sábado, 5 de noviembre de 2011

Dónde van las muchachas perdidas



-Dónde vas si aún no amaneció.
-Quiero pan fresco, recién hecho.
La muchacha se vistió con su vestido de diario, se calzó las botas, se marchó sonriente por pan. Tomó las monedas del bote de la cocina y saludó alegre al amante que quedó medio dormido en el lecho al lado de la estufa, junto a la ventana de cristales empañados. La joven sin nombre cruzó las calles encharcadas, esnifó la bruma del amanecer, respiró el aire de la ciudad amaneciente. Caminó y caminó. Miró al fondo de la avenida las luces de los automóviles viniendo, el polvo de la polución. La muchacha sintió el cambio rápido. Sonrió. Sonrió en medio de la bruma azul. Entonces comprendió, no solo cómo cambiaba el tiempo, cómo amanecía, cómo los autos tomaban la calle y el pan olía a lo lejos y su amante la esperaba en su cama. Comprendió el qué, el cómo y el por qué. Miró su reflejo en el gran charco a mitad de la calle. Su reflejo tembloroso en el suelo; su rostro extraviado en el propio reflejo.


Nunca volvió a la habitación, ni al edificio. Nunca su amante la volvió a ver; ni, que se sepa cierto, llegó a comprar pan tierno.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Estuve, estuve en un par de sitios, buscando.
Buscando. Buscándote.
Llueve fuerte, tan fuerte como tú me embestiste.
Y la bisagra herrumbrosa bajo la lluvia chirría y se resiste,
ahora es casi imposible cerrar la verja.
Llueve y los pasos de los vecinos son sordos golpes lejanos,
como el deseo que siempre queda ahí entre nosotros,
sin terminar, sin cerrarse.
Como una herida que no duele.
Como una parte de mí dispuesta a tu espera.
Te oigo medio quejarte, medio llorar, medio burlarte
en el camino que me separa de tu cama,
en un tiempo imposible porque es futuro o condicional;
eso que solo existe en la lengua,
en tu lengua cada vez menos ajena,
menos extraña,
menos lejana,
que a veces recorre mi espalda
que a veces conviertes en palabras,
sucias y lascivas palabras,
y algo pasa, porque sacas lo peor y lo único;
y muerdes fuerte caderas, hombros, pechos y alma.
Y ya yo dejada, pienso,
pienso solo pienso,
más que otra cosa pienso y siento;
te siento entrar y salir desde mi piel a mi alma:
porque tengo alma;
es lo que te doy, mi alma.
A veces eres otro y te preocupas por mí
y me haces llorar,
y a veces eres tú, egoísta, bruto, exigente,
y me alzas y levantas,
y finges que me amas y me amas,
a tu pesar y para mi mal,
me amas.
No cerrará esta verja ni el mismo Dios.
No serás tú, será otro al que llamaré por tu nombre,
el que me abrace, me alivie, me cuide
un día o dos.
Una única vez.
Después vendrán otros.
Pero siempre tendrán tu nombre
y tu rostro.

martes, 1 de noviembre de 2011

La culpa

Sofocante crueldad, por qué no me rehúyes y, altiva, pasas de largo tal como si yo no valiese la pena. Por qué ese empeño en darme importancia, parándote ante mí, sentándote sobre mi circunstancia, riendo la boca abierta, mostrándome los dientes, paseándote ante mí, haciendo girar tu reloj ante mi estúpida nariz que por instinto idiota olfatea, mientras bizqueo buscando las agujas para ver qué hora marcan.
Desprendes un calor desesperante, húmedo, angustioso. Tu presencia me oprime el pecho. Y te me apareces cada poco: para qué; cada menos que poco: por qué. Nunca das explicaciones; solo esa mirada de desprecio a los cercos de sudor que rodean mis ojos. Yo sudo por los ojos, -digo-, no estoy llorando. Es que sudo por los ojos. Y tú, imperturbable, adivinas la próxima visita, planeas donde te ubicarás: en mi maternidad aterida, en mi ineptitud, en mis costillas, en mi cobardía, en mis pesadillas, en mi insomnio, en mi lavarme las manos más de veinte veces al día. Allí, frente al espejo, cuando levanto la vista y me topo con mi vergüenza. Allí, te acoplas y de nuevo ardes contra mí. 
Pero es inevitable, porque todo llega, que yo me rebele y te mire mirarme. Y desafíe tu juicio y juegue a no tenerte miedo. Aunque tenga miedo, durante un momento no lo sentiré. Frente al espejo con las manos ya limpias y secas, agarradas fuertemente en el lavabo mil veces usado, echaré atrás la cabeza sin quitarte ojo. Y alzaré el mentón con violencia y orgullo. Y estamparé mi cabeza contra el espejo, matándote, las manos limpias, la mente vacía, el cuarto rojo, el aire fresco, congelado el tiempo.

La culpa

Sofocante crueldad, por qué no me rehúyes y, altiva, pasas de largo tal como si yo no valiese la pena. Por qué ese empeño en darme importancia, parándote ante mí, sentándote sobre mi circunstancia, riendo la boca abierta, mostrándome los dientes, paseándote ante mí, haciendo girar tu reloj ante mi estúpida nariz que por instinto idiota olfatea, mientras bizqueo buscando las agujas para ver qué hora marcan.
Desprendes un calor desesperante, húmedo, angustioso. Tu presencia me oprime el pecho. Y te me apareces cada poco: para qué; cada menos que poco: por qué. Nunca das explicaciones; solo esa mirada de desprecio a los cercos de sudor que rodean mis ojos. Yo sudo por los ojos, -digo-, no estoy llorando. Es que sudo por los ojos. Y tú, imperturbable, adivinas la próxima visita, planeas donde te ubicarás: en mi maternidad aterida, en mi ineptitud, en mis costillas, en mi cobardía, en mis pesadillas, en mi insomnio, en mi lavarme las manos más de veinte veces al día. Allí, frente al espejo, cuando levanto la vista y me topo con mi vergüenza. Allí, te acoplas y de nuevo ardes contra mí. 
Pero es inevitable, porque todo llega, que yo me rebele y te mire mirarme. Y desafíe tu juicio y juegue a no tenerte miedo. Aunque tenga miedo, durante un momento no lo sentiré. Frente al espejo con las manos ya limpias y secas, agarradas fuertemente en el lavabo mil veces usado, echaré atrás la cabeza sin quitarte ojo. Y alzaré el mentón con violencia y orgullo. Y estamparé mi cabeza contra el espejo, matándote, las manos limpias, la mente vacía, el cuarto rojo, el aire fresco, congelado el tiempo.

domingo, 30 de octubre de 2011

No hay vida después de Onetti

No me queda aire. En su juego se queda todo el aire. El aire que le obsesiona, que le persigue, al que persigue. Que trata de desvelar sobre los objetos y a través de la respiración de mujeres fracasadas de grandes pechos; voluminosas, glamurosas prostitutas. Jóvenes violinistas ansiosas de aventura, mujeres extrañas, manipuladoras, obsesionadas, sinceras yonquis. Aburridos hombres insignificantes, pobres observadores, que encuentran la vida en el aire de una habitación. Paladean un momento. Un momento de lucidez que igual fue un espejismo, un sueño, un error, que se les va y tras el que salen como si todo el castillo de naipes que es su vida dependiese de ese poquísimo aire.
Dalí me habla del aire como elemento pictórico y Onetti pinta su cuadro extraño, escena sobre escena, hombre sobre hombre, sobre hombre. Mujeres al fondo junto con el río y la ciudad. La ciudad inventada del todo y a la que aun así se puede llegar.
La vida no es solo breve, es irreal, es como un sueño, es apenas un sueño. Lo sé bien. Yo confundo mis sueños con la realidad cada día. Te lo conté. Te lo he contado todo. 
Nada que no se pueda soportar. La gran confusión, el hartazgo, el deseo nítido y loco de vivir más y de verdad. El simular que estás muerto por el puro deseo de estar más vivo.
Todas las renuncias de Brausen, su vida arrastrada como por la corriente del río que empuja cierta fuerza enemiga que él no podrá controlar, salvo si fuera un dios. Y eso hace: se ve como un dios, mata a Brausen, nace Arce, un ser mal hecho, borroso, hijo de un dios en prácticas y que no llega más que a emular al personaje. Porque la vida es un sueño y Brausen ansía despertar y como un Segismundo que odia con fuerza después se amansa y deja de odiar. Es más ser Díaz Grey, más hombre de verdad y al tiempo el gran pelele de Lagos. El tramposo, el embaucador, el embustero, el traidor, el encantador, el que, cómo no, en un tiempo breve devendrá el envejecido fracasado.
Al fin, es la historia de un lugar. Un sitio que no existe donde van a parar los personajes y las personas para lo mismo. Una ciudad donde todos andan de la mano de su barrio, del reloj, de la mujer oronda y los niños que le atan, o la prostituta que los embelesa y a la que desprecian. El tiempo y la ciudad que transcurre como el río que la cruza como los habitantes que la pueblan, sin culpa y sin falta a la mediocridad y el contraste de lo burgués con lo demás. El tiempo del hombre de mediana edad que no sabe quién es y cuál es su finalidad. Que se sale del camino: enloquece, sin ser él  mismo el detonante de esta rebeldía, de esta fantasía, de esta determinación de dejar de ser una marioneta.



