Socorro dio orden al piloto de cambiar el rumbo y dirigirse hacia el Bucle Barnard, que rodea como una burbuja la Nebulosa Cabeza de Caballo. Al mismo tiempo, había contactado con varias embarcaciones piratas dispuestas a comprar el cargamento de kriptonita a cambio de oro, combustible y suministros alimenticios entre los que no faltarían cigarrillos y ron para unas décadas. 
A una distancia prudente de Alnitak, hicieron en intercambio con la astronave tudesca Spirit of Hermes, únicos de los que se podían fiar. Todo trancurrió de modo pacífico, sin conflictos ni trucos: los alemanes cumplieron, Soco y sus travestidos subordinados cumplieron. Se despidieron a la francesa como es el estilo pirata estelar y cada uno siguió su camino. Poco importaba a Socorro del Mar que la Spirit of Hermes en un par de años revendiese el polvo de kriptonita al partido nazi y, tras una sangrienta guerra, muy mal llevada por los alemanes, Europa fuese arrasada del mapa terráqueo, aquel lejano e irregular globo de agua. 
La Tiridium 26 se había deshecho de la Kriptonita y estaba en condiciones de seguir adelante en busca del Bucle de Banard. No sé si lo saben pero allí se esconde el mítico río de la eterna juventud que tantos alquimistas buscaron sin suerte. La pregunta es cómo Socorro estaba enterada de esto y cómo conocía su exacta ubicación en uno de los filos de hidrógeno puro en constante movimiento que a lo lejos se percibe de color rojizo como si fuera un efecto óptico translúcido, casi invisible, intocable. 
Tardaron relativamente poco en llegar a Banard, donde les recibió una brisa irisada y rosácea de partículas que les rozaban sin parar. Soco mandó a uno de los travestidos a que saliese y tomase una muestra. Cuando este volvió, ella se llevó la cápsula hermética a su compartimiento y, a pesar de que iba en contra de todos los manuales de seguridad interestelar, abrió el precinto y se llevó el recipiente a su boca, mientras su nariz aspiraba. Notó una quemazón y se desmayó.
Pasadas nueve horas, Socorro del Mar despertó en la enfermería como si nada.  
Despertó llena de energía, pidió un informe de la situación: viandas, alimentos, motores, agua, cigarrillos, ron. Comportamiento de los tripulantes. Bien, todo bien. Hizo sus cálculos mentales. Esta vez no necesitó sacar escuadra y cartabón ni las gomas ni la calculadora científica ni tan siquiera los mapas estelares. Tomaban rumbo a M78, donde se hallaba la evidencia de espuma cuántica más cercana. Huelga decir, por evidente, que la Soco buscaba un puente Einstein-Rosen lo que no está tan claro es para qué se arriesgaría nadie a viajar en el tiempo y en el espacio, con el consabido riesgo de disiparse en millones de partículas (o desintegrarse) cuando acababa, supuestamente, de adquirir el secreto de la vida eterna.

