sábado, 29 de marzo de 2014

A veces llueve, la yerba se moja y sale el sol. Mas la yerba tarda en secar. Al fin queda solo el viento y la yerba se mueve, húmeda e imperturbable. Y nada importa. Solo estar adentro, alejada de las grises figuras del otro lado.
A mitad del camino, hay una línea que no es una línea que parece un campo de energía, una especie de entrada a otra dimensión y ahí, si te percatas, puedes pararte, seguir o simplemente darte la vuelta. Afuera volverá a llover y seguirá soplando el viento, hagas lo que hagas, pero una vez plantas el pie en el otro lado, todo tu cuerpo comienza a crujir y ese pie ya no puede volver, te lo habrías de cortar. El otro lado está borrosamente lleno de figuras familiares. Figuras planas, canas, ejemplares. Las que no son planas guardan detrás un misterio de patas y cadenas y medusas que no puedes ver desde este lado. Los demás siguen y pasan y se pierden y el límite es como un juego de agua cayendo en cascada y el rumor no deja oír lo que te dicen pero te tienden las manos y con los ojos te impelen a continuar. ¿No completarás el camino?
Afuera ha debido llover una vez más, y el olor del mar es diferente en los días de lluvia, aunque ahora el cielo está despejado y puedes ver todos esos puntos borrosos brillantes, llorosos a través de tu miopía, y la luna como una moneda de oro gorda y sudada y lo que supones que son animales nocturnos que se cruzan entre aquello y tú. Y te tomas la molestia de cerrar los cristales, que aún están húmedos, y dejas fuera la selva oscura, las alimañas y las posibilidades.