miércoles, 16 de mayo de 2012



No pasa un día sin que un hombre
alce los ojos al cielo,
sin que un hombre tenga un anhelo.


Deseo, fuego en las venas.
Fuerza que le mueve
desde una fuente eterna.
Un hombre que no languidece,
mas arde y se quema y renace
en una forma diversa.

Otro o el mismo hombre canta
en ese mismo instante
en esa misma ciudad
bajo ese mismo cielo
su decepción, su soledad.

Recita la triste poesía del alma.
Y una visión del vacío le atrapa.

Otro o el mismo hombre desea.
Desea a una mujer con alma,
la adora por su libertad.
Se asombra al verla volar.

En cualquier momento,
en cualquier tiempo,
ambos hombres
se encuentran en esa mujer.

Ella podría ser suya
y sería un arrullo de poesía,
una caricia de la vida.
Una promesa de aire y fuego
siempre en su amado cielo,
recuperado para él.

El hombre, asombrado,
conoce al ave silvestre,
cura y causa de melancolía,
cura y causa de amor.
Que sin necesidad de anillos ni pulseras,
siempre volvería a su ventana.

El hombre de la derrota
se sueña dueño del amor.
La verdad le toca de repente
y se evapora dejando un gusto
de luz.

Dulce sueño de la imaginación:
mientras ella navega a su lado:
éxtasis de la levedad.
El hombre suavemente roza
y saborea la libertad.
No hace falta que piense.
No hay prisa por despertar.