Socorro del Mar ordenó al piloto rodear la cosa para ver hasta dónde llegaba si es que tenía final. Y efectivamente, no era gigantesca tenía como un culo de vapor tupido negro, como toda su figura excepto la gran boca. Entonces, recurrió a unas microcámaras insertadas en unas diminutas esferas hechas de una aleación de metal. Las fue lanzando con una catapulta, sí, una catapulta de puta madre, una catapulta de diseño, negra brillante hecha también de unos ligerísimos metales desarrollados por ACME en el tercer milenio. 
Las bolitas con las microcámaras iban entrando y la pantalla de abordo mostraba oscuridad y más oscuridad por un breve periodo de tiempo y después un crujido, interferencias y se perdía la señal. A la tercera bolita, se vio perfectamente, en medio de la oscuridad, una especie de raja de luminosidad, entonces de nuevo se perdía la señal. 
Tras varias bolitas más (carísimas pero como Socorro las había robado a la NASA, daba igual), se vio de nuevo esa rasgadura, como el ojo de la Virgen de Chiquinquirá, igualito que uno de los ojos de la Chinita. La Virgen verdadera que otorga a quien se lo pide un único anhelo.
La verdad es que Socorro sabía demasiado. En cualquier caso, precavida como era, mandó a uno de los travestidos al agujero en una pequeña embarcación estelar para asegurarse de que el acceso al milagro no era mortal de necesidad. Realmente, no quería morir, la muy zorra.
Los tripulantes se mostraron reticentes y no hubo voluntarios. Aunque, al final, atado, amordazado y aporreado, un tipo llamado Sergio Van de Hausen fue introducido en la cápsula exploratoria bautizada con su nombre como agradecimiento de todos los demás.
El corto viaje de Sergio fue seguido con atención, las almas de todos en vilo, por las pantallas de plasma que había en cada sala de la Tiridium. Salió, rodeó una niebla que despedía su nave, se dirigió --gracias al control remoto-- a la boca del agujero negro y allí penetró. Las sacudidas y quizás los efectos físicos de los millones de campos electromagnéticos hicieron gritar sordamente (por la mordaza) a Sergio, más la nave siguió adentrándose hasta toparse con el haz de luz y la presencia de la Virgen. 
No sé sabe quién estaba más sorprendido si el pobre voluntario o la propia Chinita que pensaba que jamás un humano se le podría acercar. Entonces para pasmo de ambos, la nave dio la vuelta y salió por donde había entrado: Socorro manejaba el joystick con un arte y una precisión insólita. 
Dio órdenes precisas a sus lugartenientes: dar ron a Sergio Van de Haussen, y preparar de nuevo la cápsula, mientras ella se cambiaba el vestido, se ponía rímel y rouge y se hacía un recogido italiano.
Al fin, la mujer estuvo lista, la nave estaba lista y ocurrió.
La nave volvió a penetrar en el agujero negro, la Chinita aún la boca abierta, recibió a Soco con su solicitud preparada. 
-Ave, Virgen admirada. Vengo a hacerte la petición que por mandato de Dios estás obligada a conceder.
-Ave, ser humano, no recuerdo nada de ningún mandato. Llevo mucho tiempo aquí y las emanaciones radioactivas ha mermado bastante mis capacidades cognitivas y la memoria ni te cuento. Y aunque, en principio, estoy tentada de creerte, no sé cómo hacer los deseos realidad.
-Usted... Tú ¿puedo tutearte, verdad? Tú solo óyeme y desea que lo que digo se cumpla para mi interés. Gran Señora, tienes que dejar de esnifar gases, te va a perjudicar seriamente a largo plazo.
-¿Aun más largo?
-Bueno, no sé. Chinita, admirada Señora. No puedo ayudarte. Y tengo prisa. Entiéndeme.
-Entiendo: no viniste a charlar. Dime lo que quieres.
-Deseo regresar al momento en que Orión en pura pasión se me echó encima y me empezó a hacer el amor. Justo antes de mi empujón; mucho antes de lo del Escorpión. Virgencita, qué arrepentida estoy de lo del Escorpión. 


La Virgen estaba confusa, pensando que esta era una de sus muchas alucinaciones. Pero, por si las moscas, se concentró hasta donde pudo y deseó que la tipa aquella volviese atrás en el tiempo y se encontrase bajo el cuerpo de ese tal Orión. Qué manera de flipar hoy, pensó. Y de repente, la cápsula, la impertinente humana del peinado raro y todo lo de afuera había desaparecido.

Socorro, en el cuerpo de Artemisa, se encontró súbitamente aplastada por su compañero de caza al que dejó saciarse a su costa con fruición. No hubo escorpión en la historia, ni en el cielo y ahora yo soy Sagitario (puto efecto mariposa).


Los tripulantes de la Tiridium ya habían puesto pies en polvorosa mientras Socorro hablaba con la Chinita. Descubierta la verdadera naturaleza de los agujeros negros, como los habitáculos de los dioses verdaderos, debatían apasionados qué podían hacer con tan importante información. Tras semanas de discusión, llegaron a la conclusión de que no era tan importante la información y se dejaron llevar por el nihilismo, las bacanales y el alcohol.


La Compañía de Transporte Interestelar S.A. puso una denuncia por la desaparición del navío y cobró una cuantiosa prima del seguro, que tras este incidente quebró.

