Escribir en papel no es lo mismo. En mi caso al menos, además, lo que se escribe así no sobrevive. Pasa tiempo en algún cajón, entre las páginas de algún libro, entre un montón de revistas, en muebles, trasteros, en el maletero de mi coche, en bolsos que no uso,... hasta que un buen día reparo en él como en el resto de la basura vieja de mi vida y va derecho a la papelera, junto con chicles caducados, pastillas que ya no tomo, pañuelitos y gomillas del pelo de cuando aún tenía melena. No tengo costumbre de revisar lo que tiro, igual es un pagaré por 10000 $ que una carta de amor, que el mejor poema que jamás haya escrito. No soy de interés para mí misma.
De modo contrario, escribir en el ordenador es casi como hacer lo que pienso, valga o no la pena, inmortal (en comparación conmigo misma, claro). Salvas los cambios, aceptas y aceptas. Va guardándose solo. Con las primeras palabras del título como nombre, el archivo se acomoda en alguna carpeta y ahí se acurruca por los siglos de los siglos. Yo me olvido de ellos, pero ellos siguen ahí. Y de algún modo inquietante se acuerdan de mí y son mi recuerdo. Un horror. Y mejor no pensar en aquellos bodrios que, encima, publico en un blog u otro. Eternos testimonios de la estupidez humana -la mía concretamente- flotando en el espacio virtual para siempre, como la chatarra espacial que gira alrededor de la Tierra. La mierda que escribo anda en el espacio y en el tiempo sin control. Sin que a nadie interese. Ni tan siquiera a mí. Contaminando; deshonrando la memoria del muerto que aún no soy.




