domingo, 23 de febrero de 2014

Aquí hay un pájaro cantando que no sabe que la vida es una mierda



Visconti toma partido donde Camus, no. Simpatiza con Meursault. Tergiversa el perfil psicológico del hombre que es el mérito atemporal de una novela que, desde luego, no es solo una crítica a la hipocresía de la vida en sociedad.

Visconti hace un alegato contra la pena de muerte.

Está el hombre en su derecho. Visconti, digo. Tampoco era fácil hacer una película de un libro donde las más impresionantes y certeras palabras describen percepciones subjetivas sobre el sol, que calienta amable o aturde odioso, sobre el cielo: arrebolado, enrojecido, verde, límpido sobre las higueras,... El cielo: quedé largo rato mirando el cielo.

Meursault mira constantemente al cielo, se siente como el día. Su ánimo lo deciden cuestiones fisiológicas. Es de una sinceridad patológica, como otros son de una falsedad que roza el ideal de la cordura de este mundo. Camus no juzga a Meursault.

La simpleza de las reflexiones del extranjero a veces me sacan una sonrisa; la pulcritud y sensibilidad en la descripciones me dejan boquiabierta. El sol se quiebra, se derrama, es espada de luz, llueve desde un cielo implacable: el mismo cielo que, a otra hora, el mismo hombre atiende sobre todas las cosas.

Cómo Visconti va a recrear el mar, la arena, el sol, bajo la mirada del extranjero. Si "sobre la arena el mar jadeaba con la respiración rápida y ahogada de las olas pequeñas", qué puede caber en el rudo expresionismo social, excepto un gesto de un Mastroiani que representa a un Meursault diferente. No es lo habitual que un libro dé menos detalles que la película: que sea esta mucho más explícita en absolutamente cada detalle que en la novela queda a nuestra interpretación. El lector es libre; el espectador, no.

Al fin, el condenado esperando su hora, tendido en el incómodo catre recupera la indolente calma. Camus no juzga a nadie.

domingo, 16 de febrero de 2014

quizás
la armónica suena
como un violín
en la calle de la desolación

y estar allí
sin esperanza ni control
sin nada que cantar
ni alma que vender

como todos los demás
como cualquier otro
en aquella calle
de pie desnudo esperando