viernes, 30 de septiembre de 2011

Te echo de menos

Echar de menos un candado,
un cencerro,
una mano,
un recuerdo.
Tus palabras disipadas en la niebla;
la niebla de tu circunstancia y tu miedo.
Yo ya te echo de menos;
te echo tanto de menos.
Te necesitaba de antes de saberte,
de antes de conocerte,
de antes de lograrte,
de antes de que sin tocarme me tocases.
Acaso esto se acabe
sin necesidad de un motivo
ni despedidas lamentables.
Pero tengo miedo de despertar:
despertar en la mañana o en la tarde,
y tener la seguridad,
no la duda,
la certeza,
una certeza de mierda
de que no volverás.
Ir al endocrino para engordar y que el doctor y los tres internos hagan la ola. En ese momento, piensas que este tipo es como tú. Está loco. Y lo besas con desenfreno. El beso siempre queda entre dos, pero los internos son unos soplones así que el endocrino divertido, sexi, gracioso y guapo te deriva al psicólogo.
Al psicólogo llegas desganada. Odias las psicología: es una montaña de mierda tan grande que no se sabe donde empezó. Se lo dices, así. Porque ya todo da igual. Y él va y te da la razón. Dudas de sus motivos. Normal. Es psicólogo, esos que siempre te dan la razón. Le dices tu peso, tu índice de masa corporal y que tienes la crisis de los cuarenta. Y va y te mete mano. Os vais al diván y claro la cura lleva una media hora. Quizás menos, quizás más. No has ganado ni un gramo, pero te vas contenta. El tipo, te da un volante. Y te deriva al psiquiatra.

martes, 27 de septiembre de 2011

Abre los ojos, abre los ojos.
Hazlo pronto. Antes de que se nos lleve el viento y no haya marcha atrás.
Te amo de la única forma que se puede amar, desnuda y sin esperanza.
Pero debes despertar, con un beso, con un guantazo, con una pócima que te haga vomitar.
Debes despertar. Dulce durmiente. Entre los sollozos y los gemidos que ocultan la realidad, disfrazados de verdad.
No hay más verdad que el hoy que vuela, que el mañana pendiente de un hilo. Abre los ojos, ya.
La broma de la poesía de las grandes palabras te lleva hacia un pozo de oscuridad. Palabras como verdad, como libertad, como todos esos otros artificios creados por otras personas como tú y como yo. Que con la bolsa llena, o muriendo en nombre de un verbo se dejaron llevar, o se sintieron llamados a mentirnos antes de morir. Ahora están todos ellos pudriéndose. Al menos darán lugar a un helecho, a un jazmín, al cardo que alimenta a algún animal que nos alimentará. Si dudas, no avanzarás. No hay fantasmas ni sombras que emular. Solo pequeños gestos, humanos, honrados, llenos de dolor y trabajo y que pueden ayudar.
Es la única razón por la que no nos extinguimos: por un lento caminar hacia el amor a los demás. Por todos los cotidianos esfuerzos. Por el pensar para actuar. No para hundirse en el barro donde los inmortales se sumen en el ensueño de la inutilidad y la soledad. Como el inmortal. Hay que huir del espejismo de la espiritualidad. No dejar de ser cuerpo, de caminar, de sembrar, de ser uno más, útil a la comunidad. No estamos abocados al suicidio, a la indolencia, a la huida. Al no estar. Junto a los demás. Los tristes borregos que habremos de amar. Que debemos cuidar. Me siento como Cervantes con ganas no de quemar libros, claro, sino con ganas de romper pantallas planas y falsas expectativas de ser entes flotantes: profundos o superficiales. Entes no humanos, entes no sociales. Inútiles para el devenir de la especie. Yo sé que no eres vapor de agua, ni lluvia pasajera, ni brillo que se apaga. Abre los ojos y míranos. Somos pocos pero estamos aquí por ti, para ti. Porque te amamos.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Último capítulo de la vida de Emma


El modo en que las escaleras crujieron al subirlas él fue distinto. La madera mil veces transitada ya anunciaba un cambio. El ático donde recibía era el único lugar del mundo conocido para Emma. El sonido de las escalas el familiar ambiente que la sacaba de la ensoñación.
En principio, y como siempre, el cazador anda cauto y ansioso ante la presa. Le embarga la inseguridad y el miedo. Le paraliza el deseo. El hambre, quizás. La duda de que ella le rechace porque es bella, joven, inalcanzable y tiene el poder de negarse. Aunque estuviese en aquel ático. Las reglas del lugar y de los amos. El juego de medirse empieza. Ella no es una pieza consciente. Saca sin intención su encanto y un arsenal de preguntas. Él responde a pesar de lo preciosa que es ella, de la falda breve y los zapatos de pulsera. Le cuenta trozos de historias que completan justo el hueco de la necesidad de ella. Ocurre que dejan pasar tiempo indefinido charlando. Ahora ella ríe y sus ojos brillan y no deja de mirarle los ojos, las manos, los labios. A él tras este rato se le acrecientan las ganas, seguro de que no habrá de hacerle un regalo a la dama. Tras el lapso imposible, besos, promesas. Mañana. Otra vez el crujido de sus pasos en las escaleras.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Doble muerte de Clarisa la Pitonisa



