domingo, 24 de abril de 2011

El espíritu del boomerang

Acabo de llegar de mi último pueblo. Doy una vuelta exploratoria por esta ciudad, mirando las caras de los transeúntes, escuchando las conversaciones de los lugareños para ver en qué puedo yo ayudar al sitio. Soy portador de ciertos conocimientos milenarios heredados genéticamente por parte de padre, chamán de la Legión de la Llama. Estoy en la obligación moral de contribuir en lo que pueda al mundo circundante, lo que incluye a seres humanos, animales, plantas y objetos inanimados, que a veces están mal ubicados y van absolutamente contra su karma y el de los demás. ¿Han visto alguna vez un semáforo mal programado? Cuadros mal iluminados, figurillas de espaldas en los escaparates. Cosas así.
Muchos saben o creen saber que todo hombre comparte en su interior, como parte de su forma de ser, el espíritu de un animal. Algunos tienen el espíritu del oso, otros el del lobo o el del águila. Pocos admitirán que tienen el espíritu de la cucaracha volantona, o el de la flor del cardo, o el de la sucia hiena. Pero los hay. A patadas. Todos quieren tener el espíritu del águila, pero de esos los hay contados. Es importante, y eso no es del dominio general, que no solo de animales y plantas puede ser el alma de las personas, también se tiene dentro el ser de objetos, puede ser un tótem, un embudo, una nube de algodón de azúcar, un cuchillo de plástico de esos que te dan en el McDonalds y no corta. O un boomerang.
Cada uno actuará según le dicta su natura si no algo terrible pasará. La infelicidad ensombrecerá sus días y sus vidas se malgastarán como el agua del río que desemboca en el mar sin haber regado una huerta. Mi misión aquí y adonde fuere es descifrar a mis hermanos y cuál es su naturaleza verdadera. Orientarles en lo que pudiera ocurrirles. Me doy a conocer rapidísimamente y los impresionantes resultados de mis consejos que, además son gratis, corren de boca en boca. Hasta ser yo famoso en ese lugar y tenerme que marchar, pues siempre indefectiblemente asociaciones de psicólogos, farmacéuticos, psiquiatras y médicos de cabecera se asocian con masajistas y profesores de yoga y pilates, y me acosan hasta el agobio extremo. Así voy yo recorriendo el mundo, feliz en verdad, por no tener que ver siempre las mismas caras y sobre todo por no tener que presenciar como mis contemporáneos tropiezan una y mil veces en la misma piedra a pesar de haber ya sido advertidos.
Con frecuencia sorprendente, la solución a un asunto que parece un problema es solo el desconocimiento del ser de algo o alguien. Pongamos que uno tiene el espíritu del boomerang. Y que alguien lo lanzó, sin saber que era boomerang, pensando sencillamente que volaría rápido o lento, recto o en zigzag, hacia arriba o en vuelo raso y paralelo al verde prado. Lo que sea. Y ese alguien, ya acabada esa experiencia, se da media vuelta y vuelve sobre sus pasos. Las cosas empezarán a ir mal con total seguridad, el que fue lanzado no querrá, no podrá, no sabrá seguir adelante. El que fue lanzado tampoco sabe que su condición es la del boomerang. Y entonces yo llego a su lugar y le hablo, le explico, le hago saber quién es él. Que no es un ser problemático. Que lucha contra sí. Que los demás tampoco saben quién es él. Así, el boomerang tiende a girar y volver con cierta velocidad a las manos de quien lo lanzara. Siempre hago hincapié en el factor, imprescindible por otra parte, de tener informados a los que nos rodean de quienes somos en realidad. Si no, siguiendo con el mismo ejemplo, el que arrojó al viento el boomerang no sabrá que tarde o temprano estará de vuelta. Y yo lo he de buscar y le he de explicar: prepárese a agarrarlo presto porque si todo sale como tiene que salir retornará a usted y si no lo coge con las manos estoy seguro de que se le estampará en la cabeza.

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