sábado, 29 de diciembre de 2012

A toda costa


Llevo sangrando desde los doce años... casi treinta años sangrando. Casi treinta años, con la característica que me hace igual a tantas criaturas de las que no sé nada. Con la sensación de quedarme fuera de una gran fiesta de reinonas y evas al desnudo disfrazadas de lolitas, de ángeles rechonchos con feas voces, cascadas de berrear en medio de la sala. A solas en la noche de las falsas ingenuas, futuras “señoras” que se escandalizan de las putas profesionales, puritanas de alto standing. Perdida en la mascarada tras la que no se distinguen las intenciones.
Ahora mismo estoy sangrando entre los amores disfuncionales de Kimkiduk, la selección de hechos reales de Sion Sonno y el delirio americano “fin de fiesta” del segundo milenio: una broma que habrá que visitar dos veces. Sangrando, como testigo de excepción del vacío de varias vidas, espectadora del punto y final más barroco y postmoderno: la proyección de una escena ecuestre cuyos protagonistas se despedazan en mitad de la nada.
Y me miras adormilada, adormilado, sexy caparazón de rubicundas ruindades, mujeruca llena de verrugas, pasajero ensimismado en las actividades deportivas de tu barrio, ojerosa madre preocupada, plumífero enfermero de la quinta planta, joven de siete cabezas del final del vagón; me miras mientras sangro, ojos ora interrogantes ora aterrados ora amenazantes. Con el vaivén de un monstruo alienado. Sin saber si sueña... deseando estar en un sueño. Con el cóctel farmacopólico aún viajando por tu sistema digestivo, bailando en el estómago, calando en la sangre, subiendo al sistema linfático, palpando el sistema nervioso central, bajando hacia los intestinos con vocación escapista. Eres todas esas criaturas que yo enveneno con mi presencia y te invito a tomar de la copa que te ofrezco sinceramente, con la idea de, no obstante la alteración del habla por la afectación del nervio hipogloso, sacarte la verdad a toda costa.

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