No hay vida después de Onetti

No me queda aire. En su juego se queda todo el aire. El aire que le obsesiona, que le persigue, al que persigue. Que trata de desvelar sobre los objetos y a través de la respiración de mujeres fracasadas de grandes pechos; voluminosas, glamurosas prostitutas. Jóvenes violinistas ansiosas de aventura, mujeres extrañas, manipuladoras, obsesionadas, sinceras yonquis. Aburridos hombres insignificantes, pobres observadores, que encuentran la vida en el aire de una habitación. Paladean un momento. Un momento de lucidez que igual fue un espejismo, un sueño, un error, que se les va y tras el que salen como si todo el castillo de naipes que es su vida dependiese de ese poquísimo aire.
Dalí me habla del aire como elemento pictórico y Onetti pinta su cuadro extraño, escena sobre escena, hombre sobre hombre, sobre hombre. Mujeres al fondo junto con el río y la ciudad. La ciudad inventada del todo y a la que aun así se puede llegar.
La vida no es solo breve, es irreal, es como un sueño, es apenas un sueño. Lo sé bien. Yo confundo mis sueños con la realidad cada día. Te lo conté. Te lo he contado todo. 
Nada que no se pueda soportar. La gran confusión, el hartazgo, el deseo nítido y loco de vivir más y de verdad. El simular que estás muerto por el puro deseo de estar más vivo.
Todas las renuncias de Brausen, su vida arrastrada como por la corriente del río que empuja cierta fuerza enemiga que él no podrá controlar, salvo si fuera un dios. Y eso hace: se ve como un dios, mata a Brausen, nace Arce, un ser mal hecho, borroso, hijo de un dios en prácticas y que no llega más que a emular al personaje. Porque la vida es un sueño y Brausen ansía despertar y como un Segismundo que odia con fuerza después se amansa y deja de odiar. Es más ser Díaz Grey, más hombre de verdad y al tiempo el gran pelele de Lagos. El tramposo, el embaucador, el embustero, el traidor, el encantador, el que, cómo no, en un tiempo breve devendrá el envejecido fracasado.
Al fin, es la historia de un lugar. Un sitio que no existe donde van a parar los personajes y las personas para lo mismo. Una ciudad donde todos andan de la mano de su barrio, del reloj, de la mujer oronda y los niños que le atan, o la prostituta que los embelesa y a la que desprecian. El tiempo y la ciudad que transcurre como el río que la cruza como los habitantes que la pueblan, sin culpa y sin falta a la mediocridad y el contraste de lo burgués con lo demás. El tiempo del hombre de mediana edad que no sabe quién es y cuál es su finalidad. Que se sale del camino: enloquece, sin ser él  mismo el detonante de esta rebeldía, de esta fantasía, de esta determinación de dejar de ser una marioneta.



martes, 25 de octubre de 2011

Las cosas que no decimos.
La diferencia entre sentir dolor y no sentir nada.
En la disyuntiva de admitir o no admitir que nos da miedo perder algo que no tenemos. Y al mismo tiempo, tentados de rendirnos.
El calor que viene tras la fiebre; el frío durante las horas testarudas en que te debates pensando en que si duermes con suerte ya no despiertas. Y ahí no habrá decepción, crueldad y miedo. Nada se nos irá de las manos porque no tendremos manos. Y lo que dejemos atrás nos parecerá tan diminuto en comparación con la inmensidad de la nada que pronto dejará de torturarnos.
Y siempre el testimonio del dolor y del miedo. De lo que callamos, del silencio. De la actitud o el acto que me dice tanto. Estar tan triste y débil que no doy ni para la ira; somnolienta, torpe, inútil; tan dócil que acepto mi calidad de mediocre, de cobarde, de embustera. De innecesaria, de fantasma por las vidas ajenas.
Que sea otro el que apague la luz, el que se despida y dé la vuelta a la llave de la puerta.

viernes, 21 de octubre de 2011

El destino de la Tiridium 26

Año 3045, la nave Tiridium 26 transita por Orión rumbo a la plataforma farmacéutica Viagra2000, sita en la órbita de Gliese 179, con un peligrosísimo cargamento de kriptonita en polvo. Es martes. Todos los martes toca bingo, barbacoa y sorteo de un barril de ron. Desde el año 2956, los directivos de la Compañía de Transporte Interestelar S.A. establecieron que debían planificar actividades lúdicas diarias para apaciguar al personal navegador en recorridos de más de diez años para evitar que ocurrieran motines y destrozos en las carísimas naves. De igual modo, las únicas armas abordo las tenían las mujeres, más prudentes, más de fiar y en basta minoría. 
Aquel martes, 26 de agosto, Socorro del Mar Holderlin cantó 5 bingos, se comió 23 pinchitos y ganó el barril de ron negrita Habana Club Gran Reserva. Socorro, ante la perplejidad e ira de algunos de los tripulantes, se metió con el trofeo y una caja de vasitos de papel en el camarote de las chicas, sacándoles el dedo a los tipos que quedaban atrás. Ese gesto fue muy mal visto por la parte masculina de la tripulación que llegó a la conclusión de que el sorteo estaba amañado, que en el bingo hubo tongo, que la Soco era anoréxica y/o bulímica porque con lo que comía no era normal que estuviese tan flaca, y, como es lógico, todos estuvieron de acuerdo en que la tía era lesbiana y una guarra. Lo cierto es que Socorro era un poquito correosa y un tanto provocona. Y, si bien no era lesbiana, sí era andrófoba. La cuestión es que era también muy inteligente y supo burlar a los infalibles psicólogos de ACME, subcontratados por Transporte Estelar S.A. para cribar a los aspirantes con forma de ser conflictiva, como precisamente Socorro del Mar, persona problemática donde las hubiere y que jamás debió embarcar. 
Socorro, que se creía Artemisa, consiguió montar un revuelo importante en la nave ya entrada en Orión. Todos cabreados, enervados y fastidiados, en la puerta del camarote donde las doce mujeres de abordo bebían y cantaban sin disimulo alguno de su felicidad. Unos no pudieron contener su rabia y empezaron a golpear con fuerza la puerta que, por otra parte, ni de broma hubieran podido derribar. Los insultos lanzados apenas podían traspasar el grueso metal. Sin embargo, Socorro tras cinco litros -decilitro arriba, decilitro abajo- de ron, tomó la MP5 para munición 40 S&W, mejorada en 2876 por The New Smith & Wesson Corporation. Ligero, con inmejorable equilibrio y una precisión del 100% en manos de cualquiera. Abrió la puerta y se dedicó a disparar a todo lo que se movía, que resultaron ser cinco y no seis como ella en principio pensó. Gran parte de la tripulación ni se enteró, porque el subfusil tiene un eficaz silenciador. Las chicas, aun ebrias, previeron el peligro y comentaron el patón que acababa de meter: “Mujer, Soco, o sea, ¡cómo te pasas!”. Socorro las tranquilizó. Nada más fácil que hacer desaparecer los cuerpos cuando todos dormían en mitad de Orión. Si la cosa se ponía fea, ellas tenían un arsenal y a algunos de ellos de su parte. Tendrían que ser más listas. Convertirse en las dueñas de la nave y pasar de la Compañía que las utilizaba por una mierda de sueldo. El tiempo en que estaban allí era una cuarta parte de su vida. Su edad más fértil, más capaz, lo mejor de su juventud. Desperdiciada en encuentros fortuitos con algún cosmonauta con eyaculación precoz. Ella lo hacía porque siempre quiso ir a Orión y morir en Orión. Su amor. Las otras se miraron encogiendo los hombros y sin querer preguntar. 
Tras una perorata de 25 minutos, se decidió que, acabado el barril, saldrían a lanzar los cuerpos por el garbage gate, limpiarían suelos, paredes y techos, y se prepararían para tomar el mando a la menor provocación. 

Dicho y hecho, los cinco cuerpos tratados como basura y Socorro, con insomnio desde los doce años, venga a planificar los subsiguientes movimientos que iban a conducirla a capitanear la nao tras ejecutar a tres quintas partes de la población masculina de abordo, previo informe sobre su actitud, sus aptitudes e historial personal. Sería la primera nave pirata espacial con tripulación enteramente femenina, para lo que ya había previsto obligar a travestirse a los veinticinco hombres con los que se iban a quedar, para hacer todo el trabajo y dar placer a la que tuviese necesidad.

Al día siguiente, el comandante hizo llamar a Socorro del Mar para interrogarla sobre las desapariciones. No necesitaba más. Sacó el machete Keras profesional. Negro. Ligero. Ignífugo. Con un filo como el de la Katana de Sasuke. Le hizo un único corte, en el cuello. La cabeza rodó al suelo y todo dio comienzo. Sus planes se iban cumpliendo. 
La selección de los 25 hombres que sobrevivieron, y quedaron a su entero servicio, se hizo, finalmente, en función de las prioridades sexuales de las amigas de Soco. Una gran jefa. Una líder nata. 
Los más serviciales, entregados y, ahora, agradecidos, machos de la nao, llevarían un collar GPS detector con chip Telcel Cuarto Milenio. Pelucas, tacones, wonderbras y minifaldas.


