Pájaros sin líder a los que les gusta la lluvia.
Anoche acabé deambulando por oscuras callejas aún mis ropas húmedas de olor a humo y carne quemada. Aturdido y excitado. Dejé atrás ambulancias y alaridos. Dejé atrás cuerpos despedazados en nombre del bien mayor. Sacrificios. Yo ya conocía el poder de la sugestión y la amenaza. El miedo sobre los hombres no me admiraba. Todo seguía igual y no me admiraba. Ni tanto me importaba aunque me sumí en una ternura momentánea, un divertimento confuso y doliente, que terminado me dejó satisfecho.
Caminé alejándome del puerto mientras un tempo lento moderato acompañaba mis pasos y me guiaba hasta un lugar negro, espeso, fétido. Aquel local medio vacío ensombrecido por el humo de los cigarrillos y el aliento de las botellas de licor barato. En la barra un tipo gordo y mal aseado dijo llamarse Buk. De conversación ingeniosa y más borracho a cada hora, me habló con orgullo de úlceras sangrantes y enfermedades venéreas. De mujeres con bonitas piernas que le habían limpiado la cartera. Y con un lenguaje soez y ameno me deslizó en un mundo oscuro y sucio de bares y mediocridad y pobreza y prostitutas de buen corazón y adictas al alcohol y al sexo. Sus mujeres predilectas. Se veía que tenía mal gusto, además de mal aliento y mal carácter y, sin embargo, me causó una impresión muy favorable. Admiración, podría decirse. Una inexplicable admiración por un ser grotesco, altivo portavoz de un mundo vulgar y autodestructivo. Nos despedimos al amanecer cuando el barman cansado nos dio puerta. Tomamos caminos distintos. Yo me lo quedé mirando mientras marchaba tambaleándose por la acera callearriba con una dignidad impropia de un borracho. Inconsistencia de lo real.
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