miércoles, 17 de agosto de 2011

25 pacientes (I)


Yo pensaba que, tras todas esas conversaciones, el día que te tocase la Loto lo donarías todo a un país de África, a Médicos sin Fronteras, a Amnistía Internacional o, al menos, repartirías parte de la pasta entre los más desfavorecidos de tu comunidad. Pero no. Te lo gastaste todo en inyecciones de colágeno y bótox, reconstrucción de glúteos y mamas, y una dentadura de lujo. Y, aunque tras todos los retoques estabas muy buena, yo ya no te quería. Me quedé contigo por tu físico y la vida fácil nomás. Para colmo, poco después te dio por jugar y aquello nos arruinó y no solo agotaste el dineral de la lotería sino que seguiste gastando y el agobio de perder te empujó a beber. Entonces fue cuando te dejé. Te tendría que haber abandonado antes pero no lo hice bien. Me dejé deslumbrar por el brillo de tus blanqueados dientes y el sofá nuevo de piel. Y te dejé cuando el alcohol y la ruina hacían de nuevo y brutalmente mella en tu piel. Porque el bótox y el colágeno no duran para siempre. Cada tres o seis meses hay que repetir inyecciones.
Nunca te pregunté por qué fue eso de jugar. Creo que el casino era el lugar que cerraba más tarde y el único sitio donde la gente solitaria y tímida se da a hablar con desconocidos. Todos van solos. Todos se enamoraban de tus labios de silicona y tus pechos de quinceañera. Y tú venga a dejarte regalar los oídos. Entonces, quizás, tendría que haberme marchado. Pero en realidad estaba cómodo viendo el pay per view yo solito con mi mando y la tranquilidad y el frescor del ático. El lujo es una cosa muy mala. Pervierte al más pintado. Yo no me apercibí de tu ludopatía hasta bien después, cuando era demasiado tarde. Y los vicios vienen uno tras otro como todos sabemos, así que de repente te vi yendo cada día más ligera de ropa y después me enteré que subastabas tus carísimas bragas en la sórdida Poker Room cuando el dinero empezaba a escasear. Lo del alcohol terminó de rematar la persona que eras. Engordaste y te arrugaste y te deprimiste y bebiste más. Vendiste el ático para pagar las deudas y el último lifting, que quedó fatal,  y todo el whiskie que pudiste sufragar. Me rogaste que trabajase. Yo hice la maleta y me fui antes de verte caer aún más bajo. Ahora te diré que lo que ocurrió después me hizo sentir mal. Por eso, pago el carísimo tratamiento en la clínica donde te interné, ya curado y arrepentido de mi cruel indolencia. Quiero que sepas que si no voy a verte es por vergüenza, no por mis ocupaciones, ni por mi familia, ni por los viajes. Es por vergüenza. Propia y ajena.

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