A las 8 de la tarde un caluroso día de verano decidí decir la verdad ya para siempre jamás. El círculo se cerraba y mi forma de ser, ya de por sí perfecta, coronaría el Everest de los caracteres con este último gesto mitad natural, mitad desarrollo voluntario de mi mismedad.
Ya antes mucho antes había decidido no comer carne, ni pisar los insectos que andaran por el suelo a lo suyo. Ni siquiera en un descuido. Ya me guardaría yo de dañar a otro ser vivo. Pasaba la tarde vigilando que los niños del vecindario no maltratasen a las plantitas del jardín, ni como era una tradición milenaria arrancasen las alas a alguna mosca y se quedasen viendo como reaccionaba y padecía el mutilado bicho.
Jamás haría daño a un cachorrito, ni permitiría que otro lo hiciese; pagaba enormes donaciones a Mascotas Sin Fronteras, recogí cientos de gatos abandonados; organicé eventos en Facebook para que se adoptase a los animalitos sin hogar. Fui buena con la Naturaleza sin esperar nada a cambio. Incluso perdoné la vida a una medusa que me levantó la piel de todo el brazo y me causó un dolor indescriptible hace unas semanas. No dejé que la cazaran y la mataran aquellos energúmenos de la playa. Mi trabajo me costó, no vayan a pensar. Algunos argumentaban que había allí niños a los que podría también picar. Y yo a los niños también les tengo veneración. No crean, no piensen mal. No soy de esas defensoras de los animales, ecologistas de tres al cuarto, que harían daño a un ser humano antes que a un oso. No. Ni hablar. Siempre que discutimos del tema con los amigos en casa, explico que también me he sacrificado muchas veces por personas de mi entorno. He pasado noches en vela en el cementerio. He dedicado semanas de mi vida a visitar a familiares moribundos en el hospital, he dicho mentiras piadosas, he soportado secretos enormes como piedras sobre mi cabeza para no dañar a los demás. Por ejemplo, una y mil veces he dejado al mismo hombre, le he pedido que se fuese, he hecho las maletas y he intentado largarme. He dicho no te quiero, no me haces feliz, no me gustan las peleas, quiero marcharme, me haces daño, me siento angustiada a tu lado. Me quiero ir, por favor, aparta de la puerta. En fin, todo lo que imaginen. Una y mil veces. Él cada una de las veces ha mostrado su dolor, explicaba que no creía que pudiese soportar separarse de mí. Que cómo no abandonaba ni a un gato y a él sí. Que me quería, que le partiría el corazón si me marchaba. Y lloraba. No puedo soportar ver a la gente llorar. Menos mal que los animalitos y las plantas no pueden llorar. En ese momento en cada una de las veces que esto ha pasado, yo soltaba la maleta, el abrigo, la puerta. Me sentaba en el brazo del sillón donde él paraba desconsolado, le pasaba la mano por el cabello. Me quedaba. Así, cada vez, durante diez años.
De esto no hablo, no lo cuento. Sobre esto miento a todos, todo el tiempo. Pero eso no me hace mejor, esta es la conclusión a la que he llegado justo hoy. No. Creo que para bien de todos hay que decir la verdad, y después si se tercia habrá que disculparse o pagar.
¡Pero que buena chica!
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