Senta desde el acantilado vigila el horizonte esperando el navío que cumpliría su destino.
Senta, yo no sé hablar sobre ti, no sé ponerme en tu piel, darte voz en tu ser fiel e inocente y puro; no conozco ni reconozco el valor y la pureza de corazón; no sé decir qué sentías,
qué fuerza tenías en tu pecho y tu ánimo. Me es imposible imaginarte tal como eras,
tal como tu hacedor te hizo.
Me adentro mucho antes en el Holandés o en tu codicioso padre, entiendo más el fuego del condenado y su determinación a condenarte.
Comprendo a los marineros fantasmas burlándose de su capitán. A los noruegos festejando en la playa invitando a la bacanal.
Entiendo al mar en su rujido y a Poseidón castigador y vengativo; al gris y a la espuma;
a la tormenta y el castigo; al tedio de los siete años de errancia; a la desesperación de los malditos.
Pero a ti, niña, entregada al sacrificio, feliz en tu destino. A ti no puedo, no sé, no llego.
Quizá, no sé, puede que Wagner no te hiciera humana. Sin miedo, sin dudas. Quizá no eres de verdad.
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