De repente llega el calor.
Qué hace ahora el leñador,
dónde queda la camisa de franela,
el radiador;
el encierro tranquilo,
el teléfono y el ordenador.
Dónde están las serpientes
que espantaban a mis enemigos.
Dónde los amigos verdaderos
Dónde quedó el corazón.
Los rastrojos secos vuelan,
todo lo dejan lleno de trozos negros,
diminutos tiznajos
que ahora hemos de barrer.
¿Dónde está la casa,
la casa del amanecer,
el salón de té de Madame des Ricochet?
Esta maraña de pelusas, cenizas de olivo,
arena oscura, olor a sardinas
e insectos no podría ser el Mundo,
donde en una pulcra sala tomábamos té.
Nunca estuve en ningún lado
pero soñé,
viajé con los ojos cerrados,
la barriga llena de aguardiente,
los pulmones, de humo aromático
y las manos asidas a otro ser
como si al soltarme fuera a caer.
Ahora que hace calor
señoras gordas con el maquillaje corrido
me dan conversación en el ascensor,
niños gritan en los pasillos,
y todos se tatúan
pasajes del Corán.
Imitando al gurú de turno
hablando de granizos y azafrán,
anunciando el fin del mundo.
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