Todos los órganos están interconectados: si quieres atender algo mientras conduces, bajas la música; para oír algo que me dices, cuando hablas, dilato las pupilas; la visión de un cadáver en descomposición hace que huela mucho peor, lo notarás si cierras los ojos: la reacción de mucha gente es gritar y taparse las orejas con las manos, mientras aprietan con fuerza sus párpados: esa reacción hace que disminuya en un 88% la posibilidad de vomitar, que es causada el 99,9% de las veces por las náuseas provocadas por el olor.
Por eso, cuando Él me dijo que si mi vista me ofendía, que a veces lo hace, me arrancase los ojos, yo le respondí que prefería extirparme el epitelio olfatorio. Nunca le caí bien. Un dios sin sentido del humor es un problema grave. Se aburre y dormita; tiene sueños de monstruos que se convierten en realidad para nosotros y, al despertar, pregunta "¿Pero qué habéis hecho ahora?". Cualquiera le responde: "Has sido tú, máquina loca, salida de la peli ESFERA". Él tampoco me cae bien a mí. Ni Él ni sus otras personalidades: ya se sabe que es trino. La paloma adopta forma de Madre: mezcla el sentimiento de culpa con el rencor: la frustración de no poder dominar todo y a todos con las armas de las que se le ha dotado hace que a veces aparezca cual Medusa y te haga bien la pascua, porque no es fácil decapitar a una madre. Se te queda un cuerpo fatal. Entonces aparece como el Hijo que es el Dios verdadero y tal y empieza a darte lecciones con un tono que acojona más que un párroco presbiteriano en las islas vírgenes "curando a los paganos".
martes, 31 de diciembre de 2013
domingo, 17 de noviembre de 2013
Comenzaba el día a una hora indefinida que agotaba de claridad, el sol tan alto, los niños del vecindario incendiarios, las ollas pitando. Comenzaba el día, sin mirarse al espejo ni lavarse los dientes: orinar a oscuras, salir a la sala, colocarse los cascos: allí no hay nada: café recalentado y magdalenas.
En el cuarto, la cama espera deshecha su vuelta. En el pasillo, un largo banco cargado de ropa arrugada. En la cocina, pulcritud y soledad. Un altillo de la entrada rebosa de medicinas, justo al lado de atestadas perchas. Radiohead, 4 minutes. Just like everybody. Se tiende en el sofá. Cierra los ojos. Escucha atenta.
--Debo estar incubando algo,-- se dice, mientras ve manchas pululando tras los párpados cerrados, --No hay resaca que dure tanto.
Es cierto, los dientes apretados ya empiezan a doler. Se incorpora: asoma al ordenador y empieza a trabajar; hoy, extrañamente a desganas, con un sufrimiento agudo y brillante que va in crescendo hasta que no puede más. Las náuseas le vencen: vomita entre el escritorio y el sofá. Salpica ambos muebles y dios sabe qué más. Se limpia con la manga de la bata... Camina encogida hasta la cama, se tiende, alarga la mano y alcanza la botella de agua que vive allí abajo: un litro y medio azul con boca ancha. Bebe, se echa, se duele... Se duerme.
--Debería llamarla, --parece pensar entre brumas.
La puerta cede tras varios intentos. El piso apesta. Nota cómo las rodillas no aguantan su propio peso y eso que ha debido perder al menos diez kilos, durante estos días. Camina temblando. Y tiembla tanto que deja de caminar. Deja de moverse, se queda clavada bajo una lámpara oscura que cuelga como un murciélago. Es como un test de Rorschach, una piel de oso, un animal despellejado y abierto flotando en medio de la nada. Qué diseñador loco de mierda haría semejante lámpara. Allí, bajo un sinfín de connotaciones, recuerdos e interpretaciones, se queda. Allí, se petrifica y se acostumbra al olor a putrefacción, a carne muerta, a fin del mundo. Allí, se olvida un instante de todo y de ella.
La idea de un amuleto indio, la sensación de ser miércoles, de tener hambre a pesar de todo la despiertan. No parece el mismo día, la luz ha menguado; también los ruidos de fuera. Recuerda quién es y dónde está y qué hace allí. Grita de impotencia. No se puede mover, lucha y lo intenta: pero solo consigue caer. Al menos ahora es capaz de gritar, aunque nadie viene. Consigue arrastrarse, cruzar varios umbrales polvorientos conforme el olor es más y más insoportable... Ella ya lo sabe, lo sabía incluso antes de entrar, antes de llegar hasta allí, antes de dejar que pasaran 4 días sin atreverse a ir a verla. Por fin, logra alzarse y moverse y anda encogida hasta la cama, se tiende a su lado, alarga la mano y alcanza la botella de agua que vive allí abajo: un litro y medio azul con boca ancha. Bebe, se echa, se duele... Se duerme.
Y no hay donde esconderse
Me gustan las mentiras y los mentirosos. La guerra, las lágrimas, los principios, ... Y ojalá estuviésemos siempre empezando algo, o con la sensación de estar empezando. Nunca se estancaría nuestra sangre en ese instante sostenido de normalidad, nunca se agostaría nuestra sonrisa ni irían más lentos los latidos dentro del escurrido pecho.
¿No te lo avisé? Soy un peligro, un desastre, una adicta, un veneno. Solo amo con locura a la vida.
No soy buena para nada ni, aun menos, buena para nadie. No soy ni quiero ser algo más: no escondo las respuestas, no ofrezco una salida, no soy lo que deseas.
Me saldré de una curva a 150 una madrugada cualquiera. Dejaré atrás a todos y todo. Ya nadie me dirá que experimente la calidad del expreso, que use cremas antiedad, que compre parches para dejar de fumar; que tenga estilo, calma, presencia; que me cure la impotencia, la frigidez, la inmadurez; que responda al teléfono, a los mensajes, a los emails; nadie reclamará más mi presencia para desgastarme a base de exigencias.
Nada cambiará mi mundo: al menos, tú no.
¿No te lo avisé? Soy un peligro, un desastre, una adicta, un veneno. Solo amo con locura a la vida.
No soy buena para nada ni, aun menos, buena para nadie. No soy ni quiero ser algo más: no escondo las respuestas, no ofrezco una salida, no soy lo que deseas.
