El dolor relativiza todo.
Es el único absoluto que reconozco y al que temo. Cuando escribir representa un
esfuerzo sobrehumano y hundirse en un colchón blando una ausencia infinita de
felicidad, cuando te haces consciente de cada bisagra de tu cuerpo y notas
latir la sangre bajo la piel con tanta dificultad, la vida parece larga y el
camino una pendiente oscura por la que resbalas sin remedio por más que te
empeñes en avanzar, por más que confíes como una cretina en tu voluntad, por
más que, aun sabiendo tantas cosas, sigas pensando que tu voluntad se impondrá, como si creyeses en los conjuros, en la magia o en cualquier otra idiotez humana. Y,
rechazando las señales que se te han ido enviando, sigues empeñada en subir esa
pendiente y solo consigues quedarte sorda del propio dolor y sola mientras el
mundo sigue girando en esa misma dirección donde lo que tú ves son centenares
de espaldas que se alejan como una burda metáfora.