Tengo un amigo que mató a una mujer de Dios. No digo que sea un asesino porque cuando la mató ya estaba muerta, pero vamos el infierno no se lo quita nadie. La víctima era conocida por Clarisa del Carmen Suplicio Ortega y Gasset Vigotsky. Fue una pequeña celebridad. Una gentil dama, alegre y charlatana. Muy charlatana. Tenía innumerables capacidades espirituales; pitonisa, médium, adivina y curandera; harto conocida por su proverbial labia y su innata capacidad de autobombo. Entraba en trance que era un espectáculo y, claro, le dieron un programa en la televisión local. El programa duró tres meses. No se supo por qué. Alguna verdad diría que a alguien inquietaría y ya se sabe cómo son los de las altas esferas: es levantar un teléfono y antes de marcar siquiera, han despedido a alguien.
En fin, Clarisa del Carmen nunca hablaba de eso. Pero de otras cosas no paraba de hablar. Se pasaba el día de visita dando consejos y dejándose invitar a almorzar, a un café, a merendar, a cenar y ya, si no le ofrecían acompañarla a casa a altas horas de la madrugada, se acomodaba donde fuere que igual le daba un sofá, la cama del anfitrión con prerrogativas naturistas e incluso compartir el lecho conyugal de vecinos, amigos y cuasi desconocidos que por tanto ya dejaban de ser desconocidos. 
Se dice que algunos dejaron de abrirle la puerta cuando venía a sus casas. Que con los años se había vuelto insoportable. Hablaba y hablaba sin parar y jamás prestaba atención a nada de lo que los otros trataban de explicar. Les leía el futuro sin que lo desearan y contactaba compulsivamente con muertos y vivos sin su permiso, en el modo más impertinente que se pueda imaginar. Llegó a convocar al alcalde para que le arreglasen su calle. Y trató de hipnotizar a varios policías municipales para que le quitasen las multas. No dejaba de meter baza. Aconsejaba a las mujeres que no fuesen fieles a sus maridos, que se resistieran a tener sexo convencional y aburrido, que no quitaran el polvo ni fueran a trabajar. Y otras cosas igualmente extrañas e intolerables. Últimamente a muchos señores a los que no conocía de nada les llegó a decir que debían aceptar su lado femenino y "salir del armario" que lo leía en sus manos, en el aura violeta que les rodeaba y que solo ella era capaz de ver.
La verdad es que mi amigo no dejaba de fantasear con matarla. Pero llegó demasiado tarde. Aun así, excepto a mí, a todos les contó que fue él quien la ajustició. Que se la cargó, la liquidó, la silenció, la aniquiló. Estaba tan eufórico que se le fue la cabeza. ¡No me importa!, gritaba. ¡Qué todos lo sepan! 
Yo temí por él. Pensé que lo encarcelarían y no lo volvería a ver. Mas no. Que va. Nada de eso llegó a ocurrir, jamás pisó una celda ni nadie vino a buscarle y a pedirle cuentas por el crimen que no cometió aunque abiertamente se atribuyó. Al contrario, tan pronto como la voz se corrió, la gente de forma anónima le enviaba paquetes con viandas, vinos y botellas de licor. Incluso el jefe de la policía le proporcionó una coartada y el alcalde le dio las llaves de la ciudad.