El destino de la Tiridium 26

Año 3045, la nave Tiridium 26 transita por Orión rumbo a la plataforma farmacéutica Viagra2000, sita en la órbita de Gliese 179, con un peligrosísimo cargamento de kriptonita en polvo. Es martes. Todos los martes toca bingo, barbacoa y sorteo de un barril de ron. Desde el año 2956, los directivos de la Compañía de Transporte Interestelar S.A. establecieron que debían planificar actividades lúdicas diarias para apaciguar al personal navegador en recorridos de más de diez años para evitar que ocurrieran motines y destrozos en las carísimas naves. De igual modo, las únicas armas abordo las tenían las mujeres, más prudentes, más de fiar y en basta minoría. 
Aquel martes, 26 de agosto, Socorro del Mar Holderlin cantó 5 bingos, se comió 23 pinchitos y ganó el barril de ron negrita Habana Club Gran Reserva. Socorro, ante la perplejidad e ira de algunos de los tripulantes, se metió con el trofeo y una caja de vasitos de papel en el camarote de las chicas, sacándoles el dedo a los tipos que quedaban atrás. Ese gesto fue muy mal visto por la parte masculina de la tripulación que llegó a la conclusión de que el sorteo estaba amañado, que en el bingo hubo tongo, que la Soco era anoréxica y/o bulímica porque con lo que comía no era normal que estuviese tan flaca, y, como es lógico, todos estuvieron de acuerdo en que la tía era lesbiana y una guarra. Lo cierto es que Socorro era un poquito correosa y un tanto provocona. Y, si bien no era lesbiana, sí era andrófoba. La cuestión es que era también muy inteligente y supo burlar a los infalibles psicólogos de ACME, subcontratados por Transporte Estelar S.A. para cribar a los aspirantes con forma de ser conflictiva, como precisamente Socorro del Mar, persona problemática donde las hubiere y que jamás debió embarcar. 
Socorro, que se creía Artemisa, consiguió montar un revuelo importante en la nave ya entrada en Orión. Todos cabreados, enervados y fastidiados, en la puerta del camarote donde las doce mujeres de abordo bebían y cantaban sin disimulo alguno de su felicidad. Unos no pudieron contener su rabia y empezaron a golpear con fuerza la puerta que, por otra parte, ni de broma hubieran podido derribar. Los insultos lanzados apenas podían traspasar el grueso metal. Sin embargo, Socorro tras cinco litros -decilitro arriba, decilitro abajo- de ron, tomó la MP5 para munición 40 S&W, mejorada en 2876 por The New Smith & Wesson Corporation. Ligero, con inmejorable equilibrio y una precisión del 100% en manos de cualquiera. Abrió la puerta y se dedicó a disparar a todo lo que se movía, que resultaron ser cinco y no seis como ella en principio pensó. Gran parte de la tripulación ni se enteró, porque el subfusil tiene un eficaz silenciador. Las chicas, aun ebrias, previeron el peligro y comentaron el patón que acababa de meter: “Mujer, Soco, o sea, ¡cómo te pasas!”. Socorro las tranquilizó. Nada más fácil que hacer desaparecer los cuerpos cuando todos dormían en mitad de Orión. Si la cosa se ponía fea, ellas tenían un arsenal y a algunos de ellos de su parte. Tendrían que ser más listas. Convertirse en las dueñas de la nave y pasar de la Compañía que las utilizaba por una mierda de sueldo. El tiempo en que estaban allí era una cuarta parte de su vida. Su edad más fértil, más capaz, lo mejor de su juventud. Desperdiciada en encuentros fortuitos con algún cosmonauta con eyaculación precoz. Ella lo hacía porque siempre quiso ir a Orión y morir en Orión. Su amor. Las otras se miraron encogiendo los hombros y sin querer preguntar. 
Tras una perorata de 25 minutos, se decidió que, acabado el barril, saldrían a lanzar los cuerpos por el garbage gate, limpiarían suelos, paredes y techos, y se prepararían para tomar el mando a la menor provocación. 

Dicho y hecho, los cinco cuerpos tratados como basura y Socorro, con insomnio desde los doce años, venga a planificar los subsiguientes movimientos que iban a conducirla a capitanear la nao tras ejecutar a tres quintas partes de la población masculina de abordo, previo informe sobre su actitud, sus aptitudes e historial personal. Sería la primera nave pirata espacial con tripulación enteramente femenina, para lo que ya había previsto obligar a travestirse a los veinticinco hombres con los que se iban a quedar, para hacer todo el trabajo y dar placer a la que tuviese necesidad.

