El último fin de semana de mi vida
Era el último fin de semana de mi vida y resulta que llovió. Dejé para otro momento el paseo, la merienda, el final de aquel libro, la última erección. Porque llovió y hubo un eclipse de sol. Dejé todo lo que estaba haciendo. Salí a ver la lluvia en la oscuridad. Oh contradicción. Sí. Salí. Me paré en la esquina. Alcé la cabeza tratando de abrir los ojos. Un pájaro cayó ante mí. Muerto. Cayó a unos centímetros de mis pies. Suerte que soy persona de llevar la cabeza bien alta. Sin duda, había muerto de un infarto. Su diminuto corazón no había resistido la repentina e insoportable oscuridad. Yo ya sabía que igual que la pequeña ave, lo mío estaba al caer. Lo sabía porque lo sé. Lo sabía porque entonces ya había hablado con Él. A mí me daba igual. Nunca he sido de esos que, si no sale el sol, amanecen tristes. Nunca he sido de esos. Jamás me deprimió el invierno, el infierno, el anuncio de la muerte. El interminable anuncio de la muerte. Desde que aprendemos a pensar. Tengo un recuerdo de cuando era chico y me di cuenta de lo que era la muerte. Que la abuelita estaba en el cielo pero también en unas cenizas metidas en una caja en la Iglesia de la Victoria. Ya era entonces yo como sería siempre. Yo. Así lo recordé entonces. Así lo recuerdo.
Estaba mojado, quieto y tranquilo. En la esquina. Con el pájaro negro entre mis arrugadas manos. Sabía lo que me sobrevenía y que después todo sería vacío. Lo sabía porque lo sé. Porque Él me lo dijo. Me parecía que era viernes pero ya era sábado. El eclipse duró una eternidad y el pájaro se puso duro como una piedra. Tieso, más que mi verga hacía unas horas cuando pensaba en lo que iba a hacer antes de morir. Qué duda cabe, qué duda cabía. Pensaba terminar la novela a ver qué coño le pasaba a Martín, merendar cacao caliente con bollos de chocolate, ir a espiar a las bailarinas desde el portal, volverme a casa y darme el último homenaje, a la salud de todas ellas y de tantas otras, reales o imaginarias. Forzar la más magnífica paja de mi vida. Todos habríais hecho lo mismo: me iba a morir y no tenía mujer ni novia ni amiga a la que pudiese convencer de que viniera ni la pasta necesaria para abonar los servicios de una acompañante que mereciera la pena. Me acordé entonces de la milla verde, del corredor de la muerte, de la última comida que los pobres cautivos no podían ni tragar. Atormentados por el miedo de una muerte fatal, por la incertidumbre de lo que viniera, por la creencia o la duda más o menos remota del castigo que pudieren merecer. No me dio lástima ni miedo. Solo lo pensé.
Ya dentro, lancé el cadáver del pájaro a la basura y me vestí de nuevo. Limpio, cómodo y seco. Miré el reloj, el calendario, me tomé el pulso, saqué la novela, mientras leía las últimas tres páginas, me comí una tableta entera de chocolate. A Martín lo saqueaban, lo emplumaban con alquitrán, lo apedreaban, lo apuñalaban y moribundo aunque vivo aún lo violaban diecisiete cuatreros apadrinados por el cacique al que al inicio de la historia retaba. Después, mientras sangraba copiosamente por la boca, entre otros orificios de su cuerpo, rezó una oración y murió tras una agonía que me agotó. Vaya. Habría apostado a que Martín acabaría con los matones y volvía al rancho y sacaba a la chica de las garras del terrateniente y sus amigotes un segundo antes de que la torturasen. Pero no.
Qué casualidad, pensé echando un vistazo al reloj. Primero el eclipse, después el pájaro, después Martín y ahora yo. Valoré la broma. Lo inverosímil de aquellas tres páginas llenas de nerviosas pulsaciones y crueles detalles. Todo tan rápido. Tan sórdido y extrañamente nuevo. Supe que tras aquella abreviación de mi tiempo había un macabro sentido del humor y una provocación a la que mi carácter no daría satisfacción. Lo sabía, estaba seguro, aunque ahora no lo sé. Él no me lo dijo ni antes ni después. Realmente ahora creo que entonces empecé a divergir del Yo que siempre fui. Pues lo que entonces era certeza no lo fue después.
