Hay
un silencio intrigante: el momento en que cierras el libro y ya no ves qué
pasa. Es un momento digital, de ceros y unos. Un momento de todo o nada, tal
como hemos organizado la realidad. Un todo o nada, maniqueo y obtuso que en
composición compleja puede reflejar de modo cubista lo que sea. Abres el libro,
uno. Cierras el libro, cero. El mundo de ficción, antiadherente y odorfresh, se va ninguna parte cuando
entornas los ojos y te rindes al sueño, cuando suena el teléfono, cuando la
urgencia te hace salir de ese mundo para entrar en esos otros mundos: comer,
dormir, ir al baño, freír un huevo,... Lo bueno de la Literatura es que no huele. Mentira.
Si un cuadro tiene aire, un libro tiene olor. Aunque, en general, nadie ve el
aire de Las Meninas ni nota el olor a carne podrida de 2666, el olor a sudor tierra mojada y
letrina de Trópico de Cáncer, el olor de miseria y agua estancada de Los demonios,
el olor a polvo de medicinas de La broma infinita, el olor a salmón ahumado y sangre de
Baila, baila, baila, que, como todo lo que escribe el maldito Murakami, me da
hambre. Casi nadie lo nota, creo. Pero que la mayoría perciba o no algo no
quiere decir que ese algo no esté ahí para nosotros, ¿verdad? Los esforzados
amantes, ocultos en el silencio intrigante y lleno de significado, en los
matices entre la luz y la oscuridad. Algo ebrios y disimulados, esperando con
impaciencia nuestra porción de soledad para volver a abrir el libro y
sumergirnos en ese espacio virtual y adictivo que no es el mundo real pero que está más cerca de serlo que los demás.