martes, 20 de septiembre de 2011

Suspendidos en cualquier modo que nos es ajeno, que no depende de nosotros pero del que nosotros dependemos. Suspendidos en medio del Océano. Por un tiempo indefinido. Bailamos suave sobre las olas sin tocarlas, sin mojarnos. Todo este paisaje como dibujado para nosotros. Agua que no moja, viento que no despeina, tiempo que no envejece. Pero, siempre pero, el reloj debe volver a su sitio. y la Gimnopedie deja de sonar.
Habremos de soltarnos las manos y decir las últimas palabras. Habremos de convenir al rito de cada lugar. De sucumbir a cada necesidad. Cambiar tu boca por otras bocas, tu espalda por otras espaldas.
Ya no sabremos más que lo de nuestro mar. Yo no sabré más que lo de mi hemisferio, mis coordenadas, mi país, mi distrito, mi barrio. Un remolino de ropa sucia y figurillas que desempolvar.
Si se me hace intolerable, trataré de olvidar. Mas no es fácil olvidar. Conformarse. Claudicar.
Planeo el enésimo absurdo. Recopilo un buen fajo y me acerco al cirujano local. Borra mi memoria. Que no sepa. Que no sepa quién fui cuando estuve con él. Déjame vacía, liviana, vacua. Si puedes, déjame inútil, tonta, loca. Dame la solución que les diste a todos: conviérteme en un robot, un robot con fecha de caducidad.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Siempre llevaba guantes. Imposible disimular el color negruzco de los dedos que ya no eran sus dedos. Salía a la caída de la noche, con guantes y gafas de sol, para tomar el pulso al ocaso y escapar del gran escándalo. El ritual de cada día. Afuera, los gritos y las peleas de los vecinos eran amortiguados por el sonido de los motores de la fábrica. Y las nubes, que no eran nubes, la llenaban de paz y la animaban a otear el cielo y la forma cambiante del vapor. Los vientos de poniente que se llevaban las voces y los ruidos y el olor reconfortaban. Recordaba en aquellos ocasos otras vidas que no hace tanto vivió.
Fue entonces cuando la vio. Se dijo que era un ratón de campo, un gato extraño, un castor. Sin embargo, entró y clausuró cristales, ventanas, puertas y agujeros con todo lo que pudo. Ya de día, puso trampas. Nada de veneno, era demasiado caro y le habían dicho que las ratas tenían un olfato magnífico y no morderían la comida envenenada. Veinte o treinta pedazos de madera con un artilugio de alambre cubrían el suelo del porche que daba al cerro. A media noche, chasquidos y trotes y chillidos. Choques, porrazos. Sonido como de madero que se parte bajo el hacha del leñador. Un estruendo que la aterró. Sin poder evitarlo, saltó de la cama, sacó a los niños de su sueño protector.
Llamó al padre de su hijo mayor. Claro que puedes quedarte. El tiempo que quieras. Era el único que aún la estimaba y vivía solo y cómodamente en una casa en la que cabrían los siete. Ella, su hijo y los cinco bastardos que llegaron en intervalos de dos años. Los críos desvelados, ajenos al asco y la aversión, corrieron de habitación en habitación y saltaron alegremente sobre las camas. Ella tomaba calmantes y temblaba, aislada del jolgorio. El padre charlaba trabajosamente con el chaval.
Tras el alboroto del desayuno, los tazones de café, chocolate, leche y el pan desperdigado por todos lados, el hombre tomó el machete y el rifle de caza. Le pidió las llaves de su casa, que ella con guantes y gafas de sol, en la penumbra de la sala y la resaca de la medicación tardó lo que él consideró una eternidad en sacar del raído bolso.
Siempre llevaba guantes. Imposible disimular el color negruzco de los dedos que ya no eran sus dedos. Salía a la caída de la noche, con guantes y gafas de sol, para tomar el pulso al ocaso y escapar del gran escándalo. El ritual de cada día. Afuera, los gritos y las peleas de los vecinos eran amortiguados por el sonido de los motores de la fábrica. Y las nubes, que no eran nubes, la llenaban de paz y la animaban a otear el cielo y la forma cambiante del vapor. Los vientos de poniente que se llevaban las voces y los ruidos y el olor reconfortaban. Recordaba en aquellos ocasos otras vidas que no hace tanto vivió.
Fue entonces cuando la vio. Se dijo que era un ratón de campo, un gato extraño, un castor. Sin embargo, entró y clausuró cristales, ventanas, puertas y agujeros con todo lo que pudo. Ya de día, puso trampas. Nada de veneno, era demasiado caro y le habían dicho que las ratas tenían un olfato magnífico y no morderían la comida envenenada. Veinte o treinta pedazos de madera con un artilugio de alambre cubrían el suelo del porche que daba al cerro. A media noche, chasquidos y trotes y chillidos. Choques, porrazos. Sonido como de madero que se parte bajo el hacha del leñador. Un estruendo que la aterró. Sin poder evitarlo, saltó de la cama, sacó a los niños de su sueño protector.
Llamó al padre de su hijo mayor. Claro que puedes quedarte. El tiempo que quieras. Era el único que aún la estimaba y vivía solo y cómodamente en una casa en la que cabrían los siete. Ella, su hijo y los cinco bastardos que llegaron en intervalos de dos años. Los críos desvelados, ajenos al asco y la aversión, corrieron de habitación en habitación y saltaron alegremente sobre las camas. Ella tomaba calmantes y temblaba, aislada del jolgorio. El padre charlaba trabajosamente con el chaval.
Tras el alboroto del desayuno, los tazones de café, chocolate, leche y el pan desperdigado por todos lados, el hombre tomó el machete y el rifle de caza. Le pidió las llaves de su casa, que ella con guantes y gafas de sol, en la penumbra de la sala y la resaca de la medicación tardó lo que él consideró una eternidad en sacar del raído bolso.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Sopla el viento
Me asomo
Un sombrero vuela por tu calle
Desde el suelo un caracol se agarra en su líquido 
como un flaco encerrado en el cuerpo de un gordo
Llueve. Una lluvia mediocre, una media de 4.

En las noticias se preocupan por la radioactividad: 
2000 grados fahrenheit en algún lugar
Saco el abanico que se moja bajo la lluvia indiferente
Una lluvia antigua, indolente, sabia como el risco,
testaruda como la cabra,
eterna y dependiente como un satélite.

Ver las noticias y tomar el sol bajo la lluvia radioactiva
El absurdo en la pesadilla
Una bomba en un sobre en un buzón en una calle de París
Un ratón de campo en el estómago de una pitón
Un libro atrapado en una vitrina de cristales opacos
un reloj invisible, un pañuelo inservible
zapatos por el suelo como restos de algo
Viento y más viento.
Lluvia y más lluvia. 
Parece que no hay fin en este trayecto
que la deriva es infinita no acaba no acaba jamás
pero no es verdad
el infinito es un concepto un espejismo
Una mentira, una creencia: otro muro más

Un infinito dentro de otro infinito
cajas dentro de cajas dentro de cajas
Ruido. Manos. Voz: Cierra los ojos
¿Qué ves? Síntesis, metáforas, saltos en el tiempo
El surco onírico, boreal, ubérrimo,
Una puesta de sol.
No la aurora, no el alba; una puesta de sol.
Eso veo, hermano, infinitas cajas donde el trueno ruge
la lluvia cae, el viento sopla
donde el invierno silente,extraño
te atrapa en una de las cajas.

