Siempre fui una egoísta y no lo supe. Tampoco era tan feliz pero sí más que después cuando ya todo me preocupó para el resto de mi vida. El día que nació mi hijo cambié en eso y en todo. Sigo enamorándome. Sintiendo celos. Amando como loca. Luchando como loca. Pero ahora, además, miro a ambos lados antes de cruzar la calle. No por miedo al dolor del golpe, del atropello y de la extirpación. Sino por miedo a no estar el día que él me busque y me necesite. Es solo por él que a veces sobrevivo a cosas letales, a palabras que vienen como espadas, a silencios, al vacío, a la nada.
Pienso hoy que quizás deba comer mejor, no beber, no fumar, dormir más. Para que me coja fuerte y sana el día que sin duda llegará. El día de su fuga, de su encarcelamiento, de su hacerse de una secta. Un día que siempre llega. Acaso una ventolera venga y se lo lleve lejos y solo tendrá mi palabra que lo aliente y la necesitará. Ese día quiero pensar que estaré de su parte, ante todo. Que recordaré mi infancia, mi adolescencia, mis errores, mi humanidad. Pagaré fianzas e hipotecaré mi casa. Te diré adiós aunque después me crea morir de pena cada pequeño instante que me pare a pensar. Lo sacaré del agujero y lo salvaré para que siga solo, para que por fin me olvide y tenga su mujer, sus hijos, sus problemas y su vida. Ya entonces y solo entonces tendrá sentido morir o quizás vivir de nuevo únicamente para mí.
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