Como los ángeles al caer el sol, sumidos en sombras engañosas, me los encontré desamparados.
-¿Ahora qué, mamá?
-Ahora, nada –respondí, mientras me preguntaba yo también “¿ahora qué?”.
No me permití pensar; estaba demasiado aturdida. Hice la llamada y esperé, aparentando tranquilidad.
La ventana dejaba entrar una tenue luz desde el exterior, las sirenas aún eran un lejano silbido. Al levantarme a correr las cortinas, pasé por su lado. Lo miré de reojo, casi sin atreverme. Apenas vi sus enormes manos, y su rostro, hundido en la alfombra empapada, lucía el color tostado de siempre.
Con el sonido de las sirenas la veo partir, incandescente, esperando tu palabra tostada.
ResponderEliminarBlogsaludos
Una palabra dorada que nunca llegará, petrificada en la mirada de sus niños que la miran marchar.
ResponderEliminar:)
Vas dejando pistas de los terribles hechos que parecen haber acontecido en esa habitación. Y la orfandad de los ángeles que aparentan un infinito desamparo. Un abrazo.
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