Sopla el viento
Me asomo
Un sombrero vuela por tu calle
Desde el suelo un caracol se agarra en su líquido 
como un flaco encerrado en el cuerpo de un gordo
Llueve. Una lluvia mediocre, una media de 4.

En las noticias se preocupan por la radioactividad: 
2000 grados fahrenheit en algún lugar
Saco el abanico que se moja bajo la lluvia indiferente
Una lluvia antigua, indolente, sabia como el risco,
testaruda como la cabra,
eterna y dependiente como un satélite.

Ver las noticias y tomar el sol bajo la lluvia radioactiva
El absurdo en la pesadilla
Una bomba en un sobre en un buzón en una calle de París
Un ratón de campo en el estómago de una pitón
Un libro atrapado en una vitrina de cristales opacos
un reloj invisible, un pañuelo inservible
zapatos por el suelo como restos de algo
Viento y más viento.
Lluvia y más lluvia. 
Parece que no hay fin en este trayecto
que la deriva es infinita no acaba no acaba jamás
pero no es verdad
el infinito es un concepto un espejismo
Una mentira, una creencia: otro muro más

Un infinito dentro de otro infinito
cajas dentro de cajas dentro de cajas
Ruido. Manos. Voz: Cierra los ojos
¿Qué ves? Síntesis, metáforas, saltos en el tiempo
El surco onírico, boreal, ubérrimo,
Una puesta de sol.
No la aurora, no el alba; una puesta de sol.
Eso veo, hermano, infinitas cajas donde el trueno ruge
la lluvia cae, el viento sopla
donde el invierno silente,extraño
te atrapa en una de las cajas.

El cuento que me persigue durante el día. Mi día cansado, soleado, agitado, alegre, caliente, angustiado. Mi día de consolar por activa o por pasiva. Mi día que no sabe cómo es hasta que no acaba. Sin identidad, sin certezas, sin valor, sin importancia. Sin rumbo pero con esperanza. Me deshago en cuartos de hora. Piezas desordenadas, recuerdos a destiempo, decisiones equivocadas, prisa y conducción temeraria. Las agujas del reloj, lapsus de tiempo, suspiros, aliento y desaliento. Las canciones que descargo. Los libros que me bajo. Las páginas que leo y releo. 
Cada instante es el día del que no me percato. El instante tierno del abrazo en la puerta del colegio. El instante sórdido en la mirada del vecino del tercero. Todos esos personajes de la novela de mi vida, puestos ahí por un dios imaginario. Gritan, me ceden el paso, me abren las puertas, pagan mi café, me rozan el brazo, me matan la reina, me regalan chocolate, versos, halagos, orgasmos. Como círculos que se solapan para demostrar una teoría en la que yo invento un cuento para embaucarte de nuevo. 

El cuento que me persigue durante el día. Mi día cansado, soleado, agitado, alegre, caliente, angustiado. Mi día de consolar por activa o por pasiva. Mi día que no sabe cómo es hasta que no acaba. Sin identidad, sin certezas, sin valor, sin importancia. Sin rumbo pero con esperanza. Me deshago en cuartos de hora. Piezas desordenadas, recuerdos a destiempo, decisiones equivocadas, prisa y conducción temeraria. Las agujas del reloj, lapsus de tiempo, suspiros, aliento y desaliento. Las canciones que descargo. Los libros que me bajo. Las páginas que leo y releo. 
Cada instante es el día del que no me percato. El instante tierno del abrazo en la puerta del colegio. El instante sórdido en la mirada del vecino del tercero. Todos esos personajes de la novela de mi vida, puestos ahí por un dios imaginario. Gritan, me ceden el paso, me abren las puertas, pagan mi café, me rozan el brazo, me matan la reina, me regalan chocolate, versos, halagos, orgasmos. Como círculos que se solapan para demostrar una teoría en la que yo invento un cuento para embaucarte de nuevo. 

jueves, 15 de septiembre de 2011

Septiembre

Pesadas nubes que se extienden y se agrupan. Demos un paseo. Yo de la mano de papá, mi hermano de la mano de mamá. El barrio en un lento anochecer, bajo el cielo y su olor. Vecinos que saludan en la
tarde que acaba.
El día que noté que mi vista fallaba. La calle ante mis ojos se angostaba.
Una bulla fenomenal despertó a papá. Peleábamos en el salón. Cuando entró, mi hermano me tenía en el suelo. Papá lo agarró, como a un muñeco ligero, y lo golpeó. Lo golpeó y lo golpeó. Alguien gritó. Mi madre lo paró. Mi padre lloró. Mamá lloró. Mi hermano lloró. Mi madre abrazó a mi hermano, mi padre abrazó a los dos. Yo, apartada, los miré. En el falso nudo. Los miré desde la lejanía de la miopía y el aturdimiento. Los miré. A los tres.
Demos un paseo.