Me saldré de una curva a 150 una madrugada cualquiera. Dejaré atrás a todos y todo. Ya nadie me dirá que experimente la calidad del expreso, que use cremas antiedad, que compre parches para dejar de fumar; que tenga estilo, calma, presencia; que me cure la impotencia, la frigidez, la inmadurez; que responda al teléfono, a los mensajes, a los emails; nadie reclamará más mi presencia para desgastarme a base de exigencias.
Nada cambiará mi mundo: al menos, tú no.
lunes, 11 de noviembre de 2013
EL VIENTO
Por fin sopla el viento.
El viento que arrastra todas esas briznas de hierba,
el que puede llevarse la mala, la seca, la muerta...
Por fin sopla sin piedad.
La brisa inquieta cesa;
la brisa templada deja de engañar.
Por fin un huracán arranca esa semilla mal sembrada;
por fin acabará la mal nacida,
la que nunca debió arraigar,
la que solo sirvió para engañar
a la oveja, al agricutor...;
la que sirve solo para matar nuestro tiempo y el suyo
La que miente, y solo se miente.
Deja que el viento nos despeine,
que nos arranque también a nosotros.
Déjale, déjanos,
deja vivir al árbol superviviente,
hijo de la única y verdadera simiente...
Vete con el viento...
déjala, déjanos....
Hoy un manto ligero de hojas muertas
se cruzó en mi camino y me ahogó.
Sabio camino de hojas yertas que alberga
y esconde un solo de guitarra,
un algo que suena a diapasón.
Un montón de cáscaras de vida.
Un ciento de señales en medio de la nada.
Ahora repito en mi cabeza una canción de desaparición,
de muerte, de llanos y explanadas,
de cosas que no pasaron
y que no pasan y por las que no pasa nada.
Y, al fin, qué querremos sino una guerra,
un final maldito y brutal.
Y al fin qué hay sino nada...
Un montón de basura reciclada, un surco oscuro,
una ensenada;
pescadores sin nada que pescar...
El viento que arrastra todas esas briznas de hierba,
el que puede llevarse la mala, la seca, la muerta...
Por fin sopla sin piedad.
La brisa inquieta cesa;
la brisa templada deja de engañar.
Por fin un huracán arranca esa semilla mal sembrada;
por fin acabará la mal nacida,
la que nunca debió arraigar,
la que solo sirvió para engañar
a la oveja, al agricutor...;
la que sirve solo para matar nuestro tiempo y el suyo
La que miente, y solo se miente.
Deja que el viento nos despeine,
que nos arranque también a nosotros.
Déjale, déjanos,
deja vivir al árbol superviviente,
hijo de la única y verdadera simiente...
Vete con el viento...
déjala, déjanos....
Hoy un manto ligero de hojas muertas
se cruzó en mi camino y me ahogó.
Sabio camino de hojas yertas que alberga
y esconde un solo de guitarra,
un algo que suena a diapasón.
Un montón de cáscaras de vida.
Un ciento de señales en medio de la nada.
Ahora repito en mi cabeza una canción de desaparición,
de muerte, de llanos y explanadas,
de cosas que no pasaron
y que no pasan y por las que no pasa nada.
Y, al fin, qué querremos sino una guerra,
un final maldito y brutal.
Y al fin qué hay sino nada...
Un montón de basura reciclada, un surco oscuro,
una ensenada;
pescadores sin nada que pescar...
viernes, 4 de octubre de 2013
NADA
Ardo sin fuego, mas quema lo mismo... Es un infierno en vida esta configuración desfragmentada de nada tras nada y prometiendo más nada... La oferta y la demanda de la nada; la vida y cosquillas en la pelvis de la nada; el sexo asqueroso de la nada; la praxis inservible de la nada... Nademos, pues, para no ahogarnos en esa nata, para vivir un día más y no luchar al día siguiente, para no resistir la embestida de la nada, para no inventar nada, para no reconocer nada, para no ser nada.
viernes, 5 de julio de 2013
kjk
El diablo no me quiere muerta ni en la cárcel; se ve que le complace mantenerme en este mundo, observarme caer y levantarme, deleitándose en mi humillación, frotándose las rojas manos ante la perspectiva de futuros desastres.
Ahora la sombra llega justo a la punta de mis pies y la blancura se esparce; avanza y se esparce. Es esa época en que la calle arde.
El sitio donde estoy no tiene nombre, que yo conozca. La próxima sombra está a unos metros, bajo el álamo grande. Tengo que correr para que el sol no me abrase. Mis mejillas y mis hombros se duelen en rojas escamas.
El hombre, al que llamaba Lagos, tuvo que trabajar durante el día. Y abandonarme es tan fácil como dar un paso y ponerse en la acera soleada y caminar hacia el Oeste.
Salimos de San Juan al atardecer. El calor no había aún dado una tregua al aire que era pesado y espeso y tan amarillo que apenas parecía aire. Pensaba que una podía ahogarse en aquel aire, en mitad de la nada, oyendo las voces de lo muertos, en un lugar miserable, un páramo desierto.
Pero aquello no era Comala y nadie de nosotros se murió entonces.
La canícula de agosto se cebaba y al fondo la noche temblaba. Todo tiembla bajo el fuego, hasta el mismo fuego.
-Me marché porque no tenía habitación propia ni dinero.
-¿Qué demonio de motivo para irse es eso?
No me quedaré con ellos.
Del fondo se iba agrandando una línea negra que nos alcanzó. No se podía saber su edad: estaba ennegrecido de aquel sol, cubierto de polvo amarillo del campo y por su cara bajaban unas gotas de sudor por unos surcos que estaban allí como para eso. Surcos graves y tensos.
-Vamos al Sur, venimos del Cerro.
-Este camino solo lo usan contrabandistas y cabreros.
-A Ella no la puede ni tocar el sol.
El hombre largó sus ojos hacia Poniente, noté que eran verdes con ese brillo que solo tienen los hombres vivos. Bebió, sin ofrecer, de una petaca de piel gastada del color de la teca. Bebió varios tragos y siguió hasta querer ser de nuevo una mancha.
Sentí, al verle marchar, que habría de darme la vuelta e irle detrás. Me paré recordando, como si un rumbo o una compañía o un pálpito en el pecho de una pudiera desbaratar toda su vida. Como si, yéndole detrás, pudiera borrar hasta mi propio nombre y el suyo.
