sábado, 21 de abril de 2012

El código de Hammurabi


A la hora establecida, como había sido prescrito, los soldados empujaron al joven Rapi al Río Sagrado en su zona más profunda y quedaron observando desde una loma escarpada. 
Rapi sabía nadar. Había aprendido mientras sus hermanas lo llevaban con ellas cuando había ropas que lavar. No allí, claro, mucho más arriba, donde el Eúfrates se convertía en una playa y las muchachas se agachaban y frotaban con placas de jabón las telas mientras cantaban.
Rapi se debatió en las negras aguas. El pánico se apoderó de su alma durante unos segundos y no lograba recuperar el control de sus músculos ni discernir adónde debía dirigir su cuerpo. Aquella zona llevaba una fuerte corriente que tendía a empujar hasta los troncos más grandes de árboles caídos, a los que llevaba sin esfuerzo hasta el Arvand Rud, donde se perdían para siempre alejándose hacia un mar hostil y extranjero.
Rapi era un joven fuerte, aunque no lo pareciera porque siempre andaba solitario e inmerso en sus pensamientos. Había ejercitado su cuerpo tanto como su mente. 
No era de una familia ignorante: no solo sabía la lengua acadia, además del sumerio, sino que era capaz de grabar los caracteres en piedra, asimismo conocía las costumbres de las estrellas, los números y las leyes del rey, así como los nombres de cada una de las divinidades. 
No había ido a la guerra. Pero tampoco nadie se lo había exigido. Hasta su casa no había venido emisario alguno y, aunque conocían la situación creada por los elamitas, confiaban en la sabiduría e inteligencia de su rey. 
En el fondo de su espíritu, entendía que la Historia se volvía e iba y venía y cuando no era Larsa era Elam, y siempre la zona entreríos andaba en un continuo batallar entre vecinos que se saldaba con la vida de muchachos como él, así que ningún pecado ni ofensa a sus ancestros había causado. Su propio padre había perecido en una batalla de la que no quedaba memoria. Tras su muerte, recibieron una misiva donde les notificaban el suceso y su pérdida de rango aunque podían mantener la casa del padre dada la ausencia de herederos nobles.
Rapi desfallecía arrastrado por uno de los remolinos que bullían en aquel lado del Río Sagrado mientras imaginaba a su madre y sus hermanas desterradas y desposeídas de su patrimonio en favor de su acusador. Y a su querida Ilitani, mutilada y lapidada, como le había jurado hacer Naquerib.
Rapi se percató de que los recuerdos lo estaban embargando y que le alejaban de la vida, hundiéndose en ellos a través del remolino. Naquerib había desposado a Ilitani a pesar de conocer el amor existente entre ellos y haber sido testigo en una ocasión de sus relaciones carnales. Había prometido vengarse. Y ahora lo había logrado.
Lo había acusado de brujería: lo había asesinado para robarle sus tierras y dejar el nombre de su familia enterrado en el lodo. Tenía que salir, tenía que luchar por su vida; sin embargo, el pensamiento se había apoderado de todas sus fuerzas y empezaba a hundirse cada vez más. Ya empezada la agonía, rendido a la fuerza del agua y del destino, vio un destello. Ese brillo señalaba la superficie. Era una señal, el Río habló. Salió una fuerza del propio remolino y la corriente cambió para favorecerle. El joven brotó bruscamente y nadó hacia la orilla ante los ojos de los tres hombres cuyas sombras largas se extendían montaña abajo. Rapi dirigió la mirada hacia la tercera forma, que no recordaba. Habría acudido allí mientras él se ahogaba.
Allí desde la altura la tercera figura se le mostró brillante y cegadora. Pensó en un dios aparecido para ayudarle y se desvaneció exhausto.
Al despertar estaba ante el rey, a cuyos flancos estaban los dos ejecutores de su sentencia. Las vestimentas de Hammurabi eran de oro y reflejaban la luz de la luna plena. Rapi que trataba de descifrar aún lo que había ocurrido, comprendió que el rayo que lo guio fue el brillo que el protegido de Ishtar emanaba. El rey habló. "La Verdad ha declarado inocente a este hijo de mi pueblo. Su acusador será ejecutado y sus bienes y herederos pasarán a su custodia, así como títulos y patrimonio. Espero que haga honor al favor del Río Sagrado y se ocupe del bienestar de los que, desamparados de aquel falsario, caen bajo su potestad".
Rapi quedó en el suelo, la noche se cernía a orillas del río que reflejaba la luz de las estrellas y los tres hombres dignos desaparecieron despacio sin mirar atrás.

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