Septiembre

Pesadas nubes que se extienden y se agrupan. Demos un paseo. Yo de la mano de papá, mi hermano de la mano de mamá. El barrio en un lento anochecer, bajo el cielo y su olor. Vecinos que saludan en la
tarde que acaba.
El día que noté que mi vista fallaba. La calle ante mis ojos se angostaba.
Una bulla fenomenal despertó a papá. Peleábamos en el salón. Cuando entró, mi hermano me tenía en el suelo. Papá lo agarró, como a un muñeco ligero, y lo golpeó. Lo golpeó y lo golpeó. Alguien gritó. Mi madre lo paró. Mi padre lloró. Mamá lloró. Mi hermano lloró. Mi madre abrazó a mi hermano, mi padre abrazó a los dos. Yo, apartada, los miré. En el falso nudo. Los miré desde la lejanía de la miopía y el aturdimiento. Los miré. A los tres.
Demos un paseo.

lunes, 12 de septiembre de 2011

no debería

No volverá a importarme. Nada de lo que haces, hagas o hayas hecho me debería siquiera interesar.
Si me utilizas y me ocultas, y juegas de nuevo a apostarte mi alma no me turba, no me aturde, no me afecta. No me impide continuar.
Me lo prometí ayer, esta mañana, hace un mes, que no me iba a volver a preocupar.
Puedo, si quiero, dejar cualquier cosa. Dejé de respirar, dejé de mentir, dejé de volar. Dejaré de salir a la noche y soñar.
Y qué si suplantas mi identidad. Y qué si te mueres de la pena. Y qué si te importo menos que cero. O un potosí, lo que tarda en caer la arena.
Que me devore esta bestia.
Igual que lo dejo todo y me muero y vuelvo a nacer. Igual que sacrifico mi estómago para que la cosecha sea  buena para que los que sobrevivan puedan comer. Igual que me dejo devorar por un demonio con tu rostro mientras soporto el dolor.
Agonizo. Pero no me importa, no debería importarme. En algún momento dejaré de morir y moriré. Entonces lo que me hayas hecho desaparecerá. Por eso no debería importarme.
Que me borres y en mi lugar dejes lluvia, suelo sucio y mojado.
Que donde estuviera yo haya barro.
Qué me podría importar.

sábado, 10 de septiembre de 2011

El último fin de semana de mi vida


Era el último fin de semana de mi vida y resulta que llovió. Dejé para otro momento el paseo, la merienda, el final de aquel libro, la última erección. Porque llovió y hubo un eclipse de sol. Dejé todo lo que estaba haciendo. Salí a ver la lluvia en la oscuridad. Oh contradicción. Sí. Salí. Me paré en la esquina. Alcé la cabeza tratando de abrir los ojos. Un pájaro cayó ante mí. Muerto. Cayó a unos centímetros de mis pies. Suerte que soy persona de llevar la cabeza bien alta. Sin duda, había muerto de un infarto. Su diminuto corazón no había resistido la repentina e insoportable oscuridad. Yo ya sabía que igual que la pequeña ave, lo mío estaba al caer. Lo sabía porque lo sé. Lo sabía porque entonces ya había hablado con Él. A mí me daba igual. Nunca he sido de esos que, si no sale el sol, amanecen tristes. Nunca he sido de esos. Jamás me deprimió el invierno, el infierno, el anuncio de la muerte. El interminable anuncio de la muerte. Desde que aprendemos a pensar. Tengo un recuerdo de cuando era chico y me di cuenta de lo que era la muerte. Que la abuelita estaba en el cielo pero también en unas cenizas metidas en una caja en la Iglesia de la Victoria. Ya era entonces yo como sería siempre. Yo. Así lo recordé entonces. Así lo recuerdo.
Estaba mojado, quieto y tranquilo. En la esquina. Con el pájaro negro entre mis arrugadas manos. Sabía lo que me sobrevenía y que después todo sería vacío. Lo sabía porque lo sé. Porque Él me lo dijo. Me parecía que era viernes pero ya era sábado. El eclipse duró una eternidad y el pájaro se puso duro como una piedra. Tieso, más que mi verga hacía unas horas cuando pensaba en lo que iba a hacer antes de morir. Qué duda cabe, qué duda cabía. Pensaba terminar la novela a ver qué coño le pasaba a Martín, merendar cacao caliente con bollos de chocolate, ir a espiar a las bailarinas desde el portal, volverme a casa y darme el último homenaje, a la salud de todas ellas y de tantas otras, reales o imaginarias. Forzar la más magnífica paja de mi vida. Todos habríais hecho lo mismo: me iba a morir y no tenía mujer ni novia ni amiga a la que pudiese convencer de que viniera ni la pasta necesaria para abonar los servicios de una acompañante que mereciera la pena. Me acordé entonces de la milla verde, del corredor de la muerte, de la última comida que los pobres cautivos no podían ni tragar. Atormentados por el miedo de una muerte fatal, por la incertidumbre de lo que viniera, por la creencia o la duda más o menos remota del castigo que pudieren merecer. No me dio lástima ni miedo. Solo lo pensé.
Ya dentro, lancé el cadáver del pájaro a la basura y me vestí de nuevo. Limpio, cómodo y seco. Miré el reloj, el calendario, me tomé el pulso, saqué la novela, mientras leía las últimas tres páginas, me comí una tableta entera de chocolate. A Martín lo saqueaban, lo emplumaban con alquitrán, lo apedreaban, lo apuñalaban y moribundo aunque vivo aún lo violaban diecisiete cuatreros apadrinados por el cacique al que al inicio de la historia retaba. Después, mientras sangraba copiosamente por la boca, entre otros orificios de su cuerpo, rezó una oración y murió tras una agonía que me agotó. Vaya. Habría apostado a que Martín acabaría con los matones y volvía al rancho y sacaba a la chica de las garras del terrateniente y sus amigotes un segundo antes de que la torturasen. Pero no.
Qué casualidad, pensé echando un vistazo al reloj. Primero el eclipse, después el pájaro, después Martín y ahora yo. Valoré la broma. Lo inverosímil de aquellas tres páginas llenas de nerviosas pulsaciones y crueles detalles. Todo tan rápido. Tan sórdido y extrañamente nuevo. Supe que tras aquella abreviación de mi tiempo había un macabro sentido del humor y una provocación a la que mi carácter no daría satisfacción. Lo sabía, estaba seguro, aunque ahora no lo sé. Él no me lo dijo ni antes ni después. Realmente ahora creo que entonces empecé a divergir del Yo que siempre fui. Pues lo que entonces era certeza no lo fue después.
Miré el reloj. Era tiempo. Fui, como debía, al mueble bar. Intacto desde hacía catorce años, pues yo no bebía ni jamás había recibido visita alguna a la que agasajar. El día que alquilé el piso, al parecer, compré 3 botellas de Ballantine’s, 4 de Havana siete años y 12 de ginebra Larios. Lo recordaba entonces, no así en este momento. De todos modos, tomé una de las botellas de ron y me dirigí al baño. Cogí las pastillas. Todas aquellas píldoras recetadas por médicos a los que decía que quería morir o matar (iba alternando para amenizar tantas jornadas exactamente iguales).
*