El sitio donde estoy no tiene nombre, que yo conozca. La próxima sombra está a unos metros, bajo el álamo grande. Tengo que correr para que el sol no me abrase. Mis mejillas y mis hombros se duelen en rojas escamas.
El hombre, al que llamaba Lagos, tuvo que trabajar durante el día. Y abandonarme es tan fácil como dar un paso y ponerse en la acera soleada y caminar hacia el Oeste.
*
Salimos de San Juan al atardecer. El calor no había aún dado una tregua al aire que era pesado y espeso y tan amarillo que apenas parecía aire. Pensaba que una podía ahogarse en aquel aire, en mitad de la nada, oyendo las voces de lo muertos, en un lugar miserable, un páramo desierto.
Pero aquello no era Comala y nadie de nosotros se murió entonces.
La canícula de agosto se cebaba y al fondo la noche temblaba. Todo tiembla bajo el fuego, hasta el mismo fuego.
-Me marché porque no tenía habitación propia ni dinero.
-¿Qué demonio de motivo para irse es eso?
No me quedaré con ellos.
Del fondo se iba agrandando una línea negra que nos alcanzó. No se podía saber su edad: estaba ennegrecido de aquel sol, cubierto de polvo amarillo del campo y por su cara bajaban unas gotas de sudor por unos surcos que estaban allí como para eso. Surcos graves y tensos.
-Vamos al Sur, venimos del Cerro.
-Este camino solo lo usan contrabandistas y cabreros.
-A Ella no la puede ni tocar el sol.
El hombre largó sus ojos hacia Poniente, noté que eran verdes con ese brillo que solo tienen los hombres vivos. Bebió, sin ofrecer, de una petaca de piel gastada del color de la teca. Bebió varios tragos y siguió hasta querer ser de nuevo una mancha.
Sentí, al verle marchar, que habría de darme la vuelta e irle detrás. Me paré recordando, como si un rumbo o una compañía o un pálpito en el pecho de una pudiera desbaratar toda su vida. Como si, yéndole detrás, pudiera borrar hasta mi propio nombre y el suyo.
martes, 28 de mayo de 2013
¿Cuándo los dioses se hicieron una pregunta
sin tener con ellos la respuesta
tomando de su vaso el cáliz de la vida?
¿Acaso el más alto de ellos
quiso negar lo evidente del paso de los días,
del rugido del mar y el latido de la sangre?
Vamos en esta nave hacia el vacío,
y aún cuestionas.
Dentro ya de la indiscutible bruma,
y aún vacilas.
Eres la sombra que va a la deriva
y desprecia la fuerza del olvido.
Desembarca y las leyes de este océano desafía,
rompe las reglas del tiempo y la tormenta,
mas no culpes al mar sobre tu suerte.
Nunca verás las Respuestas,
las faldas levantadas, las piernas en la mesa,
ebrias del vino de los dioses.
Vuelve atrás, si es que lo puedes:
con austero traje te acogerá la orilla
y serás el eco de lo que ahora eres.
sábado, 25 de mayo de 2013
quiero inmunidad a los requiebros de amor
Día 4. La vita nuova no es tan dulce ni dantesca. ¿Será un páramo desangelado mucho tiempo? No me siento triste, ya no lloro, no me duele casi... ¿Es eso bueno para mí, para mi espíritu? El año que cambió todo de nuevo era un número primo como los otros... Entonces, ¿creo en el sentido último de la vida, en las lecturas mágicas que necesita el hombre vagabundo para no perderse en un barrizal de miedo? No, yo no creo, nunca he creído. Ya no creo en casi nada. ¿Será este el último número primo de mi vida? ¿Será esta vida nueva la vida definitiva? ¿Estoy en el último estadio, el que anuncia el final de mis días? ¿Así seré, pues, el resto de los tiempos? ¿Con este traje austero y tieso, tan sola, me encontrará la eternidad? ¿Será el eco de mí un eco sin amor ni risas, sin amistad ni duelo? Cada pregunta que me hago ansía una respuesta negativa, mas ¿no es el hecho de cuestionarlas la prueba incontestable de que la respuesta es afirmativa? ¿Cuándo los dioses se hicieron una pregunta sin tener la respuesta sentada con ellos, tomando de su vaso el caliz de la vida?
miércoles, 22 de mayo de 2013
Inescrutable perfección del círculo o Canto a la primavera en el feliz momento del prendimiento de la Gaya Ciencia: Del estilo (IV)
hay cosas que suenan mejor en francés
martes, 21 de mayo de 2013
Estoy muerta
Estoy muerta, echadme tierra y olvidadme.
¡Echadme tierra!
¿Qué parte de echadme tierra no entendéis, malditos?
¡NO, NO, NO!
¿Qué es eso?
¿Un encendedor o un ascensor?
...
Prefiero el ascensor
¡EL ASCENSOR!
¡Echadme tierra!
¿Qué parte de echadme tierra no entendéis, malditos?
¡NO, NO, NO!
¿Qué es eso?
¿Un encendedor o un ascensor?
...
Prefiero el ascensor
¡EL ASCENSOR!
Así hasta que me mataste
Habrá alguna canción que no hable de esto, algún cuento que no lo cuente. Cada mayo empieza el año nuevo... A veces desearías que se parase el tiempo, a veces sencillamente el tiempo se para en el peor momento. Ocurre cada vez que una promesa resbala de la hoja en la húmeda mañana: como en un bosque, te pierdes en un artificio de palabras que ahora ya no te dicen nada.
Y has vuelto a empezar esa especie de año nuclear tantas veces que cansado y medio muerto ya solo querrías terminar, pero vuelves a empezar. La estúpida circularidad...
La persecución está dentro, me dije, no hay perros de presa afuera, me dije. Y me apagaba lentamente o me derrumbaba abruptamente, me levantaba, pero volvías a empezar... Así hasta que me mataste.
lunes, 20 de mayo de 2013
Mi propio personal infierno
No hace falta estar muerto para ir al Infierno. A veces, basta con abrir los ojos por la mañana y atravesar la membrana que te separa de los ríos de lava. Muchos ya habitan en un sitio que excede lo aterrador y cada día y cada noche se enfrentan solos a monstruos en tierras de horror. Algunos ni siquiera están seguros de tener tierra bajo sus pies y, confusos, ignoran lo que pisan, si agua, vapor o barro, sabiendo que las arenas movedizas son transporte a otro nivel de Lo Mismo, un lugar hecho a la medida de miedos aún desconocidos.