Era miércoles, pero dada la situación, se suspendieron los juegos de agua y el karaoke. 
Socorro dio orden al piloto de cambiar el rumbo y dirigirse hacia el Bucle Barnard, que rodea como una burbuja la Nebulosa Cabeza de Caballo. Al mismo tiempo, había contactado con varias embarcaciones piratas dispuestas a comprar el cargamento de kriptonita a cambio de oro, combustible y suministros alimenticios entre los que no faltarían cigarrillos y ron para unas décadas. 
A una distancia prudente de Alnitak, hicieron en intercambio con la astronave tudesca Spirit of Hermes, únicos de los que se podían fiar. Todo trancurrió de modo pacífico, sin conflictos ni trucos: los alemanes cumplieron, Soco y sus travestidos subordinados cumplieron. Se despidieron a la francesa como es el estilo pirata estelar y cada uno siguió su camino. Poco importaba a Socorro del Mar que la Spirit of Hermes en un par de años revendiese el polvo de kriptonita al partido nazi y, tras una sangrienta guerra, muy mal llevada por los alemanes, Europa fuese arrasada del mapa terráqueo, aquel lejano e irregular globo de agua. 
La Tiridium 26 se había deshecho de la Kriptonita y estaba en condiciones de seguir adelante en busca del Bucle de Banard. No sé si lo saben pero allí se esconde el mítico río de la eterna juventud que tantos alquimistas buscaron sin suerte. La pregunta es cómo Socorro estaba enterada de esto y cómo conocía su exacta ubicación en uno de los filos de hidrógeno puro en constante movimiento que a lo lejos se percibe de color rojizo como si fuera un efecto óptico translúcido, casi invisible, intocable. 
Tardaron relativamente poco en llegar a Banard, donde les recibió una brisa irisada y rosácea de partículas que les rozaban sin parar. Soco mandó a uno de los travestidos a que saliese y tomase una muestra. Cuando este volvió, ella se llevó la cápsula hermética a su compartimiento y, a pesar de que iba en contra de todos los manuales de seguridad interestelar, abrió el precinto y se llevó el recipiente a su boca, mientras su nariz aspiraba. Notó una quemazón y se desmayó.
Pasadas nueve horas, Socorro del Mar despertó en la enfermería como si nada.  
Despertó llena de energía, pidió un informe de la situación: viandas, alimentos, motores, agua, cigarrillos, ron. Comportamiento de los tripulantes. Bien, todo bien. Hizo sus cálculos mentales. Esta vez no necesitó sacar escuadra y cartabón ni las gomas ni la calculadora científica ni tan siquiera los mapas estelares. Tomaban rumbo a M78, donde se hallaba la evidencia de espuma cuántica más cercana. Huelga decir, por evidente, que la Soco buscaba un puente Einstein-Rosen lo que no está tan claro es para qué se arriesgaría nadie a viajar en el tiempo y en el espacio, con el consabido riesgo de disiparse en millones de partículas (o desintegrarse) cuando acababa, supuestamente, de adquirir el secreto de la vida eterna.

Socorro del Mar ordenó al piloto rodear la cosa para ver hasta dónde llegaba si es que tenía final. Y efectivamente, no era gigantesca tenía como un culo de vapor tupido negro, como toda su figura excepto la gran boca. Entonces, recurrió a unas microcámaras insertadas en unas diminutas esferas hechas de una aleación de metal. Las fue lanzando con una catapulta, sí, una catapulta de puta madre, una catapulta de diseño, negra brillante hecha también de unos ligerísimos metales desarrollados por ACME en el tercer milenio. 
Las bolitas con las microcámaras iban entrando y la pantalla de abordo mostraba oscuridad y más oscuridad por un breve periodo de tiempo y después un crujido, interferencias y se perdía la señal. A la tercera bolita, se vio perfectamente, en medio de la oscuridad, una especie de raja de luminosidad, entonces de nuevo se perdía la señal. 
Tras varias bolitas más (carísimas pero como Socorro las había robado a la NASA, daba igual), se vio de nuevo esa rasgadura, como el ojo de la Virgen de Chiquinquirá, igualito que uno de los ojos de la Chinita. La Virgen verdadera que otorga a quien se lo pide un único anhelo.
La verdad es que Socorro sabía demasiado. En cualquier caso, precavida como era, mandó a uno de los travestidos al agujero en una pequeña embarcación estelar para asegurarse de que el acceso al milagro no era mortal de necesidad. Realmente, no quería morir, la muy zorra.
Los tripulantes se mostraron reticentes y no hubo voluntarios. Aunque, al final, atado, amordazado y aporreado, un tipo llamado Sergio Van de Hausen fue introducido en la cápsula exploratoria bautizada con su nombre como agradecimiento de todos los demás.
El corto viaje de Sergio fue seguido con atención, las almas de todos en vilo, por las pantallas de plasma que había en cada sala de la Tiridium. Salió, rodeó una niebla que despedía su nave, se dirigió --gracias al control remoto-- a la boca del agujero negro y allí penetró. Las sacudidas y quizás los efectos físicos de los millones de campos electromagnéticos hicieron gritar sordamente (por la mordaza) a Sergio, más la nave siguió adentrándose hasta toparse con el haz de luz y la presencia de la Virgen. 
No sé sabe quién estaba más sorprendido si el pobre voluntario o la propia Chinita que pensaba que jamás un humano se le podría acercar. Entonces para pasmo de ambos, la nave dio la vuelta y salió por donde había entrado: Socorro manejaba el joystick con un arte y una precisión insólita. 
Dio órdenes precisas a sus lugartenientes: dar ron a Sergio Van de Haussen, y preparar de nuevo la cápsula, mientras ella se cambiaba el vestido, se ponía rímel y rouge y se hacía un recogido italiano.
Al fin, la mujer estuvo lista, la nave estaba lista y ocurrió.
La nave volvió a penetrar en el agujero negro, la Chinita aún la boca abierta, recibió a Soco con su solicitud preparada. 
-Ave, Virgen admirada. Vengo a hacerte la petición que por mandato de Dios estás obligada a conceder.
-Ave, ser humano, no recuerdo nada de ningún mandato. Llevo mucho tiempo aquí y las emanaciones radioactivas ha mermado bastante mis capacidades cognitivas y la memoria ni te cuento. Y aunque, en principio, estoy tentada de creerte, no sé cómo hacer los deseos realidad.
-Usted... Tú ¿puedo tutearte, verdad? Tú solo óyeme y desea que lo que digo se cumpla para mi interés. Gran Señora, tienes que dejar de esnifar gases, te va a perjudicar seriamente a largo plazo.
-¿Aun más largo?
-Bueno, no sé. Chinita, admirada Señora. No puedo ayudarte. Y tengo prisa. Entiéndeme.
-Entiendo: no viniste a charlar. Dime lo que quieres.
-Deseo regresar al momento en que Orión en pura pasión se me echó encima y me empezó a hacer el amor. Justo antes de mi empujón; mucho antes de lo del Escorpión. Virgencita, qué arrepentida estoy de lo del Escorpión. 


La Virgen estaba confusa, pensando que esta era una de sus muchas alucinaciones. Pero, por si las moscas, se concentró hasta donde pudo y deseó que la tipa aquella volviese atrás en el tiempo y se encontrase bajo el cuerpo de ese tal Orión. Qué manera de flipar hoy, pensó. Y de repente, la cápsula, la impertinente humana del peinado raro y todo lo de afuera había desaparecido.

Socorro, en el cuerpo de Artemisa, se encontró súbitamente aplastada por su compañero de caza al que dejó saciarse a su costa con fruición. No hubo escorpión en la historia, ni en el cielo y ahora yo soy Sagitario (puto efecto mariposa).


Los tripulantes de la Tiridium ya habían puesto pies en polvorosa mientras Socorro hablaba con la Chinita. Descubierta la verdadera naturaleza de los agujeros negros, como los habitáculos de los dioses verdaderos, debatían apasionados qué podían hacer con tan importante información. Tras semanas de discusión, llegaron a la conclusión de que no era tan importante la información y se dejaron llevar por el nihilismo, las bacanales y el alcohol.


La Compañía de Transporte Interestelar S.A. puso una denuncia por la desaparición del navío y cobró una cuantiosa prima del seguro, que tras este incidente quebró.

