domingo, 8 de abril de 2012

Trópico de Cáncer (II)

Estar en el mundo pero aparte de su devenir. Estar fuera del tiempo. Ser —quizás— un viajero del tiempo. Miller como Orwell son visionarios: a su modo observan una desintegración. El mundo se vino abajo y nunca se recompuso del todo. Tras la Guerra, hubo visiones parciales, centradas en el Holocausto, el terror de los terrores. 
Los cuates Churchill, Stalin y Truman tienen fotos preciosas de entonces. En Postdam, tras una probable visita a las curiosas morrenas que conforman su paisaje, decidieron la división, como si de un pastel se tratara, de Europa en dos bloques. Hoy habrían visitado la antigua prisión de la KGB, pero entonces no existía y ellos, que no tenían dones especiales ni podían viajar en el tiempo, no lo sabían. Estos tres, algunos secuaces y varias taquígrafas, redactaron, ya de paso, las condiciones de la rendición de Japón, lo que a lo que parece no gustó demasiado a otro de los personajes históricos que se hallan en el corredor de la muerte del Infierno: el hijo del Samurai o Kantaro Suzuki que curiosamente no se suicidó sino que murió de muerte natural. 
Los “aliados”, así, cortaron por lo sano alegremente el problema japonés. Truman, el héroe, debe estar achicharrándose en el Infierno. Con la piel hecha jirones como todos los japoneses víctimas del Enola Gay. 
Cómo permanecer al margen de estos antecedentes. Cómo sustraerse a la realidad en que se basa nuestra supuesta libertad. Y en una perspectiva mucho más cercana, mucho más relativa, particular y humana, cómo olvidar cada pequeña tragedia, cada caída, cada suicidio, cada muerte, cada cosa que sale de nosotros siempre para mal. 
La melancolía se ensaña con el alma débil y cansada, y el modo en que transcurren nuestras vidas solo puede ser indolente o ignorante. El desapego, pues, no es un defecto ni una falta, es una necesidad para la supervivencia. Por momentos creo que la comprensión del mundo es imposible y, si lo fuese, sería incompatible con cualquier modo de cordura.
Joe nos enseña la actitud que le es natural: no sentirse herido ni perder la perspectiva alejada de lo nimio y vulgar. Como afirma Miller de Matisse: “Tras las minucias, el caos, la mofa de la vida, detecta la pauta invisible”. Pues Joe, pesar de su desapego, es sensible al Arte. Sin embargo, no está abocado al suicidio ni a hacer del mundo un lugar mejor. Se limita a ser testigo. Tomar distancia. Pensar. Y ahora yo me pregunto: ¿es eso..., más allá de la excelencia literaria, más allá de las reflexiones valiosas y del movimiento que de él se pueda derivar, es eso de alguna utilidad?

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