Y tú cómo sabías que era sábado. Llueve otra vez. Cada día es igual que el anterior. Todas las visitas se parecen. Todas las mujeres. Todos los enemigos. Si mentimos a cada paso, cómo sabías que era sábado. Todos recuerdan a alguien que ya se nos ha cruzado, a alguien que hace tiempo conocimos. Milagro es que recuerde tu nombre. Que recorra los vericuetos que nos separan intuitivamente, sin pensar por dónde voy. De algún modo desemboco en tu puerta sin llamar. En tu mar. Otra vez.
El camino es un laberinto y llueve. Está soplando un viento helado que alivia el dolor y hace olvidar. Aquí no hay ciudades, hay lugares separados por kilómetros de nada de otros lugares. Uno se aventura y cruza los fríos caminos del laberinto a ver dónde para. Si al otro lado existe una puerta que lo saque de donde está. Si, al menos, hay alguien con quien hablar, con quien compartir libros, música, vino. Alguien que, sin estar desesperado o loco, o estando desesperado y loco, te invite a entrar, a resguardarte de los lobos. Y resulta que un día encuentras a alguien y te acomoda en un sofá caliente y mullido, con la promesa de lo imposible. Puedes dudar. Después de todo, es tan posible que sea un sueño, un espejismo, un engaño. Si te niegas, al menos serás el dueño de tu destino. Y de pronto conversas ¿por qué no? Desconfiado y medio tímido. Lleno de miedo y de frío. Aceptas ese vino, antes de partir. Hablas de las lecturas y de la cárcel. De la maleta que perdiste un día y de la mujer que se perdió con la maleta. Haces esto, con un ojo en la puerta, sentado en el filo de la silla. Tratas de marchar antes de desearte quedar. Pero ella dice que es sábado. ¿Qué puede pasar? Un sábado por la noche está permitido disfrutar, relajarse, dejarse llevar.
-Y cómo sabes que es sábado si no hay calendarios y cada día es igual. Esto es el exilio, el infierno, la antesala de la muerte. Eres casi un cadáver y yo lo soy ya. No nos está dado dejarnos llevar. Cargamos demasiado detrás.
Ella enmudece. Has vencido. Saldrás de allí en breve, victorioso. Lleno de razón y razones, triunfante. Mientras apuras tu trago, ella sale a mirar las estrellas para no tener que despedirse. Lo habría pasado bien, habría echado su cabeza en tu hombro y te habría escuchado hasta caer dormida.
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