Triste pastorear
mediterráneo
calor, soledad,
pellejo de agua,
el queso de cabra,
y el pan seco.
Mira el confín celeste,
clara la luz lejana:
el pastor bajo el acebuche
sueña con la ciudad blanca.
La ciudad del desfile
de ataúdes,
de la tiña, de la peste y del agua
envenenada.
Do mercaderes de narices afiladas
campan a sus anchas.
La alcaicería es una turba
vocerío y olores,
damas y putas,
moscas y pesas trucadas.
El alguacil vigila y regaña.
Guiña a la prosperidad
a la que de cualquier amenaza,
salvaguarda.
Salir del laberinto de tenderetes,
del zoco de mil colores;
salir urgente a una calle despejada.
La calle-alcantarilla camino-ciudad
donde corre el jugo de humanidad:
orines, semen y caldo de pescado,
la sangre del desuello, el despiece,
la matanza sobre piedra lisa y ancha.
Cerdos y corderos.
terneros y vacas.
El pastor despierta agitado,
comprueba que está todo:
el rebaño, el perro
y, en el zurrón,
las llaves de su casa.
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