sábado, 24 de septiembre de 2011

Último capítulo de la vida de Emma


El modo en que las escaleras crujieron al subirlas él fue distinto. La madera mil veces transitada ya anunciaba un cambio. El ático donde recibía era el único lugar del mundo conocido para Emma. El sonido de las escalas el familiar ambiente que la sacaba de la ensoñación.
En principio, y como siempre, el cazador anda cauto y ansioso ante la presa. Le embarga la inseguridad y el miedo. Le paraliza el deseo. El hambre, quizás. La duda de que ella le rechace porque es bella, joven, inalcanzable y tiene el poder de negarse. Aunque estuviese en aquel ático. Las reglas del lugar y de los amos. El juego de medirse empieza. Ella no es una pieza consciente. Saca sin intención su encanto y un arsenal de preguntas. Él responde a pesar de lo preciosa que es ella, de la falda breve y los zapatos de pulsera. Le cuenta trozos de historias que completan justo el hueco de la necesidad de ella. Ocurre que dejan pasar tiempo indefinido charlando. Ahora ella ríe y sus ojos brillan y no deja de mirarle los ojos, las manos, los labios. A él tras este rato se le acrecientan las ganas, seguro de que no habrá de hacerle un regalo a la dama. Tras el lapso imposible, besos, promesas. Mañana. Otra vez el crujido de sus pasos en las escaleras.

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