domingo, 18 de septiembre de 2011

Siempre llevaba guantes. Imposible disimular el color negruzco de los dedos que ya no eran sus dedos. Salía a la caída de la noche, con guantes y gafas de sol, para tomar el pulso al ocaso y escapar del gran escándalo. El ritual de cada día. Afuera, los gritos y las peleas de los vecinos eran amortiguados por el sonido de los motores de la fábrica. Y las nubes, que no eran nubes, la llenaban de paz y la animaban a otear el cielo y la forma cambiante del vapor. Los vientos de poniente que se llevaban las voces y los ruidos y el olor reconfortaban. Recordaba en aquellos ocasos otras vidas que no hace tanto vivió.
Fue entonces cuando la vio. Se dijo que era un ratón de campo, un gato extraño, un castor. Sin embargo, entró y clausuró cristales, ventanas, puertas y agujeros con todo lo que pudo. Ya de día, puso trampas. Nada de veneno, era demasiado caro y le habían dicho que las ratas tenían un olfato magnífico y no morderían la comida envenenada. Veinte o treinta pedazos de madera con un artilugio de alambre cubrían el suelo del porche que daba al cerro. A media noche, chasquidos y trotes y chillidos. Choques, porrazos. Sonido como de madero que se parte bajo el hacha del leñador. Un estruendo que la aterró. Sin poder evitarlo, saltó de la cama, sacó a los niños de su sueño protector.
Llamó al padre de su hijo mayor. Claro que puedes quedarte. El tiempo que quieras. Era el único que aún la estimaba y vivía solo y cómodamente en una casa en la que cabrían los siete. Ella, su hijo y los cinco bastardos que llegaron en intervalos de dos años. Los críos desvelados, ajenos al asco y la aversión, corrieron de habitación en habitación y saltaron alegremente sobre las camas. Ella tomaba calmantes y temblaba, aislada del jolgorio. El padre charlaba trabajosamente con el chaval.
Tras el alboroto del desayuno, los tazones de café, chocolate, leche y el pan desperdigado por todos lados, el hombre tomó el machete y el rifle de caza. Le pidió las llaves de su casa, que ella con guantes y gafas de sol, en la penumbra de la sala y la resaca de la medicación tardó lo que él consideró una eternidad en sacar del raído bolso.

4 comentarios:

  1. No es que no tenga sentido. Salvo algún pasaje. Pero, no sé, me pregunto, por qué se cuenta esa historia.

    ResponderEliminar
  2. Necesitas dejar de intentar buscar el sentido a todo lo que digo.

    ResponderEliminar