Al día siguiente, el comandante hizo llamar a Socorro del Mar para interrogarla sobre las desapariciones. No necesitaba más. Sacó el machete Keras profesional. Negro. Ligero. Ignífugo. Con un filo como el de la Katana de Sasuke. Le hizo un único corte, en el cuello. La cabeza rodó al suelo y todo dio comienzo. Sus planes se iban cumpliendo. 
La selección de los 25 hombres que sobrevivieron, y quedaron a su entero servicio, se hizo, finalmente, en función de las prioridades sexuales de las amigas de Soco. Una gran jefa. Una líder nata. 
Los más serviciales, entregados y, ahora, agradecidos, machos de la nao, llevarían un collar GPS detector con chip Telcel Cuarto Milenio. Pelucas, tacones, wonderbras y minifaldas.


Era miércoles, pero dada la situación, se suspendieron los juegos de agua y el karaoke. 
Socorro dio orden al piloto de cambiar el rumbo y dirigirse hacia el Bucle Barnard, que rodea como una burbuja la Nebulosa Cabeza de Caballo. Al mismo tiempo, había contactado con varias embarcaciones piratas dispuestas a comprar el cargamento de kriptonita a cambio de oro, combustible y suministros alimenticios entre los que no faltarían cigarrillos y ron para unas décadas. 
A una distancia prudente de Alnitak, hicieron en intercambio con la astronave tudesca Spirit of Hermes, únicos de los que se podían fiar. Todo trancurrió de modo pacífico, sin conflictos ni trucos: los alemanes cumplieron, Soco y sus travestidos subordinados cumplieron. Se despidieron a la francesa como es el estilo pirata estelar y cada uno siguió su camino. Poco importaba a Socorro del Mar que la Spirit of Hermes en un par de años revendiese el polvo de kriptonita al partido nazi y, tras una sangrienta guerra, muy mal llevada por los alemanes, Europa fuese arrasada del mapa terráqueo, aquel lejano e irregular globo de agua. 
La Tiridium 26 se había deshecho de la Kriptonita y estaba en condiciones de seguir adelante en busca del Bucle de Banard. No sé si lo saben pero allí se esconde el mítico río de la eterna juventud que tantos alquimistas buscaron sin suerte. La pregunta es cómo Socorro estaba enterada de esto y cómo conocía su exacta ubicación en uno de los filos de hidrógeno puro en constante movimiento que a lo lejos se percibe de color rojizo como si fuera un efecto óptico translúcido, casi invisible, intocable. 
Tardaron relativamente poco en llegar a Banard, donde les recibió una brisa irisada y rosácea de partículas que les rozaban sin parar. Soco mandó a uno de los travestidos a que saliese y tomase una muestra. Cuando este volvió, ella se llevó la cápsula hermética a su compartimiento y, a pesar de que iba en contra de todos los manuales de seguridad interestelar, abrió el precinto y se llevó el recipiente a su boca, mientras su nariz aspiraba. Notó una quemazón y se desmayó.
Pasadas nueve horas, Socorro del Mar despertó en la enfermería como si nada.  
Despertó llena de energía, pidió un informe de la situación: viandas, alimentos, motores, agua, cigarrillos, ron. Comportamiento de los tripulantes. Bien, todo bien. Hizo sus cálculos mentales. Esta vez no necesitó sacar escuadra y cartabón ni las gomas ni la calculadora científica ni tan siquiera los mapas estelares. Tomaban rumbo a M78, donde se hallaba la evidencia de espuma cuántica más cercana. Huelga decir, por evidente, que la Soco buscaba un puente Einstein-Rosen lo que no está tan claro es para qué se arriesgaría nadie a viajar en el tiempo y en el espacio, con el consabido riesgo de disiparse en millones de partículas (o desintegrarse) cuando acababa, supuestamente, de adquirir el secreto de la vida eterna.

