domingo, 30 de diciembre de 2012

Ciudad de cristal

¿Qué sucederá cuando no haya más páginas en el cuaderno rojo?

Hagámoslo bien, viajemos. Demos la razón a la naturaleza y dibujemos las sinuosas curvas de la costa mientras sintonizamos la radio. Pink Floyd, Echoes. Live at Pompeii. Gracias. Así podríamos acabar el año. Entrar en la nueva era ingenuos y descansados, con la memoria vacía de datos inútiles y desgastados de puro repasados. Ni siquiera llevemos una maleta con objetos que nos recuerden quiénes somos, quiénes podríamos haber sido o quiénes hemos aparentado ser hasta ahora mismo. Que sea el azar o el autor de nuestra historia el que ponga título, el que establezca un principio, el que ponga un punto y final o unos puntos suspensivos. Nosotros solo escuchemos el mar con música de fondo. La cuestión no somos nosotros, es el viaje mismo y si el viaje significa algo o no, no es el viaje el que ha de decidirlo... 
Que la historia dé comienzo con una BSO y un cuaderno rojo vacío, con una llamada al teléfono móvil de alguien que no existe o que está perdido, con unas interferencias, cruces de línea, extrañas referencias por interminables carreteras secundarias que arañan todas las ciudades costeras. Cada cosa que entre en el coche aportará incongruencia al universo incoherente que formamos. "El día está medio lleno", diremos; "soleado y frío", diremos; "agradable invierno mediterráneo", diremos. Anotaremos en nuestro cuaderno la esperanza de encontrar la perfecta diáfana mañana de enero tras algún cambio de rasante, tras una mutación en el aire que reste esa humedad palpable. Y ocurre que, pasado cierto tiempo, nos sentiremos incapaces de medir o calcular, ni tan siquiera de considerar el paso de las horas o los días: el viaje se habrá convertido en lo único importante. Y dormiremos poco para no perder el paso y seguir el viaje, no podremos apenas parar para comer o echar gasolina o comprar comida o evacuar lo comido fuera de nuestros cuerpos. No tendremos en cuenta que en el mundo, confuso y deslumbrante, el dinero se gasta, el pelo se enmaraña, las ropas apestan si no te las cambias... Sin embargo, y mientras tanto, recogemos pasajeros fugaces: entran y salen tras explicar farragosamente una verdad que no nos importa pero nos cambia; un viejo excarcelado y un joven poeta perturbado que comparten nombre, ADN, obsesiones,... su extraño mundo son solo palabras. Otra curva, otra canción, otra página del cuaderno rojo donde describimos a aquellos que suben a nuestro coche. Nos miramos. Al menos no estamos solos... Al menos el día luce espléndido... Al menos estamos de viaje. 
En el coche caben más viajeros: primero, esa mujer voluptuosa que nos perturba con una muda promesa de sexo y que nos embauca y motiva cambios en nuestra trayectoria; después, el propio autor de viajes con esposa rubia y un niño como el nuestro, y con un nombre exactamente igual que el nuestro, con una afición por el descubrimiento de la simulación que nos suena de algo, con un familiar parecido a algo que plagiamos o suplantamos en algún momento. Y llenan nuestro coche con sus palabras y sus ideas, con el lenguaje que emplean, con lo que dicen que seguirá ahí ocupando espacio incluso cuando ellos se hayan marchado. Y pasa o ha pasado ya, ahora no lo sabemos bien, que, en algún punto borroso del camino, todas las voces se juntan y estallan como una fuerza visible que después desaparece y nos deja en la niebla sin más que un cuaderno rojo lleno de fragmentos y un sentimiento de que nada de lo pasado durante el viaje importa más que como cúmulo de casualidades, un puente, que nos ha traído a ese lugar exacto donde nos hallamos. La única consecuencia real de la explosión es que ha dejado sobre nosotros una pesada nube que obstaculiza nuestra visión  e impide continuar el viaje. Y ahí quedamos: esperando, escribiendo y esperando. 
Nos miramos, mas es tan espesa la niebla que no vemos a nadie, apenas nos vemos el cuerpo entero. Y cada vez es más tupida y, al tiempo, más oscura la niebla. Podríamos hablar, preguntar, pero no lo hacemos y no sabremos por qué jamás; se nos ha olvidado cómo hacerlo o ni se nos ocurre hacerlo. La cuestión es, en fin, que no lo hacemos... así que no hay nadie: únicamente un solo nosotros con un cuerpo incompleto en un coche que no avanza en medio de un viaje que se interrumpe abruptamente. Y no nos movemos. No nos movemos y la situación se eterniza. Nuestra vida se prolonga por milagro, o porque sí, sin agua y sin alimentos, mientras duran las páginas del cuaderno rojo donde estamos escribiendo justo esto. Después, el cuaderno rojo se acabará y nosotros desaparecemos dejando como epitafio una falsa sensación de culpa en nuestro cínico creador.

Post Scriptum
El existencialismo es aun más deprimente una vez superada la existencia de dios y el propio ateísmo. Quinn no se pregunta qué pasa ni por qué, no se rebela ni trata de sobrevivir. Una vez llegado el momento, se pregunta tan solo qué pasará. No hay resistencia ni angustia en el final de Quinn: le falta la conciencia de estar vivo y de estar a punto de morir (o quizás es que eso no [le] importa). Como un pelele, extremada la indefensión del personaje y su condición de tal mediante la falta de profundidad en el carácter y la carencia de personalidad, el escritor se recrea en ahogarle en la más profunda de las confusiones de manera gratuita y absurda y lejos de los planteamientos de una sociedad kafkiana y alienante. Por otra parte, a poco que reflexionemos, el hombre de dos dimensiones mal esbozado, zarandeado, destruido, enloquecido y vilipendiado por el que lo ha creado ad hoc, representa bastante bien al hombre que conoces y vive so, sobre, tras, en ti. El proceso metaliterario es cínico por definición, triste por definición, inagotable por definición y, sumado a la ausencia de ironía, es agobiante por definición...

Cap. 10: Don Quijote, disfrazado de moro, contratado por Cervantes en el mercado de Toledo para traducir la historia del propio Don Quijote.  

5 comentarios:

  1. He leído muy poco a P.A. Lo recuerdo como que contaba buenas historias. Pero no me enganchó para seguir leyéndole. ¿Ves? leyendo cosas de estas dan ganas de volver a asomarse. se pregunta uno ¿será el mismo P.A. que yo leí?

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  2. Aprovecharías más leyendo a Paul Auster y menos a mí. Por cierto, acabo de reescribir este texto e igual ya no te gusta.

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  3. ¿Necesitas un diccionario?
    APROVECHAR intr. 'Dicho de una cosa: Servir de provecho'. 'Adelantar en virtud, estudios, artes, etc.'. U. t. c. prnl.

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  4. Los chinos tienen una imagen muy oportuna para eso:Estudiar el arte de matar dragones. Se ríen mucho de los tipos que dedican toda su vida a este noble estudio. "Vete tú a encontrar dragones en los que aplicar tu arte", dicen. Se ríen jactanciosos, mientras invierten en bolsa, construyen puentes, fabrican ladrillos de concreto para levantar edificios. "Matar dragones", se burlan entre ellos del tipo que pasa, "ese tipo sabe cómo matar dragones, ¡ja!". Provecho. Aprovechar. Repeluz me da esa palabra. Ahora Paul Auster está manchado de provecho.

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