En un pasado incierto tuve alguna felicidad que retengo apenas.
La sensación del tacto de la música y la bondad del sol. Noches de verano sin luna. Una eterna lluvia de estrellas reflejada por un mar negro y peligroso, compasivo e indulgente. El cálido baño de los cuerpos celestes grabado en la memoria de mi piel.
De ese recuerdo me alimento, no de comida. Me levanto y sonrío y planto cara al mundo entero, solo pensando que un día supe dónde habita el centro del Universo y a qué se debe esta vida.
Y confieso que a veces se desata en mí una tormenta que me hace mal y me daña y puedo estar tan triste que mi causa se me pierde y yo misma me difumino en el espejo que se resiste a reflejarme pues no cree en mi existencia o, más bien, no cree que merezca existir. Y soy melancolía. Me rebelo, huidiza y cobarde, me lleno de rabia contra el mundo.
Y tan bajo y violentamente caigo que reboto fuerte en algún sucio fondo y subo rápida a la superficie que me rescata a la alegría. Y, entonces, estoy tan contenta que contagio hasta a las mesas. Río con la vida y puedo ser sin dudas, amar sin dudas, luchar sin dudas. Y ahí permanezco de nuevo un tiempo oyendo tic-tac y recordando, escribiendo y luchando.

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