No pasa
un día sin que un hombre
alce
los ojos al cielo,
sin que un
hombre tenga un anhelo.
Deseo, fuego en las venas.
Fuerza que le mueve
desde una fuente eterna.
desde una fuente eterna.
Un
hombre que no languidece,
mas
arde y se quema y renace
en
una forma diversa.
Otro
o el mismo hombre canta
en
ese mismo instante
en
esa misma ciudad
bajo
ese mismo cielo
su
decepción, su soledad.
Recita
la triste poesía del alma.
Y
una visión del vacío le atrapa.
Otro
o el mismo hombre desea.
Desea
a una mujer con alma,
la adora
por su libertad.
Se
asombra al verla volar.
En
cualquier momento,
en
cualquier tiempo,
ambos
hombres
se
encuentran en esa mujer.
Ella
podría ser suya
y
sería un arrullo de poesía,
una
caricia de la vida.
Una
promesa de aire y fuego
siempre
en su amado cielo,
recuperado
para él.
El
hombre, asombrado,
conoce
al ave silvestre,
cura
y causa de melancolía,
cura
y causa de amor.
Que sin
necesidad de anillos ni pulseras,
siempre volvería
a su ventana.
El
hombre de la derrota
se sueña
dueño del amor.
La
verdad le toca de repente
y
se evapora dejando un gusto
de luz.
Dulce
sueño de la imaginación:
mientras
ella navega a su lado:
éxtasis
de la levedad.
El
hombre suavemente roza
y
saborea la libertad.
No
hace falta que piense.
No
hay prisa por despertar.