El destino de la Tiridium 26

Año 3045, la nave Tiridium 26 transita por Orión rumbo a la plataforma farmacéutica Viagra2000, sita en la órbita de Gliese 179, con un peligrosísimo cargamento de kriptonita en polvo. Es martes. Todos los martes toca bingo, barbacoa y sorteo de un barril de ron. Desde el año 2956, los directivos de la Compañía de Transporte Interestelar S.A. establecieron que debían planificar actividades lúdicas diarias para apaciguar al personal navegador en recorridos de más de diez años para evitar que ocurrieran motines y destrozos en las carísimas naves. De igual modo, las únicas armas abordo las tenían las mujeres, más prudentes, más de fiar y en basta minoría. 
Aquel martes, 26 de agosto, Socorro del Mar Holderlin cantó 5 bingos, se comió 23 pinchitos y ganó el barril de ron negrita Habana Club Gran Reserva. Socorro, ante la perplejidad e ira de algunos de los tripulantes, se metió con el trofeo y una caja de vasitos de papel en el camarote de las chicas, sacándoles el dedo a los tipos que quedaban atrás. Ese gesto fue muy mal visto por la parte masculina de la tripulación que llegó a la conclusión de que el sorteo estaba amañado, que en el bingo hubo tongo, que la Soco era anoréxica y/o bulímica porque con lo que comía no era normal que estuviese tan flaca, y, como es lógico, todos estuvieron de acuerdo en que la tía era lesbiana y una guarra. Lo cierto es que Socorro era un poquito correosa y un tanto provocona. Y, si bien no era lesbiana, sí era andrófoba. La cuestión es que era también muy inteligente y supo burlar a los infalibles psicólogos de ACME, subcontratados por Transporte Estelar S.A. para cribar a los aspirantes con forma de ser conflictiva, como precisamente Socorro del Mar, persona problemática donde las hubiere y que jamás debió embarcar. 
Socorro, que se creía Artemisa, consiguió montar un revuelo importante en la nave ya entrada en Orión. Todos cabreados, enervados y fastidiados, en la puerta del camarote donde las doce mujeres de abordo bebían y cantaban sin disimulo alguno de su felicidad. Unos no pudieron contener su rabia y empezaron a golpear con fuerza la puerta que, por otra parte, ni de broma hubieran podido derribar. Los insultos lanzados apenas podían traspasar el grueso metal. Sin embargo, Socorro tras cinco litros -decilitro arriba, decilitro abajo- de ron, tomó la MP5 para munición 40 S&W, mejorada en 2876 por The New Smith & Wesson Corporation. Ligero, con inmejorable equilibrio y una precisión del 100% en manos de cualquiera. Abrió la puerta y se dedicó a disparar a todo lo que se movía, que resultaron ser cinco y no seis como ella en principio pensó. Gran parte de la tripulación ni se enteró, porque el subfusil tiene un eficaz silenciador. Las chicas, aun ebrias, previeron el peligro y comentaron el patón que acababa de meter: “Mujer, Soco, o sea, ¡cómo te pasas!”. Socorro las tranquilizó. Nada más fácil que hacer desaparecer los cuerpos cuando todos dormían en mitad de Orión. Si la cosa se ponía fea, ellas tenían un arsenal y a algunos de ellos de su parte. Tendrían que ser más listas. Convertirse en las dueñas de la nave y pasar de la Compañía que las utilizaba por una mierda de sueldo. El tiempo en que estaban allí era una cuarta parte de su vida. Su edad más fértil, más capaz, lo mejor de su juventud. Desperdiciada en encuentros fortuitos con algún cosmonauta con eyaculación precoz. Ella lo hacía porque siempre quiso ir a Orión y morir en Orión. Su amor. Las otras se miraron encogiendo los hombros y sin querer preguntar. 
Tras una perorata de 25 minutos, se decidió que, acabado el barril, saldrían a lanzar los cuerpos por el garbage gate, limpiarían suelos, paredes y techos, y se prepararían para tomar el mando a la menor provocación. 

Dicho y hecho, los cinco cuerpos tratados como basura y Socorro, con insomnio desde los doce años, venga a planificar los subsiguientes movimientos que iban a conducirla a capitanear la nao tras ejecutar a tres quintas partes de la población masculina de abordo, previo informe sobre su actitud, sus aptitudes e historial personal. Sería la primera nave pirata espacial con tripulación enteramente femenina, para lo que ya había previsto obligar a travestirse a los veinticinco hombres con los que se iban a quedar, para hacer todo el trabajo y dar placer a la que tuviese necesidad.

Al día siguiente, el comandante hizo llamar a Socorro del Mar para interrogarla sobre las desapariciones. No necesitaba más. Sacó el machete Keras profesional. Negro. Ligero. Ignífugo. Con un filo como el de la Katana de Sasuke. Le hizo un único corte, en el cuello. La cabeza rodó al suelo y todo dio comienzo. Sus planes se iban cumpliendo. 
La selección de los 25 hombres que sobrevivieron, y quedaron a su entero servicio, se hizo, finalmente, en función de las prioridades sexuales de las amigas de Soco. Una gran jefa. Una líder nata. 
Los más serviciales, entregados y, ahora, agradecidos, machos de la nao, llevarían un collar GPS detector con chip Telcel Cuarto Milenio. Pelucas, tacones, wonderbras y minifaldas.


Era miércoles, pero dada la situación, se suspendieron los juegos de agua y el karaoke. 
Socorro dio orden al piloto de cambiar el rumbo y dirigirse hacia el Bucle Barnard, que rodea como una burbuja la Nebulosa Cabeza de Caballo. Al mismo tiempo, había contactado con varias embarcaciones piratas dispuestas a comprar el cargamento de kriptonita a cambio de oro, combustible y suministros alimenticios entre los que no faltarían cigarrillos y ron para unas décadas. 
A una distancia prudente de Alnitak, hicieron en intercambio con la astronave tudesca Spirit of Hermes, únicos de los que se podían fiar. Todo trancurrió de modo pacífico, sin conflictos ni trucos: los alemanes cumplieron, Soco y sus travestidos subordinados cumplieron. Se despidieron a la francesa como es el estilo pirata estelar y cada uno siguió su camino. Poco importaba a Socorro del Mar que la Spirit of Hermes en un par de años revendiese el polvo de kriptonita al partido nazi y, tras una sangrienta guerra, muy mal llevada por los alemanes, Europa fuese arrasada del mapa terráqueo, aquel lejano e irregular globo de agua. 
La Tiridium 26 se había deshecho de la Kriptonita y estaba en condiciones de seguir adelante en busca del Bucle de Banard. No sé si lo saben pero allí se esconde el mítico río de la eterna juventud que tantos alquimistas buscaron sin suerte. La pregunta es cómo Socorro estaba enterada de esto y cómo conocía su exacta ubicación en uno de los filos de hidrógeno puro en constante movimiento que a lo lejos se percibe de color rojizo como si fuera un efecto óptico translúcido, casi invisible, intocable. 
Tardaron relativamente poco en llegar a Banard, donde les recibió una brisa irisada y rosácea de partículas que les rozaban sin parar. Soco mandó a uno de los travestidos a que saliese y tomase una muestra. Cuando este volvió, ella se llevó la cápsula hermética a su compartimiento y, a pesar de que iba en contra de todos los manuales de seguridad interestelar, abrió el precinto y se llevó el recipiente a su boca, mientras su nariz aspiraba. Notó una quemazón y se desmayó.
Pasadas nueve horas, Socorro del Mar despertó en la enfermería como si nada.  
Despertó llena de energía, pidió un informe de la situación: viandas, alimentos, motores, agua, cigarrillos, ron. Comportamiento de los tripulantes. Bien, todo bien. Hizo sus cálculos mentales. Esta vez no necesitó sacar escuadra y cartabón ni las gomas ni la calculadora científica ni tan siquiera los mapas estelares. Tomaban rumbo a M78, donde se hallaba la evidencia de espuma cuántica más cercana. Huelga decir, por evidente, que la Soco buscaba un puente Einstein-Rosen lo que no está tan claro es para qué se arriesgaría nadie a viajar en el tiempo y en el espacio, con el consabido riesgo de disiparse en millones de partículas (o desintegrarse) cuando acababa, supuestamente, de adquirir el secreto de la vida eterna.

Socorro del Mar ordenó al piloto rodear la cosa para ver hasta dónde llegaba si es que tenía final. Y efectivamente, no era gigantesca tenía como un culo de vapor tupido negro, como toda su figura excepto la gran boca. Entonces, recurrió a unas microcámaras insertadas en unas diminutas esferas hechas de una aleación de metal. Las fue lanzando con una catapulta, sí, una catapulta de puta madre, una catapulta de diseño, negra brillante hecha también de unos ligerísimos metales desarrollados por ACME en el tercer milenio. 
Las bolitas con las microcámaras iban entrando y la pantalla de abordo mostraba oscuridad y más oscuridad por un breve periodo de tiempo y después un crujido, interferencias y se perdía la señal. A la tercera bolita, se vio perfectamente, en medio de la oscuridad, una especie de raja de luminosidad, entonces de nuevo se perdía la señal. 
Tras varias bolitas más (carísimas pero como Socorro las había robado a la NASA, daba igual), se vio de nuevo esa rasgadura, como el ojo de la Virgen de Chiquinquirá, igualito que uno de los ojos de la Chinita. La Virgen verdadera que otorga a quien se lo pide un único anhelo.
La verdad es que Socorro sabía demasiado. En cualquier caso, precavida como era, mandó a uno de los travestidos al agujero en una pequeña embarcación estelar para asegurarse de que el acceso al milagro no era mortal de necesidad. Realmente, no quería morir, la muy zorra.
Los tripulantes se mostraron reticentes y no hubo voluntarios. Aunque, al final, atado, amordazado y aporreado, un tipo llamado Sergio Van de Hausen fue introducido en la cápsula exploratoria bautizada con su nombre como agradecimiento de todos los demás.
El corto viaje de Sergio fue seguido con atención, las almas de todos en vilo, por las pantallas de plasma que había en cada sala de la Tiridium. Salió, rodeó una niebla que despedía su nave, se dirigió --gracias al control remoto-- a la boca del agujero negro y allí penetró. Las sacudidas y quizás los efectos físicos de los millones de campos electromagnéticos hicieron gritar sordamente (por la mordaza) a Sergio, más la nave siguió adentrándose hasta toparse con el haz de luz y la presencia de la Virgen. 
No sé sabe quién estaba más sorprendido si el pobre voluntario o la propia Chinita que pensaba que jamás un humano se le podría acercar. Entonces para pasmo de ambos, la nave dio la vuelta y salió por donde había entrado: Socorro manejaba el joystick con un arte y una precisión insólita. 
Dio órdenes precisas a sus lugartenientes: dar ron a Sergio Van de Haussen, y preparar de nuevo la cápsula, mientras ella se cambiaba el vestido, se ponía rímel y rouge y se hacía un recogido italiano.
Al fin, la mujer estuvo lista, la nave estaba lista y ocurrió.
La nave volvió a penetrar en el agujero negro, la Chinita aún la boca abierta, recibió a Soco con su solicitud preparada. 
-Ave, Virgen admirada. Vengo a hacerte la petición que por mandato de Dios estás obligada a conceder.
-Ave, ser humano, no recuerdo nada de ningún mandato. Llevo mucho tiempo aquí y las emanaciones radioactivas ha mermado bastante mis capacidades cognitivas y la memoria ni te cuento. Y aunque, en principio, estoy tentada de creerte, no sé cómo hacer los deseos realidad.
-Usted... Tú ¿puedo tutearte, verdad? Tú solo óyeme y desea que lo que digo se cumpla para mi interés. Gran Señora, tienes que dejar de esnifar gases, te va a perjudicar seriamente a largo plazo.
-¿Aun más largo?
-Bueno, no sé. Chinita, admirada Señora. No puedo ayudarte. Y tengo prisa. Entiéndeme.
-Entiendo: no viniste a charlar. Dime lo que quieres.
-Deseo regresar al momento en que Orión en pura pasión se me echó encima y me empezó a hacer el amor. Justo antes de mi empujón; mucho antes de lo del Escorpión. Virgencita, qué arrepentida estoy de lo del Escorpión. 


