Después de mucho pensar, dar
un paseo mental por cuadros y asomarme a la ventana. Busco entre mis cosas un
objeto de la vida cotidiana.
Un útil que sea un
pretexto para ir a la deriva.
Voy descartando los más
sencillos, los más complejos; mi ropa, la plancha con que la estiro; el cepillo
con que friego.
El tocado de la dama del
cuadro que me encanta y me hechiza no es objeto cotidiano. Sugiere más un viaje
a tierras exóticas con una amante extraña. No es ahí, no, donde tengo la
cabeza.
A poco que lo intento, sé
cierto qué objeto elegiría y por qué.
Una máquina de escribir,
como la Underwood que heredé de mi
abuelo Miguel, que todavía negra y brillante me espera en la casa de mis
padres.
¿Qué evoca esa máquina,
de dónde sale, por qué ese y no otro útil?
Por lo que me ocupa casi
por completo la mente y se resume en una imagen. Una fotografía de
Miguel Hernández trabajando con Josefina tras una máquina de escribir.
Es la imagen que conservo
del poeta junto a su esposa. Él dicta y ella le ayuda en su tarea. Es la imagen,
además, que tengo de la unión de la pareja, del amor y del tiempo compartido.
De lo que debe ser hecho y se hace con tesón pero con el consuelo de la
compañía: la plenitud, en un momento
fotografíado hace tanto. Y allí, en primer plano, la máquina de escribir, que
palpita y llena el ambiente de laboriosa sonoridad.
Las teclas redondas y
regastadas que habría de pulsar con fuerza para arriesgar la vida y decir la
verdad. Para alzarse sobre las miserias y gritar. Golpes que mueven la fina
espiga metálica que culmina en los tipos. La espiga que se enredaría en el
cabello de ella en otra hora cualquiera.
La tela entintada marca
el papel y graba un riesgo para ambos que después se cobró. La cinta, que a
menudo -si se trabaja febrilmente- es necesario cambiar.
Y dos cilindros a cada
lado de la máquina sirven para enredar la cinta y poder continuar.
Miguel necesita de
aquella mano hábil y rápida que cambia el rollo antes de que a él se le pase el
arrebato.
Ella continúa entonces
con los dedos tiznados con la sangre del poema que es la tinta negra y el
chasquido del tipo chocando contra el rodillo cuando el papel queda marcado
para siempre con una llamada al amor, a la vida y a la muerte. A un destino
negro porque, entonces como hoy, solo los cobardes sobreviven ilesos. Sin
máquina de escribir y sin amor, sin metas, sin causas, sin valor.
Ella sería feliz ante la
brillante máquina (yo lo habría sido), la imagino tecleando con dos dedos sin
quitar los ojos de las redondas teclas. Sin apartarse ni un milímetro del hombre.
Atentos los oídos a su verbo, universal, apasionado, valiente, caliente. El
padre de sus hijos. El poeta más querido. El hombre que yo admiro. Y, entre
ellos, una máquina de escribir que lo hace posible como una paloma mensajera mecánica...