miércoles, 23 de mayo de 2012

Una Underwood nº 5 de carro ancho


Después de mucho pensar, dar un paseo mental por cuadros y asomarme a la ventana. Busco entre mis cosas un objeto de la vida cotidiana.
Un útil que sea un pretexto para ir a la deriva.
Voy descartando los más sencillos, los más complejos; mi ropa, la plancha con que la estiro; el cepillo con que friego.
El tocado de la dama del cuadro que me encanta y me hechiza no es objeto cotidiano. Sugiere más un viaje a tierras exóticas con una amante extraña. No es ahí, no, donde tengo la cabeza.

A poco que lo intento, sé cierto qué objeto elegiría y por qué.

Una máquina de escribir, como la Underwood que heredé de mi abuelo Miguel, que todavía negra y brillante me espera en la casa de mis padres.
¿Qué evoca esa máquina, de dónde sale, por qué ese y no otro útil?
Por lo que me ocupa casi por completo la mente y se resume en una imagen. Una fotografía de Miguel Hernández trabajando con Josefina tras una máquina de escribir.
Es la imagen que conservo del poeta junto a su esposa. Él dicta y ella le ayuda en su tarea. Es la imagen, además, que tengo de la unión de la pareja, del amor y del tiempo compartido. De lo que debe ser hecho y se hace con tesón pero con el consuelo de la compañía: la plenitud, en un momento fotografíado hace tanto. Y allí, en primer plano, la máquina de escribir, que palpita y llena el ambiente de laboriosa sonoridad.
Las teclas redondas y regastadas que habría de pulsar con fuerza para arriesgar la vida y decir la verdad. Para alzarse sobre las miserias y gritar. Golpes que mueven la fina espiga metálica que culmina en los tipos. La espiga que se enredaría en el cabello de ella en otra hora cualquiera.
La tela entintada marca el papel y graba un riesgo para ambos que después se cobró. La cinta, que a menudo -si se trabaja febrilmente- es necesario cambiar.
Y dos cilindros a cada lado de la máquina sirven para enredar la cinta y poder continuar.
Miguel necesita de aquella mano hábil y rápida que cambia el rollo antes de que a él se le pase el arrebato.
Ella continúa entonces con los dedos tiznados con la sangre del poema que es la tinta negra y el chasquido del tipo chocando contra el rodillo cuando el papel queda marcado para siempre con una llamada al amor, a la vida y a la muerte. A un destino negro porque, entonces como hoy, solo los cobardes sobreviven ilesos. Sin máquina de escribir y sin amor, sin metas, sin causas, sin valor.
Ella sería feliz ante la brillante máquina (yo lo habría sido), la imagino tecleando con dos dedos sin quitar los ojos de las redondas teclas. Sin apartarse ni un milímetro del hombre. Atentos los oídos a su verbo, universal, apasionado, valiente, caliente. El padre de sus hijos. El poeta más querido. El hombre que yo admiro. Y, entre ellos, una máquina de escribir que lo hace posible como una paloma mensajera mecánica...