miércoles, 20 de octubre de 2010

Mi pequeño ajedrez de cristal es un metáfora.
No tiene piezas negras y he de decidir si las negras son las transparentes o las turbias (que parecen más blancas todavía).
Nada es como debería ser. El rey se esconde tras peones, entre el caballo y la torre; se enroca y se queda ahí inaccesible (más le vale). La reina está loca, se expone como si tuviese siete vidas. Es verdad que podría resucitar si muriese, pero es tan difícil para un peón llegar al otro lado. Si juegas con alguien de tu categoría, la partida puede durar horas. No importa el resultado, recuerdas tus movimientos más brillantes, los que sorprendieron a tu adversario, con los que estuviste lúcida una o dos veces.
El calor no ayuda al ajedrez, las piezas se estancan en cada movimiento y sudan tanto como tú, y se equivocan sin remedio si se precipitan a comer ese alfil que muestra su cuello aparentando indefensión (malditas trampas: siempre pico. La impaciencia es enemiga del ajedrez). No usas bien el caballo, no calculas apenas tres movimientos y en esos ya te equivocas. Las permutaciones... uf. Qué calor.
No usar las torres hasta el final de la partida. Exponer un peón para cazar un alfil, un alfil para cazar un caballo, un caballo para cazar a la reina, una reina para hacer jaque mate. Mandar a la muerte un peón tras otro; como soldados que son, sacrificarlos en pos de una victoria simbólica.
Es precioso, pero el rey es un cobarde y la reina una asesina (si bien en su defensa se puede alegar que solo pretende salvar a su familia).
No es un juego cualquiera, ni -creo- un deporte. Si decimos que es arte nos arriesgamos a que nos pidan un definición de arte que no tenemos y, como casi todo lo divertido y emocionante, no se deja etiquetar fácilmente.
Importante: cuando se juega a algo tan complicado, hay que saber perder y saber ganar. Y nunca enredarse con los adversarios que se toman aquello como algo personal.

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