viernes, 9 de noviembre de 2012

Esto es una puta poesía escrita en 2 minutos 50 segundos

Darse cuenta de que alguien a quien amas no te ama, de que alguien a quien creías conocer es un completo desconocido, sentir tantas dudas que te paralizas y ni puedes respirar y aun así respiras. Lo molesto que es a veces la necesidad de respirar, de comer, de dormir y de sobrevivir a las tormentas. Poner un tabique y que este se desmorone como un castillo de arena en el calor de la playa más dorada. Querer ser y no ser nada. No encontrarse ni quererse encontrar y que una cortina sea lo más parecido al telón de acero de nuestro mundo enano, higiénico y profiláctico. Salir al mar y no ver las olas, tener un problema hormonal que no te permite oler la bruma salina, no saber escuchar la música ni leer la poesía ni abandonarse ni aventurarse ni avanzar. Y la pistola tantos años guardada se ha oxidado y no dispara, tras los intentos fallidos con el cañón en la boca, la puta pistola no dispara ni hace clic ni da señales de vida.
No saber leer las señales, pasar de largo por la calle festiva, no tener líquido ni sabia ni sensibilidad y encerrarse en un ataúd fingiéndose un pariente cercano del conde Drácula. Darse de baja de sitios y, al cabo, aturdido por la falta de mensajes y cartas, darse de nuevo de alta. El mundo gira, ya lo sabemos, o al menos es lo que nos enseñaron en el cole y lo creemos a pies juntillas, y hay días que sentimos como bajo nuestros pies se mueve. Mirar el escuálido arbusto y hacer un hueco en nuestra barbilla, un pequeño gesto llorica, un leve hundirse a la salud de la planta que soporta la tormenta más que nosotros soportamos el miedo de mojarnos. Saber que los coches de los pobres están helados y cubiertos de vaho y saber que son genéticamente más débiles y feos por ser pobres y pintarnos los ojos y volver a apretar el gatillo. Puta mierda de revolver. Vamos a la farmacia, y nos proponemos vender nuestro cuerpo al farmacéutico a cambio de todos los calmantes, ansiolíticos, antidepresivos y venenos varios para no tener que hacer el esfuerzo de cortarnos las venas y ponerlo todo perdido. Sobre todo, porque hemos renunciado a ahorcarnos tras dos horas tratando de apañar el dichoso nudo. Todo es tan aburrido. Encima esos coches no contaminantes que no permiten la solución tan James Dean de poner ese tubito en el escape y meterlo por la ventanilla. Nada. Hasta para morir hay que tener suerte y un plan y una importante alienación y un fortísimo desorden mental. Así que renunciando a toda esa teatral solución "final" decides darte una ducha y poner música estridente, cogerte una curda y dormirte tirada en la alfombra persa.