-Juzga tú mismo.
-Me falta juicio para juzgar. No acabo de decidir qué postura he de tomar. Todas me parecen lo mismo.
-Es cierto. Siempre lo olvido.
-A veces me llega a extrañar. Porque soy inteligente, pero soy incapaz de pensar con claridad. ¿Es eso una inconsecuencia de mi personalidad?
-Es muy posible. Muy posible. Qué perspicaz. De verdad que estas conversaciones me ayudan mucho. Vuelve cuando quieras. Ahora tengo que seguir con mi tarea. Me urge aprovechar este momento de clarividencia.
Me despidió. Así. Como otras veces. Sin que yo entendiese muy bien qué hacía en aquel lugar nebuloso y sombrío. A aquel olor que contaba la historia del hombre. Los millones de cigarrillos sostenidos en el tiempo y perpetuados en el ocre de la piel del escritor. El semen que curtía la alfombra bajo el escritorio. El ácido y húmedo y a veces dulzón hedor de Él.
Entonces no podía comprender por qué le profesaba esta extraña devoción.
Me tomé todas las pastillas. Con casi media botella de ron Havana. Pasado un rato, empecé a encontrarme mal. Pero mal. Muy mal. Náuseas, dolor, angustia. Me faltaba la respiración, todo me daba vueltas. Me venían arcadas pero no acababa de vomitar. Tampoco quería. No quería dar marcha atrás. Tenía que morir lo que no sabía era lo que iba a durar, lo que no entendía era la agonía. Nada de aquello era necesario. Lo mismo que en la muerte de Martín. Algo de falso, algo sádico en esa mano.
Caí. Como aquel pájaro negro durante el largo eclipse. Aquel extrañísimo fenómeno como una aurora boreal, como una playa pintada. Como una selva en un escaparate.
*

-Pregunto por ahí. Pregunto a todos los que conozco por ti y no saben quién eres. Incluso en este mismo edificio. Nadie sabe quién eres. Es insalubre vivir como tú vives. Ser como tú eres.
-No te preocupes de mí. A qué personas has preguntado. Cómo se llamaban, quiénes eran.
-Es raro. No lo recuerdo. Seguro que en cuanto salga de aquí en el momento más inesperado me sorprenderá la respuesta. ¿Es raro?
-Ocurre a veces.
-¿Soy raro?
-No creo que seas diferente a otros como tú, si es eso lo que te estás preguntando. Pero si he notado que tienes un nivel de conciencia muy elevado. No eres sencillamente tú. Eso te hace interesante. Que vengas aquí a traerme comida. A hablar todos estos ratos. Eso sí es extraño. Qué te impele a hacerlo es lo que me mantiene en vilo.
-¿Por qué? ¿Por qué no debería venir a visitarte y disfrutar con tu compañía?
-Porque eres joven. Tienes belleza, fuerza y tantas posibilidades a tu alcance... Tantas posibilidades... Y he aquí que vienes a malgastar tu tiempo a mi casa. Y esto es lo más parecido a un cementerio de un solo muerto. Un muerto que aún no ha muerto.
-No digas eso. No eres tan viejo.
-Podrías mudarte de ciudad, viajar, recorrer lugares y conocer mujeres, tener amigos. Vivir aventuras. Y te mantienes en tu cuarto, leyendo. Solo sales para trabajar en ese sótano del periódico. No eres raro, pero lo que haces no lo entiendo. Yo navegaría. Pero solo tengo edad y energía para quedarme aquí y trabajar en mis escritos.
-Qué curioso. A veces sueño despierto con partir en barco. No sé si buscar un trabajo que me permita navegar. Pero después no me apetece hacer más de lo que hago. Apenas emprendo una nueva actividad me siento incómodo, cansado, inquieto. Solo me calmo cuando vuelvo a casa. Me tranquiliza también venir aquí. Oírte hablar. Dejar que me leas lo que escribes. Poner mi cabeza en blanco y hablar.
*

Así. Reventado en el suelo. Agonizando. Muriendo. Muriendo. Muriendo. Sin morir.
Maldito. Maldito sea Él.

