viernes, 11 de febrero de 2011

Te reto. Escribe sin miedo, sin alcohol, sin amor. Escribe, si puedes, sin leer. Sin inspirarte, sin sumergirte, sin hundirte hasta el cuello en tristeza, sin estar enamorado hasta la médula, sin haber sufrido una paliza, sin haber sido despertado por la furia del padre borracho, sin haber sido abandonado en la calle, sin despertarte en medio de ningún sitio sin recordar de dónde has salido. Ni tu propio nombre recordarías si fueras un maldito. Ni a tu santa madre recordarías.
Enajenado, pobre, muerto de hambre, apaleado, violado, pateado, rechazado y tan sucio que hueles ya como un muerto.
Qué más ya da morirse. Y entonces escribes.
Los mejores versos jamás serán publicados.
Te encontrarán entre un cuatro por cuatro reluciente y un C3 nuevecito en algún vado reservado a autoridades de Torremolinos mientras entre náuseas te preguntas cómo coño te llamas y qué mierda es ese dolor y por qué esos putos guardias se te llevan en volandas y a quién llaman ahora. Y cuando a las tres horas exactas llegan tus padres, tu hermana y un tipo feísimo -que dice ser tu cuñado y haber dejado a tus sobrinos con sus padres- solo quieres un machete y repartir leña hasta quedar exhausto. Pero el madero allí presente te disuade sutilmente como solo un dulce funcionario de la seguridad nacional puede hacer.
Y vuelves en el  VW 5 puertas, negro y enorme, de tu supuesto padre a ese lugar que te presentan como tu casa. Y finges reconocer tu habitación porque, salvo tu presunta madre, todos te quieren internar: la zorra de tu hermana, el siniestro de tu cuñado y el cabrón de tu padre.
Saludas al perro, que gracias a Dios hace como que te conoce, y entras con la cabeza rapada y gacha a esa cueva llena de fotos de The Cure y que según esos extraños es tu habitación.
-Buenas noches, mami, -dices, disimulando el asco.
La ventana tiene rejas.
Las sábanas son suaves y el olor a limpio te da náuseas pero estas atrapado.

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