domingo, 21 de agosto de 2011

Pero qué cantidad de mierda de blogs sigo, cuántas idioteces sin sentido digo, qué millones de acciones hipócritas hago. Y, hoy, qué increíble sensación, qué gana de morir por -quizás- primera vez en mi mierda de vida. Hala, rayo, cáeme ya. Estoy preparada, veré la puta luz y correré hacia el otro lado.


Al asco de mi vida, súmale la pena de la tuya, entre ambas haremos fuerza. Después ya me encargo de reclutar pelotudos, perdedores, inconformistas, anhelantes, hienas. Y cuando tengamos medio ejército de perdedores, payasos y bebedores, náufragos y niños perdidos fundaremos un lugar en ninguna parte, lejos del cielo y del infierno, nada parecido al limbo de los memos. Ajeno a Dios, al Sol, a Alá y a Buda. Un sitio sucio pero nuestro. Donde podamos estar solos, tranquilos y muertos.


Cuando era más chica y leía un poema que hablaba de almas desgarradas, mientras el pedante profesor hablaba de la biografía del necesariamente anónimo autor, yo soñaba con un río de gaviotas muertas, porque ya tenía el alma desgarrada. Me preocupaba el alma del poeta, el alma desgarrada pegada a mi balcón. Ahora siento preocupación por si la sombra del alma  provoca humedad en la pared de mi balcón. Y eso ocurre porque ya he muerto, amor, porque he perdido el alma y de paso el corazón, porque añoro mi cama, con mi casa, con las sábanas suaves blancas que eran mi centro. Mi descanso, mi paz. Los perdí en una partida de cartas. Y sueño con volver a recuperarlos, con el alma desgarrada.

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