La Virgen estaba confusa, pensando que esta era una de sus muchas alucinaciones. Pero, por si las moscas, se concentró hasta donde pudo y deseó que la tipa aquella volviese atrás en el tiempo y se encontrase bajo el cuerpo de ese tal Orión. Qué manera de flipar hoy, pensó. Y de repente, la cápsula, la impertinente humana del peinado raro y todo lo de afuera había desaparecido.

Socorro, en el cuerpo de Artemisa, se encontró súbitamente aplastada por su compañero de caza al que dejó saciarse a su costa con fruición. No hubo escorpión en la historia, ni en el cielo y ahora yo soy Sagitario (puto efecto mariposa).


Los tripulantes de la Tiridium ya habían puesto pies en polvorosa mientras Socorro hablaba con la Chinita. Descubierta la verdadera naturaleza de los agujeros negros, como los habitáculos de los dioses verdaderos, debatían apasionados qué podían hacer con tan importante información. Tras semanas de discusión, llegaron a la conclusión de que no era tan importante la información y se dejaron llevar por el nihilismo, las bacanales y el alcohol.


La Compañía de Transporte Interestelar S.A. puso una denuncia por la desaparición del navío y cobró una cuantiosa prima del seguro, que tras este incidente quebró.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Como preñada bajo la lluvia en los años veinte
en el esplendor de mi juventud
en la decadencia de la civilización.
Volveré a ti con la semilla germinada de él.
Amor limpido y brillante.
Hasta mañana que se hará de día y verás mi rostro.
Un beso más, una mentira más
antes de la despedida
con la pasión, tal placer animal,
antes de morir de modo figurado,
morirse de pura metáfora.
Con mi incipiente barriga
y tus incipientes cuernos
que no pesan aún
aunque mañana pesarán
pesarán, pesarán insoportablemente.
Pero un poco más,
un baile más,
un abrazo bohemio más.
No me perdones.
No lo soportes.
Quiero que desees matarme.
Todo dará igual mañana.
Solo pido una noche más.
Como preñada bajo la lluvia en los años veinte
en el esplendor de mi juventud
en la decadencia de la civilización.
Volveré a ti con la semilla germinada de él.
Amor limpido y brillante.
Hasta mañana que se hará de día y verás mi rostro.
Un beso más, una mentira más
antes de la despedida
con la pasión, tal placer animal,
antes de morir de modo figurado,
morirse de pura metáfora.
Con mi incipiente barriga
y tus incipientes cuernos
que no pesan aún
aunque mañana pesarán
pesarán, pesarán insoportablemente.
Pero un poco más,
un baile más,
un abrazo bohemio más.
No me perdones.
No lo soportes.
Quiero que desees matarme.
Todo dará igual mañana.
Solo pido una noche más.

lunes, 17 de octubre de 2011

Estaba yo sentada en Washington Garden Street Avenue, tan ciega de cerveza que los nombres de las calles se mezclaban ya no en mi cabeza sino en las calles mismas. Cómo te  llamas. Amanda Irvingtown del Carmen Herodoto Onassis. Anda, como yo. De dónde vienes. De la Avenida Moliere iba para el Campus pero los nombres de las calles empezaron a cambiarse. Claro. Pasa mucho. Pues te acompaño. Vale. Vale. Quieres. Qué es. Cerveza sin  marca: la venden a granel. Ahí en el descampado del Camino San Rafael. Ah. Está fresquita.  Si es la fórmula secreta. Esta cerveza no se calienta. Fíjate con lo que hemos bebido y todavía el litro está medio lleno. Sí. Es la fórmula secreta. Asombroso. No tanto. En serio es imposible que se beba y se beba a morro de una botella y esta no se vaya vaciando. Es física. Algo de si q menos q es igual a q, no estás en la Tierra. Tío, qué profundo. Ya. Oye y queda mucho para el Campus. Espera que miro la calle: Trafalgar Square con Charing Cross. Pues debemos estar ya casi porque este sitio me suena. Me pasas el litro. Mi litro es tu litro. Y tú de dónde vienes. De aquí al lado. Salí de Time Square hace dos meses y la verdad es que ya me dio hambre. En Medicina se come bien. Eso dicen. Pues vamos. Pasa la botella otra vez. Cada vez está más fresquita. La gente de San Rafael que se pasa. Eso parece. Oye y lo que coloca. Sí. Ya. Estás muy callado. Por no interrumpir. Es que no sé cuando has acabado y no quiero ser grosero. Bueno, diré algo para señalar que te toca hablar a ti. ¿Cambio y corto? ¿Corto y pego? Algo así. Creo que lo clásico es lo segundo. Sí a mí también me suena. Dónde estamos, me muero de frío. Abrázame. A ver. Calle Libertad. Estamos casi ya. Abrázame. Vale, te abrazo. Se te pasó el hambre. Que va, tengo más. Puedes comerme un poco mientras llegamos. Llevas mucha ropa y no me gusta la carne con trapo. Sentémonos en aquel portal. Te bajas un poco el pantalón y yo te devoro la parte interior de los muslos hasta recuperar fuerzas. Vale. Vale. Vale. Vale. Vale...

domingo, 2 de octubre de 2011

viernes, 30 de septiembre de 2011

Te echo de menos

Echar de menos un candado,
un cencerro,
una mano,
un recuerdo.
Tus palabras disipadas en la niebla;
la niebla de tu circunstancia y tu miedo.
Yo ya te echo de menos;
te echo tanto de menos.
Te necesitaba de antes de saberte,
de antes de conocerte,
de antes de lograrte,
de antes de que sin tocarme me tocases.
Acaso esto se acabe
sin necesidad de un motivo
ni despedidas lamentables.
Pero tengo miedo de despertar:
despertar en la mañana o en la tarde,
y tener la seguridad,
no la duda,
la certeza,
una certeza de mierda
de que no volverás.
Ir al endocrino para engordar y que el doctor y los tres internos hagan la ola. En ese momento, piensas que este tipo es como tú. Está loco. Y lo besas con desenfreno. El beso siempre queda entre dos, pero los internos son unos soplones así que el endocrino divertido, sexi, gracioso y guapo te deriva al psicólogo.
Al psicólogo llegas desganada. Odias las psicología: es una montaña de mierda tan grande que no se sabe donde empezó. Se lo dices, así. Porque ya todo da igual. Y él va y te da la razón. Dudas de sus motivos. Normal. Es psicólogo, esos que siempre te dan la razón. Le dices tu peso, tu índice de masa corporal y que tienes la crisis de los cuarenta. Y va y te mete mano. Os vais al diván y claro la cura lleva una media hora. Quizás menos, quizás más. No has ganado ni un gramo, pero te vas contenta. El tipo, te da un volante. Y te deriva al psiquiatra.

martes, 27 de septiembre de 2011

Abre los ojos, abre los ojos.
Hazlo pronto. Antes de que se nos lleve el viento y no haya marcha atrás.
Te amo de la única forma que se puede amar, desnuda y sin esperanza.
Pero debes despertar, con un beso, con un guantazo, con una pócima que te haga vomitar.
Debes despertar. Dulce durmiente. Entre los sollozos y los gemidos que ocultan la realidad, disfrazados de verdad.
No hay más verdad que el hoy que vuela, que el mañana pendiente de un hilo. Abre los ojos, ya.
La broma de la poesía de las grandes palabras te lleva hacia un pozo de oscuridad. Palabras como verdad, como libertad, como todos esos otros artificios creados por otras personas como tú y como yo. Que con la bolsa llena, o muriendo en nombre de un verbo se dejaron llevar, o se sintieron llamados a mentirnos antes de morir. Ahora están todos ellos pudriéndose. Al menos darán lugar a un helecho, a un jazmín, al cardo que alimenta a algún animal que nos alimentará. Si dudas, no avanzarás. No hay fantasmas ni sombras que emular. Solo pequeños gestos, humanos, honrados, llenos de dolor y trabajo y que pueden ayudar.
Es la única razón por la que no nos extinguimos: por un lento caminar hacia el amor a los demás. Por todos los cotidianos esfuerzos. Por el pensar para actuar. No para hundirse en el barro donde los inmortales se sumen en el ensueño de la inutilidad y la soledad. Como el inmortal. Hay que huir del espejismo de la espiritualidad. No dejar de ser cuerpo, de caminar, de sembrar, de ser uno más, útil a la comunidad. No estamos abocados al suicidio, a la indolencia, a la huida. Al no estar. Junto a los demás. Los tristes borregos que habremos de amar. Que debemos cuidar. Me siento como Cervantes con ganas no de quemar libros, claro, sino con ganas de romper pantallas planas y falsas expectativas de ser entes flotantes: profundos o superficiales. Entes no humanos, entes no sociales. Inútiles para el devenir de la especie. Yo sé que no eres vapor de agua, ni lluvia pasajera, ni brillo que se apaga. Abre los ojos y míranos. Somos pocos pero estamos aquí por ti, para ti. Porque te amamos.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Último capítulo de la vida de Emma


