Otra vez enamorada. ¿Qué puedo hacer? Ando como loca por un poeta que es justo como debe ser un poeta. Sabe lo que es sublime, lo que es infame y demencial, lo que es la corrupción, no se deja adular ni tentar; creo que sabe, como solo los poetas saben, qué es el amor. Se enamora y después sufre, escribe y vuelta a empezar. Acostumbra a recitar poesía a sus amantes desnudas, aunque dice que no lo volverá a hacer más (yo espero que sí, que lo haga él y que lo hagan todos). Y ha leído y ha vivido. Y quiero preguntarle por el destino de Lima y Belano y hablar con él de ese encuentro con Amadeo Salvatierra en México D.F. antes de enero del 76, cuando Belano y Lima estaban buscando el rastro de Cesárea Tinajero por los desiertos de Sonora. No hay respuestas, solo deseo, solo vida, solo pasar el tiempo ante nuestra atónita mirada, mientras viajamos, traficamos, amamos, engañamos, huimos, tratamos con locas anoréxicas a las que amamos tan locamente como ellas se odian, con críticos literarios desquiciados, editores paranoicos; abogados poetas atormentados, moribundos, culpables; literatos ególatras, beatos, trepas; francesas masoquistas (en el buen sentido) por culpa de Sade. Poetisas desinhibidas sin vocación de poetas. Arquitectos locos, bondadosos, generosos que siendo buenos hombres, al tratarse de mujeres pierden principios y composturas.
Cómo me gustó la primera parte Mexicanos perdidos en México, en esa iniciación de García Madero en la poesía y el sexo, en su visitar a los excéntricos Font, enamorarse de María, admirar cabalmente a Lima y Belano, renegar de sus tíos. Y toda esa juventud, todos poetas, todo ese sexo, tantas lecturas, el misterio que rodea a Ulises y Arturo. Jóvenes poetas real visceralistas, que no es grupo o movimiento sino pandilla; algo gamberro, como decir transgresor sin decir transgresor que suena pedante, a crítico cutre y sabiondo que a todo pone etiquetas. Misteriosos, inspirados, correosos, buscavidas. Con la seguridad de la juventud y la certeza de estar en el lado correcto del arte y de la vida. Moctezuma, Rafael Barrios, Felipe Müller, Jacinto Requena. Piel Divina... tan enamorado, tan libre.
Son muchas las historias y las perspectivas pero, conforme avanza, esa alegría juvenil, la desenfadada curiosidad del principio se va disipando, como ocurre con el correr de los años, en la novela y fuera. Y algunos enloquecen, otros enferman, otros mueren. La muerte de Ernesto San Epifanio y, sobre todo, la de Piel Divina, tan injusta y oscura, a manos de una policía que miente como perra, que a nadie parece importarle salvo a Luisito Sansebastián con el que tuvo la historia de amor más linda de la novela.
Es un laberinto de historias, un poco como Rayuela, se podría dibujar el mapa de la historia principal y las adyacentes y las que incluso no se relacionan casi en absoluto con los detectives salvajes.
Son muchas las historias y las perspectivas pero, conforme avanza, esa alegría juvenil, la desenfadada curiosidad del principio se va disipando, como ocurre con el correr de los años, en la novela y fuera. Y algunos enloquecen, otros enferman, otros mueren. La muerte de Ernesto San Epifanio y, sobre todo, la de Piel Divina, tan injusta y oscura, a manos de una policía que miente como perra, que a nadie parece importarle salvo a Luisito Sansebastián con el que tuvo la historia de amor más linda de la novela.
Es un laberinto de historias, un poco como Rayuela, se podría dibujar el mapa de la historia principal y las adyacentes y las que incluso no se relacionan casi en absoluto con los detectives salvajes.
Después está Lupe que, en cuanto se aleja del DF y del chulo que la persigue, deja de comportarse como una prostituta. Y es ella la explicación del "poema" de Cesárea en Caborca, aunque sea un juego, como el mexicano visto desde arriba o friendo un huevo.
Los detectives salvajes perseguidos por proxenetas por los desiertos de Sonora, sobre la pista de Cesárea a la que encuentran y a la que, después de una vida triste, solitaria, anónima, atrapada en la pobreza y el olvido, matan. Sin quererlo, sin hacerlo ellos propiamente. La matan. La encuentran y causan su muerte.
No hay respuestas y quiero oírselo a mi poeta chileno. Que me diga "no hay respuestas, C. ¿Qué esperabas?" No sé. Quizás que los muchachos viesen los cuadernos de Cesárea (que acaban en poder de García Madero con el que jamás se reencuentran), que los leyesen, que fuesen los poemas que ellos sentían como la fuente de todo el real visceralismo. La prueba de que aquello existió, de que tenían pasado, tradición, una musa.
Bolaño los condena a una errancia de veinte años. A una vida que parte del desaliento, de una búsqueda infructuosa, de la huida y el destierro; y los poetas, que siempre serán poetas, van a ser de todo: vigilantes nocturnos de un camping o vagabundos. El mexicano errante sobrevive casi como un fantasma; el chileno errante cumple su destino y muere románticamente, aunque probablemente su muerte como cualquier muerte no tiene nada de romántico ni de heroico, solo una pérdida, una resta, un acabarse una vida brillante sin nada a cambio. En un país extraño, en una contienda absurda, brutal, salvaje, como ellos, como su destino.
Es un puzle que cuando acabas es el Desnudo bajando una escalera. Partes de un todo, como dice Víctor, en movimiento, en continuo movimiento. De colores inverosímiles, desvirtuados y, sin embargo, perfecto tal como es.
No hay respuestas aquí, como no las hay en ningún lugar, en ningún libro, en ningún amor, en ningún viaje. Solo el viaje, el amor, el libro. Solo las historias que hay en el libro, solo el buscar la muerte en Liberia, el amor en Tel-Aviv; enfrentar la vida como una guerra; ser poetas salvajes, traficantes, detectives salvajes porque un latinoamericano nacido en la década de los cincuenta no puede escapar de la violencia.

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