Una sirena baila en el arrecife; podría ser un fantasma, un desvarío, la locura que precede y anuncia la muerte.
Ahora parece que cambia el ritmo y ralentiza sus dulces movimientos.
Amanece. Y ahí sigue. Bailando.
Desde esta orilla, durante el otoño, al amanecer un castillo en el aire, fata morgana, se dibuja sobre el horizonte y trémulo engaña nuestra vista.
Es como un espectáculo de magia. Como la mujer pez que baila semidesnuda saludando al sol que sale a templar este noviembre verde y gris y solitario. De días cortos y mojados. De labios que se mueven sin decir nada. De manos suaves que yacen inertes y sin sentido. De todos los miedos, de la noche tan larga y las visiones.
Y el círculo se cierra y fata morgana comienza a desaparecer y medio despierta, medio dormida la lánguida piel de la noche se cae mientras la dulce sirena se despereza con suavidad y deja de bailar y se sumerge ocultando su hermoso tronco y sus largos y dorados cabellos.
Si pudiese, volvería a embarcar. Añoro la vida dura y dormir agotado, igual que perder el conocimiento y la memoria.
Si pudiese, espantaría mi miedo con las manos, convocaría al diablo y le ofrecería mi alma. Le exigiría a cambio tu cuerpo y la garantía de dejarte conmigo el tiempo que dura una vida. No con la apariencia de una sirena, sino con tu cuerpo cierto, real e insoportablemente humano.
Sirena,
ResponderEliminarmar de bailes que se mueven en
la espuma de
mi
soledad.
Blogsaludos