El modo en que las escaleras crujieron al subirlas él fue distinto. La madera mil veces transitada ya anunciaba un cambio. El ático donde recibía era el único lugar del mundo conocido para Emma. El sonido de las escalas el familiar ambiente que la sacaba de la ensoñación.
En principio, y como siempre, el cazador anda cauto y ansioso ante la presa. Le embarga la inseguridad y el miedo. Le paraliza el deseo. El hambre, quizás. La duda de que ella le rechace porque es bella, joven, inalcanzable y tiene el poder de negarse. Aunque estuviese en aquel ático. Las reglas del lugar y de los amos. El juego de medirse empieza. Ella no es una pieza consciente. Saca sin intención su encanto y un arsenal de preguntas. Él responde a pesar de lo preciosa que es ella, de la falda breve y los zapatos de pulsera. Le cuenta trozos de historias que completan justo el hueco de la necesidad de ella. Ocurre que dejan pasar tiempo indefinido charlando. Ahora ella ríe y sus ojos brillan y no deja de mirarle los ojos, las manos, los labios. A él tras este rato se le acrecientan las ganas, seguro de que no habrá de hacerle un regalo a la dama. Tras el lapso imposible, besos, promesas. Mañana. Otra vez el crujido de sus pasos en las escaleras.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Doble muerte de Clarisa la Pitonisa



Tengo un amigo que mató a una mujer de Dios. No digo que sea un asesino porque cuando la mató ya estaba muerta, pero vamos el infierno no se lo quita nadie. La víctima era conocida por Clarisa del Carmen Suplicio Ortega y Gasset Vigotsky. Fue una pequeña celebridad. Una gentil dama, alegre y charlatana. Muy charlatana. Tenía innumerables capacidades espirituales; pitonisa, médium, adivina y curandera; harto conocida por su proverbial labia y su innata capacidad de autobombo. Entraba en trance que era un espectáculo y, claro, le dieron un programa en la televisión local. El programa duró tres meses. No se supo por qué. Alguna verdad diría que a alguien inquietaría y ya se sabe cómo son los de las altas esferas: es levantar un teléfono y antes de marcar siquiera, han despedido a alguien.
En fin, Clarisa del Carmen nunca hablaba de eso. Pero de otras cosas no paraba de hablar. Se pasaba el día de visita dando consejos y dejándose invitar a almorzar, a un café, a merendar, a cenar y ya, si no le ofrecían acompañarla a casa a altas horas de la madrugada, se acomodaba donde fuere que igual le daba un sofá, la cama del anfitrión con prerrogativas naturistas e incluso compartir el lecho conyugal de vecinos, amigos y cuasi desconocidos que por tanto ya dejaban de ser desconocidos. 
Se dice que algunos dejaron de abrirle la puerta cuando venía a sus casas. Que con los años se había vuelto insoportable. Hablaba y hablaba sin parar y jamás prestaba atención a nada de lo que los otros trataban de explicar. Les leía el futuro sin que lo desearan y contactaba compulsivamente con muertos y vivos sin su permiso, en el modo más impertinente que se pueda imaginar. Llegó a convocar al alcalde para que le arreglasen su calle. Y trató de hipnotizar a varios policías municipales para que le quitasen las multas. No dejaba de meter baza. Aconsejaba a las mujeres que no fuesen fieles a sus maridos, que se resistieran a tener sexo convencional y aburrido, que no quitaran el polvo ni fueran a trabajar. Y otras cosas igualmente extrañas e intolerables. Últimamente a muchos señores a los que no conocía de nada les llegó a decir que debían aceptar su lado femenino y "salir del armario" que lo leía en sus manos, en el aura violeta que les rodeaba y que solo ella era capaz de ver.
La verdad es que mi amigo no dejaba de fantasear con matarla. Pero llegó demasiado tarde. Aun así, excepto a mí, a todos les contó que fue él quien la ajustició. Que se la cargó, la liquidó, la silenció, la aniquiló. Estaba tan eufórico que se le fue la cabeza. ¡No me importa!, gritaba. ¡Qué todos lo sepan! 
Yo temí por él. Pensé que lo encarcelarían y no lo volvería a ver. Mas no. Que va. Nada de eso llegó a ocurrir, jamás pisó una celda ni nadie vino a buscarle y a pedirle cuentas por el crimen que no cometió aunque abiertamente se atribuyó. Al contrario, tan pronto como la voz se corrió, la gente de forma anónima le enviaba paquetes con viandas, vinos y botellas de licor. Incluso el jefe de la policía le proporcionó una coartada y el alcalde le dio las llaves de la ciudad.

martes, 20 de septiembre de 2011

Suspendidos en cualquier modo que nos es ajeno, que no depende de nosotros pero del que nosotros dependemos. Suspendidos en medio del Océano. Por un tiempo indefinido. Bailamos suave sobre las olas sin tocarlas, sin mojarnos. Todo este paisaje como dibujado para nosotros. Agua que no moja, viento que no despeina, tiempo que no envejece. Pero, siempre pero, el reloj debe volver a su sitio. y la Gimnopedie deja de sonar.
Habremos de soltarnos las manos y decir las últimas palabras. Habremos de convenir al rito de cada lugar. De sucumbir a cada necesidad. Cambiar tu boca por otras bocas, tu espalda por otras espaldas.
Ya no sabremos más que lo de nuestro mar. Yo no sabré más que lo de mi hemisferio, mis coordenadas, mi país, mi distrito, mi barrio. Un remolino de ropa sucia y figurillas que desempolvar.
Si se me hace intolerable, trataré de olvidar. Mas no es fácil olvidar. Conformarse. Claudicar.
Planeo el enésimo absurdo. Recopilo un buen fajo y me acerco al cirujano local. Borra mi memoria. Que no sepa. Que no sepa quién fui cuando estuve con él. Déjame vacía, liviana, vacua. Si puedes, déjame inútil, tonta, loca. Dame la solución que les diste a todos: conviérteme en un robot, un robot con fecha de caducidad.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Siempre llevaba guantes. Imposible disimular el color negruzco de los dedos que ya no eran sus dedos. Salía a la caída de la noche, con guantes y gafas de sol, para tomar el pulso al ocaso y escapar del gran escándalo. El ritual de cada día. Afuera, los gritos y las peleas de los vecinos eran amortiguados por el sonido de los motores de la fábrica. Y las nubes, que no eran nubes, la llenaban de paz y la animaban a otear el cielo y la forma cambiante del vapor. Los vientos de poniente que se llevaban las voces y los ruidos y el olor reconfortaban. Recordaba en aquellos ocasos otras vidas que no hace tanto vivió.
Fue entonces cuando la vio. Se dijo que era un ratón de campo, un gato extraño, un castor. Sin embargo, entró y clausuró cristales, ventanas, puertas y agujeros con todo lo que pudo. Ya de día, puso trampas. Nada de veneno, era demasiado caro y le habían dicho que las ratas tenían un olfato magnífico y no morderían la comida envenenada. Veinte o treinta pedazos de madera con un artilugio de alambre cubrían el suelo del porche que daba al cerro. A media noche, chasquidos y trotes y chillidos. Choques, porrazos. Sonido como de madero que se parte bajo el hacha del leñador. Un estruendo que la aterró. Sin poder evitarlo, saltó de la cama, sacó a los niños de su sueño protector.
Llamó al padre de su hijo mayor. Claro que puedes quedarte. El tiempo que quieras. Era el único que aún la estimaba y vivía solo y cómodamente en una casa en la que cabrían los siete. Ella, su hijo y los cinco bastardos que llegaron en intervalos de dos años. Los críos desvelados, ajenos al asco y la aversión, corrieron de habitación en habitación y saltaron alegremente sobre las camas. Ella tomaba calmantes y temblaba, aislada del jolgorio. El padre charlaba trabajosamente con el chaval.
Tras el alboroto del desayuno, los tazones de café, chocolate, leche y el pan desperdigado por todos lados, el hombre tomó el machete y el rifle de caza. Le pidió las llaves de su casa, que ella con guantes y gafas de sol, en la penumbra de la sala y la resaca de la medicación tardó lo que él consideró una eternidad en sacar del raído bolso.
Siempre llevaba guantes. Imposible disimular el color negruzco de los dedos que ya no eran sus dedos. Salía a la caída de la noche, con guantes y gafas de sol, para tomar el pulso al ocaso y escapar del gran escándalo. El ritual de cada día. Afuera, los gritos y las peleas de los vecinos eran amortiguados por el sonido de los motores de la fábrica. Y las nubes, que no eran nubes, la llenaban de paz y la animaban a otear el cielo y la forma cambiante del vapor. Los vientos de poniente que se llevaban las voces y los ruidos y el olor reconfortaban. Recordaba en aquellos ocasos otras vidas que no hace tanto vivió.
Fue entonces cuando la vio. Se dijo que era un ratón de campo, un gato extraño, un castor. Sin embargo, entró y clausuró cristales, ventanas, puertas y agujeros con todo lo que pudo. Ya de día, puso trampas. Nada de veneno, era demasiado caro y le habían dicho que las ratas tenían un olfato magnífico y no morderían la comida envenenada. Veinte o treinta pedazos de madera con un artilugio de alambre cubrían el suelo del porche que daba al cerro. A media noche, chasquidos y trotes y chillidos. Choques, porrazos. Sonido como de madero que se parte bajo el hacha del leñador. Un estruendo que la aterró. Sin poder evitarlo, saltó de la cama, sacó a los niños de su sueño protector.
Llamó al padre de su hijo mayor. Claro que puedes quedarte. El tiempo que quieras. Era el único que aún la estimaba y vivía solo y cómodamente en una casa en la que cabrían los siete. Ella, su hijo y los cinco bastardos que llegaron en intervalos de dos años. Los críos desvelados, ajenos al asco y la aversión, corrieron de habitación en habitación y saltaron alegremente sobre las camas. Ella tomaba calmantes y temblaba, aislada del jolgorio. El padre charlaba trabajosamente con el chaval.
Tras el alboroto del desayuno, los tazones de café, chocolate, leche y el pan desperdigado por todos lados, el hombre tomó el machete y el rifle de caza. Le pidió las llaves de su casa, que ella con guantes y gafas de sol, en la penumbra de la sala y la resaca de la medicación tardó lo que él consideró una eternidad en sacar del raído bolso.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Sopla el viento
Me asomo
Un sombrero vuela por tu calle
Desde el suelo un caracol se agarra en su líquido 
como un flaco encerrado en el cuerpo de un gordo
Llueve. Una lluvia mediocre, una media de 4.