Miré el reloj. Era tiempo. Fui, como debía, al mueble bar. Intacto desde hacía catorce años, pues yo no bebía ni jamás había recibido visita alguna a la que agasajar. El día que alquilé el piso, al parecer, compré 3 botellas de Ballantine’s, 4 de Havana siete años y 12 de ginebra Larios. Lo recordaba entonces, no así en este momento. De todos modos, tomé una de las botellas de ron y me dirigí al baño. Cogí las pastillas. Todas aquellas píldoras recetadas por médicos a los que decía que quería morir o matar (iba alternando para amenizar tantas jornadas exactamente iguales).
*
-Juzga tú mismo.
-Me falta juicio para juzgar. No acabo de decidir qué postura he de tomar. Todas me parecen lo mismo.
-Es cierto. Siempre lo olvido.
-A veces me llega a extrañar. Porque soy inteligente, pero soy incapaz de pensar con claridad. ¿Es eso una inconsecuencia de mi personalidad?
-Es muy posible. Muy posible. Qué perspicaz. De verdad que estas conversaciones me ayudan mucho. Vuelve cuando quieras. Ahora tengo que seguir con mi tarea. Me urge aprovechar este momento de clarividencia.
Me despidió. Así. Como otras veces. Sin que yo entendiese muy bien qué hacía en aquel lugar nebuloso y sombrío. A aquel olor que contaba la historia del hombre. Los millones de cigarrillos sostenidos en el tiempo y perpetuados en el ocre de la piel del escritor. El semen que curtía la alfombra bajo el escritorio. El ácido y húmedo y a veces dulzón hedor de Él.
Entonces no podía comprender por qué le profesaba esta extraña devoción.
Me tomé todas las pastillas. Con casi media botella de ron Havana. Pasado un rato, empecé a encontrarme mal. Pero mal. Muy mal. Náuseas, dolor, angustia. Me faltaba la respiración, todo me daba vueltas. Me venían arcadas pero no acababa de vomitar. Tampoco quería. No quería dar marcha atrás. Tenía que morir lo que no sabía era lo que iba a durar, lo que no entendía era la agonía. Nada de aquello era necesario. Lo mismo que en la muerte de Martín. Algo de falso, algo sádico en esa mano.
Caí. Como aquel pájaro negro durante el largo eclipse. Aquel extrañísimo fenómeno como una aurora boreal, como una playa pintada. Como una selva en un escaparate.
*
-Pregunto por ahí. Pregunto a todos los que conozco por ti y no saben quién eres. Incluso en este mismo edificio. Nadie sabe quién eres. Es insalubre vivir como tú vives. Ser como tú eres.
-No te preocupes de mí. A qué personas has preguntado. Cómo se llamaban, quiénes eran.
-Es raro. No lo recuerdo. Seguro que en cuanto salga de aquí en el momento más inesperado me sorprenderá la respuesta. ¿Es raro?
-Ocurre a veces.
-¿Soy raro?
-No creo que seas diferente a otros como tú, si es eso lo que te estás preguntando. Pero si he notado que tienes un nivel de conciencia muy elevado. No eres sencillamente tú. Eso te hace interesante. Que vengas aquí a traerme comida. A hablar todos estos ratos. Eso sí es extraño. Qué te impele a hacerlo es lo que me mantiene en vilo.
-¿Por qué? ¿Por qué no debería venir a visitarte y disfrutar con tu compañía?
-Porque eres joven. Tienes belleza, fuerza y tantas posibilidades a tu alcance... Tantas posibilidades... Y he aquí que vienes a malgastar tu tiempo a mi casa. Y esto es lo más parecido a un cementerio de un solo muerto. Un muerto que aún no ha muerto.
-No digas eso. No eres tan viejo.
-Podrías mudarte de ciudad, viajar, recorrer lugares y conocer mujeres, tener amigos. Vivir aventuras. Y te mantienes en tu cuarto, leyendo. Solo sales para trabajar en ese sótano del periódico. No eres raro, pero lo que haces no lo entiendo. Yo navegaría. Pero solo tengo edad y energía para quedarme aquí y trabajar en mis escritos.
-Qué curioso. A veces sueño despierto con partir en barco. No sé si buscar un trabajo que me permita navegar. Pero después no me apetece hacer más de lo que hago. Apenas emprendo una nueva actividad me siento incómodo, cansado, inquieto. Solo me calmo cuando vuelvo a casa. Me tranquiliza también venir aquí. Oírte hablar. Dejar que me leas lo que escribes. Poner mi cabeza en blanco y hablar.
*
Así. Reventado en el suelo. Agonizando. Muriendo. Muriendo. Muriendo. Sin morir.
Maldito. Maldito sea Él.