Siempre que alguien cree que el infierno que habita es único y suyo, este muta hacia un lugar más terrible, frío y solo, más espeso, oscuro y turbio, con más dolor y más crueldad, hediondo e insoportable desde dentro. Esos que habitan el Infierno en sus corruptas moradas, en las ciudades quemadas, en sus cabezas perturbadas, en sus cuerpos mil veces destrozados, en los países malditos donde moran los que debieran estar muertos como seres eternos, saben que en su propio y personal infierno solo pueden estar en secreto, pues el infierno verdadero es intolerable y ajeno y nuevo y se va descubriendo... Y así como allí no se puede estar muerto, uno no se puede acostumbrar a estar en el Infierno, ya que entonces sería soportable: sería desagradable y molesto y doloroso y estos son adjetivos de la moderación, de la que nada sabe el verdadero infierno. Entonces, si tienes un lugar al que llamas tu propio y personal infierno, entérate bien que no estás ni de lejos en el lugar que te aguarda y que tarde o temprano se abrirá paso entre la espesura de la niebla que en todas las esquinas de las vidas miserables espera, el lugar del que saldrá algo indescriptible que convierte las palabras en velos negros invisibles y que se instalará para crecer y crecer y ocupar todo el espacio incluyendo tu cuerpo material y el aire que necesitarías para respirar y, una vez dentro y por doquier, explotará.
Siempre que alguien cree que el infierno que habita es único y suyo, este muta hacia un lugar más terrible, frío y solo, más espeso, oscuro y turbio, con más dolor y más crueldad, hediondo e insoportable desde dentro. Esos que habitan el Infierno en sus corruptas moradas, en las ciudades quemadas, en sus cabezas perturbadas, en sus cuerpos mil veces destrozados, en los países malditos donde moran los que debieran estar muertos como seres eternos, saben que en su propio y personal infierno solo pueden estar en secreto, pues el infierno verdadero es intolerable y ajeno y nuevo y se va descubriendo... Y así como allí no se puede estar muerto, uno no se puede acostumbrar a estar en el Infierno, ya que entonces sería soportable: sería desagradable y molesto y doloroso y estos son adjetivos de la moderación, de la que nada sabe el verdadero infierno. Entonces, si tienes un lugar al que llamas tu propio y personal infierno, entérate bien que no estás ni de lejos en el lugar que te aguarda y que tarde o temprano se abrirá paso entre la espesura de la niebla que en todas las esquinas de las vidas miserables espera, el lugar del que saldrá algo indescriptible que convierte las palabras en velos negros invisibles y que se instalará para crecer y crecer y ocupar todo el espacio incluyendo tu cuerpo material y el aire que necesitarías para respirar y, una vez dentro y por doquier, explotará.
viernes, 10 de mayo de 2013
La escoba del sistema
La literatura debe mover montañas, crear un mundo y moldearlo hasta formar algo que podría ser un mundo nuevo, que podría no serlo, que podría parecerlo o no parecerlo, pero que sin duda es. Si planos de ficción se mezclan, enredándose entre ellos, tensando las cuerdas, imbricándose los unos en los otros como planos tridimensionales que encajan como mamushkas, mientras algo como una música suena y desvela un secreto íntimo e inverosímil e inexactamente expresado por las notas que van calando los párpados, y aparece entre las sombras un contador de cuentos, se abre el telón y una historia comienza. Una línea se percibe cada vez más nítida en la estructura entretejida de miles de líneas. Una destaca, como si la corriente eléctrica fallara, como si la electricidad y el calor se concentrara por alguna razón en ella. Por alguna razón. Todo parte de una anomalía. Todo comienza por alguna razón desconocida, olvidada, escurridiza. Así de inespecífica y absurda es la vida. Ahora él está en el final de una historia de AMOR, la quiere acabar, la quiere dejar, la quiere cerrar... ¿Cómo deshacerse de Lenore? El amor de su vida, la mujer perfecta... ¿Cómo deshacerse de ella? Si ella se resiste a dejarse, si ella rehúsa ser un personaje, no se deja manipular... si le obsesiona ser un personaje hasta el punto de oponerse a todo. Y además él la hizo tan perfecta, tan deseable, tan inaccesible...
Así nace Lang, así su pasado en común, así un mundo tras otro todos compartidos y relacionados: Jay el psiquiatra y la conspiración de la bisabuela Beadsman, la retorcida relación de los ancianos desaparecidos y el negocio familiar y, de nuevo, el psiquiatra y una vez más la voluntad de acabar con la relación de R.V. y Lenore. Así aparece Mindy y se desvela el pasado humbertiano de R.V. que ahora es impotente, inseguro, y recuerda a todos a un escarabajo pelotero, en contraste con Lang y sus ojos verdes y su ocasión de volver a empezar y elegir un nuevo camino, otro camino en lugar de la vía Metalman (quién no querría, qué hombre no ha deseado volver a un punto concreto de su vida y tomar una decisión distinta, probar una ruta alternativa pues aquella por la que optó le trajo a un presente siempre y en todo caso desdichado, un presente tan absorbente y deprimente que le niega cualquier posibilidad de un futuro).
Así nace Lang, así su pasado en común, así un mundo tras otro todos compartidos y relacionados: Jay el psiquiatra y la conspiración de la bisabuela Beadsman, la retorcida relación de los ancianos desaparecidos y el negocio familiar y, de nuevo, el psiquiatra y una vez más la voluntad de acabar con la relación de R.V. y Lenore. Así aparece Mindy y se desvela el pasado humbertiano de R.V. que ahora es impotente, inseguro, y recuerda a todos a un escarabajo pelotero, en contraste con Lang y sus ojos verdes y su ocasión de volver a empezar y elegir un nuevo camino, otro camino en lugar de la vía Metalman (quién no querría, qué hombre no ha deseado volver a un punto concreto de su vida y tomar una decisión distinta, probar una ruta alternativa pues aquella por la que optó le trajo a un presente siempre y en todo caso desdichado, un presente tan absorbente y deprimente que le niega cualquier posibilidad de un futuro).