El último fin de semana de mi vida


Era el último fin de semana de mi vida y resulta que llovió. Dejé para otro momento el paseo, la merienda, el final de aquel libro, la última erección. Porque llovió y hubo un eclipse de sol. Dejé todo lo que estaba haciendo. Salí a ver la lluvia en la oscuridad. Oh contradicción. Sí. Salí. Me paré en la esquina. Alcé la cabeza tratando de abrir los ojos. Un pájaro cayó ante mí. Muerto. Cayó a unos centímetros de mis pies. Suerte que soy persona de llevar la cabeza bien alta. Sin duda, había muerto de un infarto. Su diminuto corazón no había resistido la repentina e insoportable oscuridad. Yo ya sabía que igual que la pequeña ave, lo mío estaba al caer. Lo sabía porque lo sé. Lo sabía porque entonces ya había hablado con Él. A mí me daba igual. Nunca he sido de esos que, si no sale el sol, amanecen tristes. Nunca he sido de esos. Jamás me deprimió el invierno, el infierno, el anuncio de la muerte. El interminable anuncio de la muerte. Desde que aprendemos a pensar. Tengo un recuerdo de cuando era chico y me di cuenta de lo que era la muerte. Que la abuelita estaba en el cielo pero también en unas cenizas metidas en una caja en la Iglesia de la Victoria. Ya era entonces yo como sería siempre. Yo. Así lo recordé entonces. Así lo recuerdo.
Estaba mojado, quieto y tranquilo. En la esquina. Con el pájaro negro entre mis arrugadas manos. Sabía lo que me sobrevenía y que después todo sería vacío. Lo sabía porque lo sé. Porque Él me lo dijo. Me parecía que era viernes pero ya era sábado. El eclipse duró una eternidad y el pájaro se puso duro como una piedra. Tieso, más que mi verga hacía unas horas cuando pensaba en lo que iba a hacer antes de morir. Qué duda cabe, qué duda cabía. Pensaba terminar la novela a ver qué coño le pasaba a Martín, merendar cacao caliente con bollos de chocolate, ir a espiar a las bailarinas desde el portal, volverme a casa y darme el último homenaje, a la salud de todas ellas y de tantas otras, reales o imaginarias. Forzar la más magnífica paja de mi vida. Todos habríais hecho lo mismo: me iba a morir y no tenía mujer ni novia ni amiga a la que pudiese convencer de que viniera ni la pasta necesaria para abonar los servicios de una acompañante que mereciera la pena. Me acordé entonces de la milla verde, del corredor de la muerte, de la última comida que los pobres cautivos no podían ni tragar. Atormentados por el miedo de una muerte fatal, por la incertidumbre de lo que viniera, por la creencia o la duda más o menos remota del castigo que pudieren merecer. No me dio lástima ni miedo. Solo lo pensé.
Ya dentro, lancé el cadáver del pájaro a la basura y me vestí de nuevo. Limpio, cómodo y seco. Miré el reloj, el calendario, me tomé el pulso, saqué la novela, mientras leía las últimas tres páginas, me comí una tableta entera de chocolate. A Martín lo saqueaban, lo emplumaban con alquitrán, lo apedreaban, lo apuñalaban y moribundo aunque vivo aún lo violaban diecisiete cuatreros apadrinados por el cacique al que al inicio de la historia retaba. Después, mientras sangraba copiosamente por la boca, entre otros orificios de su cuerpo, rezó una oración y murió tras una agonía que me agotó. Vaya. Habría apostado a que Martín acabaría con los matones y volvía al rancho y sacaba a la chica de las garras del terrateniente y sus amigotes un segundo antes de que la torturasen. Pero no.
Qué casualidad, pensé echando un vistazo al reloj. Primero el eclipse, después el pájaro, después Martín y ahora yo. Valoré la broma. Lo inverosímil de aquellas tres páginas llenas de nerviosas pulsaciones y crueles detalles. Todo tan rápido. Tan sórdido y extrañamente nuevo. Supe que tras aquella abreviación de mi tiempo había un macabro sentido del humor y una provocación a la que mi carácter no daría satisfacción. Lo sabía, estaba seguro, aunque ahora no lo sé. Él no me lo dijo ni antes ni después. Realmente ahora creo que entonces empecé a divergir del Yo que siempre fui. Pues lo que entonces era certeza no lo fue después.
Miré el reloj. Era tiempo. Fui, como debía, al mueble bar. Intacto desde hacía catorce años, pues yo no bebía ni jamás había recibido visita alguna a la que agasajar. El día que alquilé el piso, al parecer, compré 3 botellas de Ballantine’s, 4 de Havana siete años y 12 de ginebra Larios. Lo recordaba entonces, no así en este momento. De todos modos, tomé una de las botellas de ron y me dirigí al baño. Cogí las pastillas. Todas aquellas píldoras recetadas por médicos a los que decía que quería morir o matar (iba alternando para amenizar tantas jornadas exactamente iguales).
*