En las noticias se preocupan por la radioactividad: 
2000 grados fahrenheit en algún lugar
Saco el abanico que se moja bajo la lluvia indiferente
Una lluvia antigua, indolente, sabia como el risco,
testaruda como la cabra,
eterna y dependiente como un satélite.

Ver las noticias y tomar el sol bajo la lluvia radioactiva
El absurdo en la pesadilla
Una bomba en un sobre en un buzón en una calle de París
Un ratón de campo en el estómago de una pitón
Un libro atrapado en una vitrina de cristales opacos
un reloj invisible, un pañuelo inservible
zapatos por el suelo como restos de algo
Viento y más viento.
Lluvia y más lluvia. 
Parece que no hay fin en este trayecto
que la deriva es infinita no acaba no acaba jamás
pero no es verdad
el infinito es un concepto un espejismo
Una mentira, una creencia: otro muro más

Un infinito dentro de otro infinito
cajas dentro de cajas dentro de cajas
Ruido. Manos. Voz: Cierra los ojos
¿Qué ves? Síntesis, metáforas, saltos en el tiempo
El surco onírico, boreal, ubérrimo,
Una puesta de sol.
No la aurora, no el alba; una puesta de sol.
Eso veo, hermano, infinitas cajas donde el trueno ruge
la lluvia cae, el viento sopla
donde el invierno silente,extraño
te atrapa en una de las cajas.

Sopla el viento
Me asomo
Un sombrero vuela por tu calle
Desde el suelo un caracol se agarra en su líquido 
como un flaco encerrado en el cuerpo de un gordo
Llueve. Una lluvia mediocre, una media de 4.

En las noticias se preocupan por la radioactividad: 
2000 grados fahrenheit en algún lugar
Saco el abanico que se moja bajo la lluvia indiferente
Una lluvia antigua, indolente, sabia como el risco,
testaruda como la cabra,
eterna y dependiente como un satélite.

Ver las noticias y tomar el sol bajo la lluvia radioactiva
El absurdo en la pesadilla
Una bomba en un sobre en un buzón en una calle de París
Un ratón de campo en el estómago de una pitón
Un libro atrapado en una vitrina de cristales opacos
un reloj invisible, un pañuelo inservible
zapatos por el suelo como restos de algo
Viento y más viento.
Lluvia y más lluvia. 
Parece que no hay fin en este trayecto
que la deriva es infinita no acaba no acaba jamás
pero no es verdad
el infinito es un concepto un espejismo
Una mentira, una creencia: otro muro más

Un infinito dentro de otro infinito
cajas dentro de cajas dentro de cajas
Ruido. Manos. Voz: Cierra los ojos
¿Qué ves? Síntesis, metáforas, saltos en el tiempo
El surco onírico, boreal, ubérrimo,
Una puesta de sol.
No la aurora, no el alba; una puesta de sol.
Eso veo, hermano, infinitas cajas donde el trueno ruge
la lluvia cae, el viento sopla
donde el invierno silente,extraño
te atrapa en una de las cajas.

El cuento que me persigue durante el día. Mi día cansado, soleado, agitado, alegre, caliente, angustiado. Mi día de consolar por activa o por pasiva. Mi día que no sabe cómo es hasta que no acaba. Sin identidad, sin certezas, sin valor, sin importancia. Sin rumbo pero con esperanza. Me deshago en cuartos de hora. Piezas desordenadas, recuerdos a destiempo, decisiones equivocadas, prisa y conducción temeraria. Las agujas del reloj, lapsus de tiempo, suspiros, aliento y desaliento. Las canciones que descargo. Los libros que me bajo. Las páginas que leo y releo. 
Cada instante es el día del que no me percato. El instante tierno del abrazo en la puerta del colegio. El instante sórdido en la mirada del vecino del tercero. Todos esos personajes de la novela de mi vida, puestos ahí por un dios imaginario. Gritan, me ceden el paso, me abren las puertas, pagan mi café, me rozan el brazo, me matan la reina, me regalan chocolate, versos, halagos, orgasmos. Como círculos que se solapan para demostrar una teoría en la que yo invento un cuento para embaucarte de nuevo. 

El cuento que me persigue durante el día. Mi día cansado, soleado, agitado, alegre, caliente, angustiado. Mi día de consolar por activa o por pasiva. Mi día que no sabe cómo es hasta que no acaba. Sin identidad, sin certezas, sin valor, sin importancia. Sin rumbo pero con esperanza. Me deshago en cuartos de hora. Piezas desordenadas, recuerdos a destiempo, decisiones equivocadas, prisa y conducción temeraria. Las agujas del reloj, lapsus de tiempo, suspiros, aliento y desaliento. Las canciones que descargo. Los libros que me bajo. Las páginas que leo y releo. 
Cada instante es el día del que no me percato. El instante tierno del abrazo en la puerta del colegio. El instante sórdido en la mirada del vecino del tercero. Todos esos personajes de la novela de mi vida, puestos ahí por un dios imaginario. Gritan, me ceden el paso, me abren las puertas, pagan mi café, me rozan el brazo, me matan la reina, me regalan chocolate, versos, halagos, orgasmos. Como círculos que se solapan para demostrar una teoría en la que yo invento un cuento para embaucarte de nuevo. 

jueves, 15 de septiembre de 2011

Septiembre

Pesadas nubes que se extienden y se agrupan. Demos un paseo. Yo de la mano de papá, mi hermano de la mano de mamá. El barrio en un lento anochecer, bajo el cielo y su olor. Vecinos que saludan en la
tarde que acaba.
El día que noté que mi vista fallaba. La calle ante mis ojos se angostaba.
Una bulla fenomenal despertó a papá. Peleábamos en el salón. Cuando entró, mi hermano me tenía en el suelo. Papá lo agarró, como a un muñeco ligero, y lo golpeó. Lo golpeó y lo golpeó. Alguien gritó. Mi madre lo paró. Mi padre lloró. Mamá lloró. Mi hermano lloró. Mi madre abrazó a mi hermano, mi padre abrazó a los dos. Yo, apartada, los miré. En el falso nudo. Los miré desde la lejanía de la miopía y el aturdimiento. Los miré. A los tres.
Demos un paseo.

Septiembre

Pesadas nubes que se extienden y se agrupan. Demos un paseo. Yo de la mano de papá, mi hermano de la mano de mamá. El barrio en un lento anochecer, bajo el cielo y su olor. Vecinos que saludan en la
tarde que acaba.
El día que noté que mi vista fallaba. La calle ante mis ojos se angostaba.
Una bulla fenomenal despertó a papá. Peleábamos en el salón. Cuando entró, mi hermano me tenía en el suelo. Papá lo agarró, como a un muñeco ligero, y lo golpeó. Lo golpeó y lo golpeó. Alguien gritó. Mi madre lo paró. Mi padre lloró. Mamá lloró. Mi hermano lloró. Mi madre abrazó a mi hermano, mi padre abrazó a los dos. Yo, apartada, los miré. En el falso nudo. Los miré desde la lejanía de la miopía y el aturdimiento. Los miré. A los tres.
Demos un paseo.

lunes, 12 de septiembre de 2011

no debería

No volverá a importarme. Nada de lo que haces, hagas o hayas hecho me debería siquiera interesar.
Si me utilizas y me ocultas, y juegas de nuevo a apostarte mi alma no me turba, no me aturde, no me afecta. No me impide continuar.
Me lo prometí ayer, esta mañana, hace un mes, que no me iba a volver a preocupar.
Puedo, si quiero, dejar cualquier cosa. Dejé de respirar, dejé de mentir, dejé de volar. Dejaré de salir a la noche y soñar.
Y qué si suplantas mi identidad. Y qué si te mueres de la pena. Y qué si te importo menos que cero. O un potosí, lo que tarda en caer la arena.
Que me devore esta bestia.
Igual que lo dejo todo y me muero y vuelvo a nacer. Igual que sacrifico mi estómago para que la cosecha sea  buena para que los que sobrevivan puedan comer. Igual que me dejo devorar por un demonio con tu rostro mientras soporto el dolor.
Agonizo. Pero no me importa, no debería importarme. En algún momento dejaré de morir y moriré. Entonces lo que me hayas hecho desaparecerá. Por eso no debería importarme.
Que me borres y en mi lugar dejes lluvia, suelo sucio y mojado.
Que donde estuviera yo haya barro.
Qué me podría importar.