Y de fondo, un GOD (Grand Ohio Desert) que es el germen de la Concavidad (léase La broma infinita) que es la montaña creada por voluntad de un hombre, solo posible (¿o no?) si cedemos a la coyotización. Un GOD que simboliza la posibilidad del hombre de alterar el medio natural: expropiando, maquinando, creando el juego de las políticas fantasmales. Un desierto que ha de devolver el espíritu de Ohio a los aletargados y acomodados paisanos, ajenos ya a un pasado glorioso y heroico. Un GOD cuyo destino es, cómo no, ser algo turístico, comercial y blando, un centro lúdico atestado de turistas, excursionistas y autobuses, ridiculizado por la masa extremadamente rutinaria, mansa y complaciente. Lo contrario de siniestro, desde luego.
Al fin, con el GOD como escenario la historia de AMOR se deja terminar. R.V. consigue acabar a Lenore, acabar a Lenore y a Lang juntos. En un último exceso, de regreso al edificio inverosímil donde la historia se había estancado, todo ocurre. Entre las sombras del edificio Erieview: una sombra densa, anómala, simbólica, extraña y omnipresente, una sombra que cada día barre toda la realidad del edificio Bombardini, a través de la que observa R.V., aparecido de la nada, ahí despidiéndose, observando, mientras todos los personajes insustanciales y una Lenore ya totalmente difusa, y un imposible cúmulo de situaciones absurdas van acabándose las unas a las otras, hasta sencillamente no estar. Ya no hay relato, ya no hay sistema que supere a los individuos. Todo se ha evaporado. Todo menos R.V. y una preciosa Mindy que parece más dispuesta a cooperar como personaje, una Mindy cuyas piernas brillan en la oscuridad, una Mindy que provoca el deseo y anuncia una recuperación de la hombría de R.V., una Mindy a la que R.V. promete "contarlo" pues es un hombre de... ¿palabra(s)?
viernes, 22 de marzo de 2013
un trozo de papel por debajo de la puerta
Tiene 35, está medio buena, medio
loca, insoportable por días, nerviosa, enfermiza y totalmente fuera de control en
lo relativo a la lujuria y tendencias adictivas. Para hacerte una idea de lo
que tenemos entre manos, en una tarde lluviosa, tras almorzar a las 6 y leer el capítulo donde a Don Gately le pegan un tiro en el hombro
por culpa del asqueroso hijo de puta de Lenz, asesino de perros y pervertido,
la mujer lee un artículo de El País Digital sobre una de las decisiones
gubernamentales en materia de libertad
de información en internet, mientras pelusas cuales capitanas rodantes se pasean por
doquier en una casa atestada de libros y libretas. Huele a gominolas y cae la
tarde afuera, ahora lee una artículo sobre la metanfetamina en la Wikipedia,
promete hacer palomitas más tarde y enseña al hijo a bajarse películas de
Internet, abre el libro por la página 703. Algunos drenan
el falso lago de los patos de Boston. Una multitud observa. Ella piensa en las
mañanas sentada en la playa viendo a los hombres tirar del copo, su padre siempre
ayudaba y los hombres les daban pescado fresco que metían en un cubo y que
manchaba el suelo de la cocina lo que motivaba que la madre, proclive al
enfado, estallase en aullidos de frustración porque el suelo estaba recién
fregado. A veces el suelo de la mujer también está recién fregado, la
frecuencia e intensidad del asunto en cuestión es irregular e imprevisible y
todo esto lo piensa mientras escucha con cascos las 70 canciones al completo de
la lista “29 canciones” de su canal de Youtube, planea grabar otro vídeo con
fotos de personajes odiosos y música punk, planea escribir una novela a partir
de un relato que podría ir alargando con ideas que tiene apuntadas por ahí en
algún lado, planea ir a ver El circo del sol, planea tocar el theremín en una sesión
dj de su hermano, planea tocar fondo, planea rehabilitarse; urde toda una
trama de planes absurdos y acaba contándole todo a un hombre casado del que
parece haberse enamorado, entendiendo por amor una fijación de la mente en un
proyecto de vida en el que se incluye un alguien además de uno mismo y
entendiendo que ese alguien no es intercambiable ni negociable ni prescindible
y todo lo que tenga que ver con renunciar a ese otro alguien parece
intolerable, como un doloroso proceso febril interminable, una frustración no
objetiva ni intelectual: todo es subjetivo y visceral y animal y pueril y
salvaje en ese terreno en que todos alguna vez hemos acampado.
Ahora su amante ha venido a verme para hablar;
hablar de ella y de cierta decisión que por razones de secreto profesional no
puedo detallar. Esa confidencialidad que siempre me ha dejado frío y ahora me
encantaría destripar, porque él también es escritor y ella y todos lo son, y yo
con esta historia incompatible con la confidencialidad que debo al paciente en
la punta de la lengua, que querría al menos contarte a ti, pues todo esto me
ha traído de vuelta el año que fuiste mi paciente y violé todos los juramentos
y leyes por el amor que sufrí por ti... La vez que supe de verdad qué es la
locura, cuando me convertí en un psiquiatra de verdad tras tomar los mismos
antidepresivos que receto, tras flirtear con el cristal, el alcohol,
perseguirte por las noches de la ciudad, contar los botones de tus abrigos, las
puntillas de tus medias, los encajes de tu ropa interior, hablar a solas de tu
piel frente al espejo y autodiagnosticar un desdoblamiento de la personalidad
antes de mi intento de suicidio, que tan bien conoces, y de mi año de
internamiento que aprovechaste para desaparecer y dejarme este apartado de
correos en un trozo de papel por debajo de la puerta. El envoltorio de un sugus, que aún huele a fresa sintética. Lo guardo en el cajón de mi escritorio que
ahora, durante las visitas del amante de esta mujer, abro y dejo abierto con la
mirada puesta en esa letra de jeroglífico tuya y aguzando el olfato para
aspirar el olor de un caramelo masticable invisible que está aquí desde hace
diez años. Así que ahí estoy yo, escuchando, asintiendo y tentado de dar mi
opinión y expresarme claramente al respecto de lo que el hombre me paga por
resolver, controlando a duras penas mi ego, evitando la facilidad de decirle: “haga
esto y, pase lo que pase, no vuelva más”. Y me da detalles, es una persona que
da detalles, habla y habla con todos los detalles, el cuerpo de ella, la mente
de ella, las bromas de ella, la risa de ella, el día en la cama de ella, el día
que es corto, dos horas, tres y cuatro que siempre son pocas. Habla y da
detalles sobre un tipo de felicidad insoportable, un relato de una ella tan
como tú eras que me apetecería poder contarte todo, mi amor. Aunque ya no seas
mi amor y quizás no lo fuiste nunca. Y él me habla y da detalles del último día
feliz y siempre hay un último día feliz y un halo de serenidad y un minuto de
silencio y una pregunta de nuevo y el relato del miedo. El hombre que quiere
una garantía, saltar al vacío y no saltar, no mojarse con la lluvia y ser
sabio y ser Eneas y ser leve y ser profundo y navegar y quedarse
oculto y todo acabará en nada o se hundirá el mundo; manoseo el papel del sugus:
se lo daría para acabar con todo, le diría la verdad, las probabilidades, los
riesgos, el tiempo que tuve y le daría el oloroso trozo de papel y le diría: “tome
aquí es donde está escrito su futuro”.