Socorro del Mar ordenó al piloto rodear la cosa para ver hasta dónde llegaba si es que tenía final. Y efectivamente, no era gigantesca tenía como un culo de vapor tupido negro, como toda su figura excepto la gran boca. Entonces, recurrió a unas microcámaras insertadas en unas diminutas esferas hechas de una aleación de metal. Las fue lanzando con una catapulta, sí, una catapulta de puta madre, una catapulta de diseño, negra brillante hecha también de unos ligerísimos metales desarrollados por ACME en el tercer milenio. 
Las bolitas con las microcámaras iban entrando y la pantalla de abordo mostraba oscuridad y más oscuridad por un breve periodo de tiempo y después un crujido, interferencias y se perdía la señal. A la tercera bolita, se vio perfectamente, en medio de la oscuridad, una especie de raja de luminosidad, entonces de nuevo se perdía la señal. 
Tras varias bolitas más (carísimas pero como Socorro las había robado a la NASA, daba igual), se vio de nuevo esa rasgadura, como el ojo de la Virgen de Chiquinquirá, igualito que uno de los ojos de la Chinita. La Virgen verdadera que otorga a quien se lo pide un único anhelo.
La verdad es que Socorro sabía demasiado. En cualquier caso, precavida como era, mandó a uno de los travestidos al agujero en una pequeña embarcación estelar para asegurarse de que el acceso al milagro no era mortal de necesidad. Realmente, no quería morir, la muy zorra.
Los tripulantes se mostraron reticentes y no hubo voluntarios. Aunque, al final, atado, amordazado y aporreado, un tipo llamado Sergio Van de Hausen fue introducido en la cápsula exploratoria bautizada con su nombre como agradecimiento de todos los demás.
El corto viaje de Sergio fue seguido con atención, las almas de todos en vilo, por las pantallas de plasma que había en cada sala de la Tiridium. Salió, rodeó una niebla que despedía su nave, se dirigió --gracias al control remoto-- a la boca del agujero negro y allí penetró. Las sacudidas y quizás los efectos físicos de los millones de campos electromagnéticos hicieron gritar sordamente (por la mordaza) a Sergio, más la nave siguió adentrándose hasta toparse con el haz de luz y la presencia de la Virgen. 
No sé sabe quién estaba más sorprendido si el pobre voluntario o la propia Chinita que pensaba que jamás un humano se le podría acercar. Entonces para pasmo de ambos, la nave dio la vuelta y salió por donde había entrado: Socorro manejaba el joystick con un arte y una precisión insólita. 
Dio órdenes precisas a sus lugartenientes: dar ron a Sergio Van de Haussen, y preparar de nuevo la cápsula, mientras ella se cambiaba el vestido, se ponía rímel y rouge y se hacía un recogido italiano.
Al fin, la mujer estuvo lista, la nave estaba lista y ocurrió.
La nave volvió a penetrar en el agujero negro, la Chinita aún la boca abierta, recibió a Soco con su solicitud preparada. 
-Ave, Virgen admirada. Vengo a hacerte la petición que por mandato de Dios estás obligada a conceder.
-Ave, ser humano, no recuerdo nada de ningún mandato. Llevo mucho tiempo aquí y las emanaciones radioactivas ha mermado bastante mis capacidades cognitivas y la memoria ni te cuento. Y aunque, en principio, estoy tentada de creerte, no sé cómo hacer los deseos realidad.
-Usted... Tú ¿puedo tutearte, verdad? Tú solo óyeme y desea que lo que digo se cumpla para mi interés. Gran Señora, tienes que dejar de esnifar gases, te va a perjudicar seriamente a largo plazo.
-¿Aun más largo?
-Bueno, no sé. Chinita, admirada Señora. No puedo ayudarte. Y tengo prisa. Entiéndeme.
-Entiendo: no viniste a charlar. Dime lo que quieres.
-Deseo regresar al momento en que Orión en pura pasión se me echó encima y me empezó a hacer el amor. Justo antes de mi empujón; mucho antes de lo del Escorpión. Virgencita, qué arrepentida estoy de lo del Escorpión. 


La Virgen estaba confusa, pensando que esta era una de sus muchas alucinaciones. Pero, por si las moscas, se concentró hasta donde pudo y deseó que la tipa aquella volviese atrás en el tiempo y se encontrase bajo el cuerpo de ese tal Orión. Qué manera de flipar hoy, pensó. Y de repente, la cápsula, la impertinente humana del peinado raro y todo lo de afuera había desaparecido.

Socorro, en el cuerpo de Artemisa, se encontró súbitamente aplastada por su compañero de caza al que dejó saciarse a su costa con fruición. No hubo escorpión en la historia, ni en el cielo y ahora yo soy Sagitario (puto efecto mariposa).