-Juzga tú mismo.
-Me falta juicio para juzgar. No acabo de decidir qué postura he de tomar. Todas me parecen lo mismo.
-Es cierto. Siempre lo olvido.
-A veces me llega a extrañar. Porque soy inteligente, pero soy incapaz de pensar con claridad. ¿Es eso una inconsecuencia de mi personalidad?
-Es muy posible. Muy posible. Qué perspicaz. De verdad que estas conversaciones me ayudan mucho. Vuelve cuando quieras. Ahora tengo que seguir con mi tarea. Me urge aprovechar este momento de clarividencia.
Me despidió. Así. Como otras veces. Sin que yo entendiese muy bien qué hacía en aquel lugar nebuloso y sombrío. A aquel olor que contaba la historia del hombre. Los millones de cigarrillos sostenidos en el tiempo y perpetuados en el ocre de la piel del escritor. El semen que curtía la alfombra bajo el escritorio. El ácido y húmedo y a veces dulzón hedor de Él.
Entonces no podía comprender por qué le profesaba esta extraña devoción.
Me tomé todas las pastillas. Con casi media botella de ron Havana. Pasado un rato, empecé a encontrarme mal. Pero mal. Muy mal. Náuseas, dolor, angustia. Me faltaba la respiración, todo me daba vueltas. Me venían arcadas pero no acababa de vomitar. Tampoco quería. No quería dar marcha atrás. Tenía que morir lo que no sabía era lo que iba a durar, lo que no entendía era la agonía. Nada de aquello era necesario. Lo mismo que en la muerte de Martín. Algo de falso, algo sádico en esa mano.
Caí. Como aquel pájaro negro durante el largo eclipse. Aquel extrañísimo fenómeno como una aurora boreal, como una playa pintada. Como una selva en un escaparate.
*

-Pregunto por ahí. Pregunto a todos los que conozco por ti y no saben quién eres. Incluso en este mismo edificio. Nadie sabe quién eres. Es insalubre vivir como tú vives. Ser como tú eres.
-No te preocupes de mí. A qué personas has preguntado. Cómo se llamaban, quiénes eran.
-Es raro. No lo recuerdo. Seguro que en cuanto salga de aquí en el momento más inesperado me sorprenderá la respuesta. ¿Es raro?
-Ocurre a veces.
-¿Soy raro?
-No creo que seas diferente a otros como tú, si es eso lo que te estás preguntando. Pero si he notado que tienes un nivel de conciencia muy elevado. No eres sencillamente tú. Eso te hace interesante. Que vengas aquí a traerme comida. A hablar todos estos ratos. Eso sí es extraño. Qué te impele a hacerlo es lo que me mantiene en vilo.
-¿Por qué? ¿Por qué no debería venir a visitarte y disfrutar con tu compañía?
-Porque eres joven. Tienes belleza, fuerza y tantas posibilidades a tu alcance... Tantas posibilidades... Y he aquí que vienes a malgastar tu tiempo a mi casa. Y esto es lo más parecido a un cementerio de un solo muerto. Un muerto que aún no ha muerto.
-No digas eso. No eres tan viejo.
-Podrías mudarte de ciudad, viajar, recorrer lugares y conocer mujeres, tener amigos. Vivir aventuras. Y te mantienes en tu cuarto, leyendo. Solo sales para trabajar en ese sótano del periódico. No eres raro, pero lo que haces no lo entiendo. Yo navegaría. Pero solo tengo edad y energía para quedarme aquí y trabajar en mis escritos.
-Qué curioso. A veces sueño despierto con partir en barco. No sé si buscar un trabajo que me permita navegar. Pero después no me apetece hacer más de lo que hago. Apenas emprendo una nueva actividad me siento incómodo, cansado, inquieto. Solo me calmo cuando vuelvo a casa. Me tranquiliza también venir aquí. Oírte hablar. Dejar que me leas lo que escribes. Poner mi cabeza en blanco y hablar.
*

Así. Reventado en el suelo. Agonizando. Muriendo. Muriendo. Muriendo. Sin morir.
Maldito. Maldito sea Él.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Dónde, dime, dónde me escondo ahora para gritar.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Quiero. Quiero pero no puedo. Tomarme la vida en serio. Cumplir con mi obligación desganada sin dudar, follar sin gozar.
Dios, menos mal que adoro follar y mi trabajo me parece una ocupación importante y llena de sentido. Y mis amigos, ¿qué digo? Amores. Nadie se puede ver fuera de su cuerpo flotando sobre el océano elevada por la fuerza y el apoyo incondicional de esos preciosos seres que atesoré como pepitas de oro.
Tensión, pasión, gustos, disgustos y más pasión y más amor.
Un niño que te da patadas en el vientre. Y tú le retas, sal y ya verás.
Mas este mundo está lleno de muertos. Muertos que viven y creen que lo que hacen es normal. O quizás, no. Pero ¿qué más da? A quién le importa lo que piensa un robot. Intencionadamente muerto.