domingo, 10 de marzo de 2013
La
sabiduría de la idiota: ambigüedad en los deseos
y
un tintineo al caminar descalza sobre las ascuas sin fuego,
una
larga lista de ruegos.
La
idiota solo espera una señal que le indique una salida;
se
piensa en un sofocante laberinto.
Ruega
por una luz a lo lejos, algún tenue sonido.
Tiene
buena vista y un magnífico oído,
-piensa-,
si
hubiese una señal, ya la habría percibido.
Ensimismada
en la locura de las horas, la crueldad de la mañana,
el
capricho de los días;
ella también teme y desea el temblor de los cielos.
Ruega
por una señal que le conduzca al centro mismo del torbellino
de
la inseguridad, ahora convertido en un tornado de fuerza 5
por
el que sube y baja golpeándose con todo lo que su rabia ha absorbido.
Ruega
por una señal para despojarse de su piel y entregarse por entero,
para
arrastrarse afuera, mente y cuerpo destruidos.
domingo, 3 de marzo de 2013
Flying Son With Lyrics
Mecánicamente abre el
frasco. Se pone un poco: un cosmético que cuesta más de 300 euros. Ahora huele
como Ella. ¿Cómo pudo hacerlo? Él
entra en el baño, recoge los botes, los mete en sus cajas y busca en la papelera
la factura: al fin y al cabo, estaban sin abrir. ¿Quién se gasta 12oo euros y
hace lo que hizo Ella? Intenta, entonces, tomar la crema que el muchacho tiene
en la mano; pero, tras un forcejeo, decide dejarlo en paz. Se refugia en la
terraza entre los geranios y azaleas de Ella hasta que oye la puerta. Todo queda
en silencio, solo el murmullo de las olas que se quiebran contra la orilla. El
cielo está claro y perfecto, le dan ganas de volar.
miércoles, 30 de enero de 2013
No hagas esto- Es lo que querías, lo que me sugeriste... Y ahora cierras las puertas, todas las puertas.
Qué quieres, después de todo, que desee lo que no tendré, lo que se me niega y me empeño en entender?
No te llega ni a la suela del zapato: nadie lo hará, me temo.Y ahora qué?
El ostracismo al que me condenas significa qué?
En realidad, te preocupa mi salud, colocarme con alguien que me cuide o prefieres verme triste y siempre esperando?
Qué quieres, después de todo, que desee lo que no tendré, lo que se me niega y me empeño en entender?
No te llega ni a la suela del zapato: nadie lo hará, me temo.Y ahora qué?
El ostracismo al que me condenas significa qué?
En realidad, te preocupa mi salud, colocarme con alguien que me cuide o prefieres verme triste y siempre esperando?
domingo, 20 de enero de 2013
Souad Massi - Raoui
EL Contador de cuentos
Oh Contador de cuentos, cuéntanos un cuento
que sea una buena historia.
Habla de los viejos,
Habla de las mil y una noches
y acerca de Lunja la hija de Ghoul
y del hijo del Sultán
Te podría contar un cuento
que nos alejaría de este mundo,
Estoy por contar un cuento
pues todos tienen uno en su corazón.
Cuenta y olvida que somos adultos
haz como si fuéramos chicos
y nos creyéramos todos los cuentos.
Cuéntanos sobre el cielo y el infierno,
sobre el pájaro que nunca voló.
Haznos entender el mundo.
Te cuento. Recuento.
Llévanos lejos del mundo
Te cuento. Recuento.
Cada uno tiene en su corazón un cuento.
Oh contador de cuentos, cuéntanos tal como te lo contaron a ti
no añadas ni quites nada .
así podemos verlo en tu mente.
Cuenta y haznos olvidar este momento
Solo déjanos el ÉRASE UNA VEZ.
sábado, 19 de enero de 2013
Cuento (I)
No yerran
aquellos que cuentan que he muerto y mi cuerpo se encuentra sumergido en un
enorme campo de espigas color lavanda, largas y sinuosas y blandas, sumisas
amantes de abejas y avispas, siempre apacibles, flexibles cuando el viento las
toca y obedientes ante el sol y la luna y la escarcha y la lluvia. Y por allí
en medio anda mi cuerpo sin vida.
Os revelaré
un misterio. La memoria perdura. No sé nada de un alma que sobreviva al cuerpo,
lo más parecido al alma es el sentimiento que despiertan en nosotros las cosas
que, si no fuéramos seres emotivos, no nos preocuparían lo más mínimo. Así que
una vez muerto, lo intrascendente te deja en paz y lo trascendente igual pues una vez
muerto, qué puede ser trascendental…
Pero la
memoria es un eco cósmico de nuestra existencia. Un resto molesto y real,
innecesario como el universo entero, sin objeto ni objetivo más que un existir
intelectual que se me aparece como la paga de una deuda. Has estado aquí,
tuviste comidas deliciosas, momentos satisfactorios, reíste, viste con tus ojos
cosas preciosas y ahora nos debes algo.
Y ese algo es sin más ni más pensar y pensar y pensar, en la oscuridad;
recordarlo todo una y mil veces como si se tratase de un puzle que resolver,
con la esperanza –vana, me temo-- de que una de las veces resuelvas intelectualmente
algún momento negligente y se apague la puta luz para siempre.