Los tripulantes de la Tiridium ya habían puesto pies en polvorosa mientras Socorro hablaba con la Chinita. Descubierta la verdadera naturaleza de los agujeros negros, como los habitáculos de los dioses verdaderos, debatían apasionados qué podían hacer con tan importante información. Tras semanas de discusión, llegaron a la conclusión de que no era tan importante la información y se dejaron llevar por el nihilismo, las bacanales y el alcohol.


La Compañía de Transporte Interestelar S.A. puso una denuncia por la desaparición del navío y cobró una cuantiosa prima del seguro, que tras este incidente quebró.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Como preñada bajo la lluvia en los años veinte
en el esplendor de mi juventud
en la decadencia de la civilización.
Volveré a ti con la semilla germinada de él.
Amor limpido y brillante.
Hasta mañana que se hará de día y verás mi rostro.
Un beso más, una mentira más
antes de la despedida
con la pasión, tal placer animal,
antes de morir de modo figurado,
morirse de pura metáfora.
Con mi incipiente barriga
y tus incipientes cuernos
que no pesan aún
aunque mañana pesarán
pesarán, pesarán insoportablemente.
Pero un poco más,
un baile más,
un abrazo bohemio más.
No me perdones.
No lo soportes.
Quiero que desees matarme.
Todo dará igual mañana.
Solo pido una noche más.
Como preñada bajo la lluvia en los años veinte
en el esplendor de mi juventud
en la decadencia de la civilización.
Volveré a ti con la semilla germinada de él.
Amor limpido y brillante.
Hasta mañana que se hará de día y verás mi rostro.
Un beso más, una mentira más
antes de la despedida
con la pasión, tal placer animal,
antes de morir de modo figurado,
morirse de pura metáfora.
Con mi incipiente barriga
y tus incipientes cuernos
que no pesan aún
aunque mañana pesarán
pesarán, pesarán insoportablemente.
Pero un poco más,
un baile más,
un abrazo bohemio más.
No me perdones.
No lo soportes.
Quiero que desees matarme.
Todo dará igual mañana.
Solo pido una noche más.

lunes, 17 de octubre de 2011

Estaba yo sentada en Washington Garden Street Avenue, tan ciega de cerveza que los nombres de las calles se mezclaban ya no en mi cabeza sino en las calles mismas. Cómo te  llamas. Amanda Irvingtown del Carmen Herodoto Onassis. Anda, como yo. De dónde vienes. De la Avenida Moliere iba para el Campus pero los nombres de las calles empezaron a cambiarse. Claro. Pasa mucho. Pues te acompaño. Vale. Vale. Quieres. Qué es. Cerveza sin  marca: la venden a granel. Ahí en el descampado del Camino San Rafael. Ah. Está fresquita.  Si es la fórmula secreta. Esta cerveza no se calienta. Fíjate con lo que hemos bebido y todavía el litro está medio lleno. Sí. Es la fórmula secreta. Asombroso. No tanto. En serio es imposible que se beba y se beba a morro de una botella y esta no se vaya vaciando. Es física. Algo de si q menos q es igual a q, no estás en la Tierra. Tío, qué profundo. Ya. Oye y queda mucho para el Campus. Espera que miro la calle: Trafalgar Square con Charing Cross. Pues debemos estar ya casi porque este sitio me suena. Me pasas el litro. Mi litro es tu litro. Y tú de dónde vienes. De aquí al lado. Salí de Time Square hace dos meses y la verdad es que ya me dio hambre. En Medicina se come bien. Eso dicen. Pues vamos. Pasa la botella otra vez. Cada vez está más fresquita. La gente de San Rafael que se pasa. Eso parece. Oye y lo que coloca. Sí. Ya. Estás muy callado. Por no interrumpir. Es que no sé cuando has acabado y no quiero ser grosero. Bueno, diré algo para señalar que te toca hablar a ti. ¿Cambio y corto? ¿Corto y pego? Algo así. Creo que lo clásico es lo segundo. Sí a mí también me suena. Dónde estamos, me muero de frío. Abrázame. A ver. Calle Libertad. Estamos casi ya. Abrázame. Vale, te abrazo. Se te pasó el hambre. Que va, tengo más. Puedes comerme un poco mientras llegamos. Llevas mucha ropa y no me gusta la carne con trapo. Sentémonos en aquel portal. Te bajas un poco el pantalón y yo te devoro la parte interior de los muslos hasta recuperar fuerzas. Vale. Vale. Vale. Vale. Vale...

domingo, 2 de octubre de 2011