Aquel que tiene un
tornado en el pecho
que aflora por sus labios
y por sus dedos
ideando palabras,
masticando versos,
que acaso no dicen nada, mas
podrían ser
-pasó alguna vez-
tormenta feroz y lasciva,
lluvia fina que amansa,
brisa ardiente que
inflama.
Solo en lo que miente dice
alguna verdad.
El sol de la pena
y el sol de la esperanza
y el sol de la alegría le
abrasan.
Conoce lo imposible y lo
perfecto
pues anidan en su alma.
El poeta toca una cuerda
invisible
con su deseo.
No son palabras: es el
corazón,
que de algún modo se arranca
y deja entre tus manos
como una amapola caliente
que palpita, que te mira,
que ahora ves y ahora no
ves.
Dirá: te regalo mi
corazón,
lo guardaba en mi pecho,
brillante, como el placer
que algún día te daré.
Oh, aquella está perdida.
El poeta necesita estar
loco.
Así esa voz, díscola e
incontrolada,
que tantas veces embriaga,
que inventa sueños y
eleva almas,
viaja en un fingido navío.
Disfraces inventa el que simula,
cuando necesita
sobrevivir
al amor o al vacío,
a su impulso,
-ingenua misión-
de enriquecer un ápice
la esencia del mundo.
la esencia del mundo.