¡Y que no
sea cierto aquello de la reencarnación! La verdad es incluso que habría
preferido la existencia de algún Dios, un juicio absurdo, anacrónico, una
condena, estar encadenada en una gruta córica de lava, ser nombrada el ángel de
la guarda de la mismísima Ana Botella y pasarla todo el día destruyendo
documentos en la Rexel RLWX30,
regalo de El bigotes, o, quizás, el de la increíble Espe Aguirre, la inmortal, continuamente
vejada, encadenada a sus otros 17 ángeles guardianes, ser testigo de rituales
espeluznantes y saber que tiene bula papal para ello. Lo que fuera.
Pero
pensarlo todo, recordarlo todo, retener la basura que leí a lo largo de los
años en la prensa. Fantasear que explico a una señora que roba comida por qué
exactamente ella va a la cárcel: “pues no hay que robar ¿es que no lo sabía?”.
Y llora y yo le digo, para animarla, que ella es como uno de los personajes de
Dickens o Víctor Hugo, un clásico y que en Internet se hartan de quejarse --medio
en broma y medio en serio-- del tipo ese que se casó con una (o las dos
infantas) y que hay un montón de personajes que salen en la prensa rosa que han
robado muchísimo pero de un modo más hábil al parecer. Y, además, si un juez
les metiera mano se le caía el pelo (al juez) en parte porque todos sus cuates
les defenderían y en parte porque todas las señoras saldrían en tropel de las
peluquerías con los cuadraditos de papel de aluminio esos para poner orden en
este mundo. Y ella sigue llorando, dice que nunca se ha puesto mechas y yo
simpatizo entonces mucho más con ella. Ella. Que ella es un clásico. Que es literatura
y cuyos 3 hijos serán literatura también en un futuro no muy lejano. Una
mierda.
Lo peor es
que cuando estás muerto no hay que dormir ni que ir al baño ni nada que te dé
una tregua de la memoria y el eco cognitivo personal y social temático del
tiempo vivido. Y hete ahí que revives el día que perdiste a tu hija pequeña en
un supermercado: mil veces repasado, millones de veces, trillones de inútiles
veces que te obcecas en cambiar algo de lo que hiciste, con el bebé en brazos y
el carro del súper en la otra, sin regañarle demasiado. Y desapareció sin dejar
rastro. Dos meses en los que perdiste diez dientes sanos y resulta que la tenía
una vecina que jugaba a las casitas y la peinaba y le cantaba cancioncitas y la
niña estaba bien, alimentada, limpia, y fue muy querida. La policía la trajo un
día, nos abrazamos, lloré, me dieron más calmantes; la chiquilla encantada
contaba aquello como una aventura. La secuestradora pasó un mes internada en un
hospital psiquiátrico y volvió a la casa donde había tenido a mi niña dos
meses.
Repaso
aquello sin sentimentalismo, lo recuerdo como si no fuera yo la que entró en
aquella casa y golpeó con sus manos (y piernas) a aquella señora hasta que la
sangre no dejaba distinguir mis manos de su cara. Fue mala suerte que no parase
un poco antes o que en lugar de patear sin ton ni son, hubiera evitado el
pecho. Quizás si entonces hubiera visto con claridad lo que veo ahora, todos
los detalles de puñetazos, patadas, bocados, saltos sobre su cuerpo y otras
violencias no la hubiese matado. Y, sobre todo, no la habría seguido golpeando
tras su defunción, lo que desde muchos ángulos se me hizo ver como un acto
terrorífico impropio de un ser humano. Pues bien, lo pienso, era verdad, pero ¿de
qué me sirve a mí recordar esto? De nada,
solo llego a la conclusión de que mi salvajismo de entonces me valió una
condena breve en un (de nuevo) hospital mental, la sentencia paliada por estar “fuera
de mí”, “enajenada”, blablablá y a la calle en seis meses. Fue llegar yo,
abrazarme los pequeños y ver pasar a mi marido con una enorme maleta por
delante de nosotros sin decir ni adiós. Vale. Le daba miedo vivir conmigo. O
quizás la habría querido matar él. O se había echado otra novia. La cosa es que
no me dejó número de teléfono: se compró un busca. Llamaba él y nunca supe
donde habitó los años que tras esto vivió. Así que apostaría por el miedo, pero
¿con quién?
Porque yo quiero
apostar (siempre me gustó; de hecho, era socia del Bingo París que no sé si seguirá al final de mi calle) y quiero
tener cuerpo para darme la vuelta, moverme, ir al Bingo o solo levantarme y ver el paisaje, pero sé que sigo tirada en medio del campo. No sé por qué lo sé pero lo sé. Y quiero,
bueno, por qué no, masturbarme y distraerme de tanto pensar. Un cuerpo suavito,
con papilas gustativas, ropa, tarjeta de crédito. Vale, me parece que lo que
yo quiero es estar viva y eso no puede ser, me temo, pues lo último que sé
cierto es que el cosquilleo por entre mis exangües carnes y mis rotos huesos
era una romería de dípteros y coleópteros en connivencia y convivencia, el vivo
ejemplo de un comportamiento sano y civilizado. Después se acabó la carne.
Lo que no
logro recordar es cómo llegué aquí. Yo suelo caminar por calles obtusas de
ciudades idénticas a las de ustedes. Calles de asfalto con semáforos y gente
empujando, calles grises con aparcamiento en cines y supermercados. Lugares
donde los ayuntamientos obligan a hacer un parque infantil lleno de defectos
mortales cada no sé cuántos bloques. Sitios con esquinas puntiagudas donde el
viento te sorprende y las faldas se te vuelan, sitios donde en los soportales
de edificios viejos hay un feliz tipo con un perro tocando una flauta y algunos
le echan una propina en una pieza de cartón advirtiéndole que es para el perro.
Sitios sin campos de lavanda, evidentemente. Pero en coordenadas en las que no
sería imposible un traslado a un probable campo silvestre de espliego o lavándula
o alhucema, plantas que huele bien y que se cultivan pero este lugar
concretamente no es ese tipo de sitio: aquí lleva sin venir nadie desde que ¿me
trajeron ya muerta? ¡Porras! Qué pregunta más buena, qué recuerdo más necesario
y qué imbécil que llevo aquí recordando los desplantes de mi suegra un número
indefinido de meses (si no años).