sábado, 10 de septiembre de 2011

El último fin de semana de mi vida


Era el último fin de semana de mi vida y resulta que llovió. Dejé para otro momento el paseo, la merienda, el final de aquel libro, la última erección. Porque llovió y hubo un eclipse de sol. Dejé todo lo que estaba haciendo. Salí a ver la lluvia en la oscuridad. Oh contradicción. Sí. Salí. Me paré en la esquina. Alcé la cabeza tratando de abrir los ojos. Un pájaro cayó ante mí. Muerto. Cayó a unos centímetros de mis pies. Suerte que soy persona de llevar la cabeza bien alta. Sin duda, había muerto de un infarto. Su diminuto corazón no había resistido la repentina e insoportable oscuridad. Yo ya sabía que igual que la pequeña ave, lo mío estaba al caer. Lo sabía porque lo sé. Lo sabía porque entonces ya había hablado con Él. A mí me daba igual. Nunca he sido de esos que, si no sale el sol, amanecen tristes. Nunca he sido de esos. Jamás me deprimió el invierno, el infierno, el anuncio de la muerte. El interminable anuncio de la muerte. Desde que aprendemos a pensar. Tengo un recuerdo de cuando era chico y me di cuenta de lo que era la muerte. Que la abuelita estaba en el cielo pero también en unas cenizas metidas en una caja en la Iglesia de la Victoria. Ya era entonces yo como sería siempre. Yo. Así lo recordé entonces. Así lo recuerdo.
Estaba mojado, quieto y tranquilo. En la esquina. Con el pájaro negro entre mis arrugadas manos. Sabía lo que me sobrevenía y que después todo sería vacío. Lo sabía porque lo sé. Porque Él me lo dijo. Me parecía que era viernes pero ya era sábado. El eclipse duró una eternidad y el pájaro se puso duro como una piedra. Tieso, más que mi verga hacía unas horas cuando pensaba en lo que iba a hacer antes de morir. Qué duda cabe, qué duda cabía. Pensaba terminar la novela a ver qué coño le pasaba a Martín, merendar cacao caliente con bollos de chocolate, ir a espiar a las bailarinas desde el portal, volverme a casa y darme el último homenaje, a la salud de todas ellas y de tantas otras, reales o imaginarias. Forzar la más magnífica paja de mi vida. Todos habríais hecho lo mismo: me iba a morir y no tenía mujer ni novia ni amiga a la que pudiese convencer de que viniera ni la pasta necesaria para abonar los servicios de una acompañante que mereciera la pena. Me acordé entonces de la milla verde, del corredor de la muerte, de la última comida que los pobres cautivos no podían ni tragar. Atormentados por el miedo de una muerte fatal, por la incertidumbre de lo que viniera, por la creencia o la duda más o menos remota del castigo que pudieren merecer. No me dio lástima ni miedo. Solo lo pensé.
Ya dentro, lancé el cadáver del pájaro a la basura y me vestí de nuevo. Limpio, cómodo y seco. Miré el reloj, el calendario, me tomé el pulso, saqué la novela, mientras leía las últimas tres páginas, me comí una tableta entera de chocolate. A Martín lo saqueaban, lo emplumaban con alquitrán, lo apedreaban, lo apuñalaban y moribundo aunque vivo aún lo violaban diecisiete cuatreros apadrinados por el cacique al que al inicio de la historia retaba. Después, mientras sangraba copiosamente por la boca, entre otros orificios de su cuerpo, rezó una oración y murió tras una agonía que me agotó. Vaya. Habría apostado a que Martín acabaría con los matones y volvía al rancho y sacaba a la chica de las garras del terrateniente y sus amigotes un segundo antes de que la torturasen. Pero no.
Qué casualidad, pensé echando un vistazo al reloj. Primero el eclipse, después el pájaro, después Martín y ahora yo. Valoré la broma. Lo inverosímil de aquellas tres páginas llenas de nerviosas pulsaciones y crueles detalles. Todo tan rápido. Tan sórdido y extrañamente nuevo. Supe que tras aquella abreviación de mi tiempo había un macabro sentido del humor y una provocación a la que mi carácter no daría satisfacción. Lo sabía, estaba seguro, aunque ahora no lo sé. Él no me lo dijo ni antes ni después. Realmente ahora creo que entonces empecé a divergir del Yo que siempre fui. Pues lo que entonces era certeza no lo fue después.
Miré el reloj. Era tiempo. Fui, como debía, al mueble bar. Intacto desde hacía catorce años, pues yo no bebía ni jamás había recibido visita alguna a la que agasajar. El día que alquilé el piso, al parecer, compré 3 botellas de Ballantine’s, 4 de Havana siete años y 12 de ginebra Larios. Lo recordaba entonces, no así en este momento. De todos modos, tomé una de las botellas de ron y me dirigí al baño. Cogí las pastillas. Todas aquellas píldoras recetadas por médicos a los que decía que quería morir o matar (iba alternando para amenizar tantas jornadas exactamente iguales).
*

-Juzga tú mismo.
-Me falta juicio para juzgar. No acabo de decidir qué postura he de tomar. Todas me parecen lo mismo.
-Es cierto. Siempre lo olvido.
-A veces me llega a extrañar. Porque soy inteligente, pero soy incapaz de pensar con claridad. ¿Es eso una inconsecuencia de mi personalidad?
-Es muy posible. Muy posible. Qué perspicaz. De verdad que estas conversaciones me ayudan mucho. Vuelve cuando quieras. Ahora tengo que seguir con mi tarea. Me urge aprovechar este momento de clarividencia.
Me despidió. Así. Como otras veces. Sin que yo entendiese muy bien qué hacía en aquel lugar nebuloso y sombrío. A aquel olor que contaba la historia del hombre. Los millones de cigarrillos sostenidos en el tiempo y perpetuados en el ocre de la piel del escritor. El semen que curtía la alfombra bajo el escritorio. El ácido y húmedo y a veces dulzón hedor de Él.
Entonces no podía comprender por qué le profesaba esta extraña devoción.
Me tomé todas las pastillas. Con casi media botella de ron Havana. Pasado un rato, empecé a encontrarme mal. Pero mal. Muy mal. Náuseas, dolor, angustia. Me faltaba la respiración, todo me daba vueltas. Me venían arcadas pero no acababa de vomitar. Tampoco quería. No quería dar marcha atrás. Tenía que morir lo que no sabía era lo que iba a durar, lo que no entendía era la agonía. Nada de aquello era necesario. Lo mismo que en la muerte de Martín. Algo de falso, algo sádico en esa mano.
Caí. Como aquel pájaro negro durante el largo eclipse. Aquel extrañísimo fenómeno como una aurora boreal, como una playa pintada. Como una selva en un escaparate.
*

-Pregunto por ahí. Pregunto a todos los que conozco por ti y no saben quién eres. Incluso en este mismo edificio. Nadie sabe quién eres. Es insalubre vivir como tú vives. Ser como tú eres.
-No te preocupes de mí. A qué personas has preguntado. Cómo se llamaban, quiénes eran.
-Es raro. No lo recuerdo. Seguro que en cuanto salga de aquí en el momento más inesperado me sorprenderá la respuesta. ¿Es raro?
-Ocurre a veces.
-¿Soy raro?
-No creo que seas diferente a otros como tú, si es eso lo que te estás preguntando. Pero si he notado que tienes un nivel de conciencia muy elevado. No eres sencillamente tú. Eso te hace interesante. Que vengas aquí a traerme comida. A hablar todos estos ratos. Eso sí es extraño. Qué te impele a hacerlo es lo que me mantiene en vilo.
-¿Por qué? ¿Por qué no debería venir a visitarte y disfrutar con tu compañía?
-Porque eres joven. Tienes belleza, fuerza y tantas posibilidades a tu alcance... Tantas posibilidades... Y he aquí que vienes a malgastar tu tiempo a mi casa. Y esto es lo más parecido a un cementerio de un solo muerto. Un muerto que aún no ha muerto.
-No digas eso. No eres tan viejo.
-Podrías mudarte de ciudad, viajar, recorrer lugares y conocer mujeres, tener amigos. Vivir aventuras. Y te mantienes en tu cuarto, leyendo. Solo sales para trabajar en ese sótano del periódico. No eres raro, pero lo que haces no lo entiendo. Yo navegaría. Pero solo tengo edad y energía para quedarme aquí y trabajar en mis escritos.
-Qué curioso. A veces sueño despierto con partir en barco. No sé si buscar un trabajo que me permita navegar. Pero después no me apetece hacer más de lo que hago. Apenas emprendo una nueva actividad me siento incómodo, cansado, inquieto. Solo me calmo cuando vuelvo a casa. Me tranquiliza también venir aquí. Oírte hablar. Dejar que me leas lo que escribes. Poner mi cabeza en blanco y hablar.
*

Así. Reventado en el suelo. Agonizando. Muriendo. Muriendo. Muriendo. Sin morir.
Maldito. Maldito sea Él.