Tranquilos,
innumerables lectores: no me enfado: me insulto por costumbre, blasfemo por lo
mismo, pero no me puedo cabrear porque estoy muerta y no tengo sentimientos, aunque
sí curiosidad. Quiero saber qué me pasó para acabar pudriéndome en tan
bucólico lugar mientras mis conocidos dicen que si me he muerto, que si ¡que va
a morirse esa!, se habrá largado a la francesa, y otras fablillas semejantes.
miércoles, 16 de enero de 2013
1. Me explota la cabeza. Y tú me preguntas por qué no escribo ya, sin darte cuenta de que desde que te conozco no hago nada de lo que hacía. Todo ha cambiado, todo es un puto desastre. Tú no estás y yo quiero alguien que me abrace. Ayer dijiste algo de seis meses. Los meses mejores y más tristes, con más esperanza y más solitarios. Demasiado tarde para mí, dices. Y yo callo para no errar más y más. Y no arrastrarte conmigo a algún infierno donde seríamos felices lo justo para pasar el resto de la eternidad añorando.
Puede que si estamos aquí suficiente tiempo como el general Sash, el personaje centenario de O'Connor, o como el Cartaphilus de Borges lo lleguemos a olvidar todo, y todo nos dará igual. Pero ya sabemos que ni a ti ni a mí se nos va a dar la oportunidad de saborear el insípido elixir de la inmortalidad.
Puede que si estamos aquí suficiente tiempo como el general Sash, el personaje centenario de O'Connor, o como el Cartaphilus de Borges lo lleguemos a olvidar todo, y todo nos dará igual. Pero ya sabemos que ni a ti ni a mí se nos va a dar la oportunidad de saborear el insípido elixir de la inmortalidad.
2. Pongamos por caso que todos, además de ser Madame Bovary,
somos Hamlet.
¿Cuánto tiempo puede estar Hamlet en una encrucijada sin que
se lo lleve el viento? En una gélida parada de autobús en las afueras de París, en
Katowice, frente a una bolera junto a unos nazis que te insultan, entre las
cómodas sábanas de una cama de la que no querríamos salir jamás. Dilatar el tiempo para no elegir, no tomarnos
la revancha, ni tomar el autobús, ni liarse con los nazis, ni darse la vuelta y hacer el amor a quien sea que haya con
nosotros en esa cama. Tan solo discurrir, pensar, razonar, dar argumentos a
favor y en contra; mientras la niña Ofelia siente que se le va la vida y la
razón, y su inocencia queda como la del hijo abandonado por la madre borracha. Cuánto
tiempo antes de decidir, dejar de fingir, desnudarse y ser lo que a gritos el
cuerpo y el alma nos piden ser. Porque mucho tiempo puede ser demasiado y en la
espera todo se podría venir abajo.
viernes, 11 de enero de 2013
Cosmópolis
Vamos en
limusina, Elise, yo y los figurantes del teatro de mi vida. Anoche dormí mal,
son ya varias noches y no es normal. Yo solía dormir como un tronco, a
voluntad: decidía dormir y solo cerraba los ojos y ya todo era oscuridad y paz
hasta el siguiente asalto, descansado y hermoso, fuerte y superior. Así ha sido
siempre. Yo era yo: el valor y la clarividencia. Los demás me seguían con la
lengua fuera y balbuceantes, insignificantes partes de mi mundo.
Vamos a cruzar
la ciudad. Lo decido yo. Algo, sin embargo, ocurre, algo que sale de lo
habitual, algo como un presagio, algo denso, un surco opaco, una ola de
negación. Como si todo se propusiera contradecir mi voluntad. Aunque eso es imposible,
lo sabemos los dos. El día es extraño, veo asimetrías a través de mis gafas de
sol. No las sé descifrar, me perturba aunque moriría antes de admitir esa
turbación. A lo largo del tiempo que durará el trayecto, sé que lo perderé
todo. No preguntes cómo lo sé. Yo veo lo que no ha ocurrido aún, no lo puedo
evitar, es algo que en el pasado me sirvió para llegar a tener todo lo que
tengo, las riquezas que dilapido, el poder que ejerzo. Primero será la corbata,
después la chaqueta. Después mi dinero, el tuyo y mucho que no es nuestro. No
olvide nadie que soy una fuerza de la naturaleza. Nadie existiría si yo no existiera,
todo este día dejaría un hueco en el tiempo, nada sería como es ahora si yo no
lo hubiera creado así. A veces, hoy, durante estas horas mirando las pantallas
que me rodean me pregunto si no será el único reto que me queda…
Personajes
secundarios me acompañan a paso de tortuga cruzando la ciudad atestada de
extranjeros polícromos, intermediarios e inversores en limusina, políticos con
chófer y guardaespaldas que van en coches modestos, taxis conducidos por tipos
con historias dantescas. Una pasante de arte a la que me follo, 47 años de
sexualidad despiadada; un asesor de seguridad que debería estar muerto; un
analista de sistemas que no necesito; una asesora de teoría que es una cruel practicante
de la filosofía de la contradicción. La adoro. Es un reto. Ella y yo somos los espectadores
del “juego de las ratas”, de la rabia de las masas explotadas, enloquecidas, yendo
contra sí mismas para nada; mientras, mi guardaespaldas hace lo que hacen los
hombres y golpea a todo el que se acerca a nosotros. Un tipo se prende fuego y arde
ante nuestra ventanilla: me sorprende mi admiración y la frialdad de ella. Hacen
un vivo contraste, más aun que la batalla campal que se libra a nuestro favor entre
los antidisturbios y los manifestantes.
Me lleno y me
vació en encuentros con mujeres ya que a ti no te puedo poseer, aunque el día
es largo y estará lleno de extrañas ocasiones e inverosímiles tropiezos. Un día
para despojarme de todo, un día para plantar batalla sabiendo de antemano que esta
batalla está perdida. De hecho, los encuentros sexuales, las inversiones
suicidas, el chequeo médico, el cortejo fúnebre de Fez, dispararle a él… serán pasos hacia una nebulosa
sinsentido donde te encuentro en mitad de la nada desnuda junto a cientos de
cuerpos desnudos y te hago el amor, por fin, como despedida, para no marcharme
con ese deseo, para confirmar que todo me es concedido. Eres otra cosa, un
polvo al final del camino.
Las últimas
páginas las escribo ebrio: llego al barrio donde el viejo peluquero me habla de
mi padre, el chófer desfigurado me acompaña; en la noche entrada a ninguna
parte nos despedimos en el lugar improbable donde el destino aguarda, la calle inventada
donde alguien habita un edificio en ruinas y ese alguien me dispara.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)