sábado, 2 de abril de 2011

No estar en ninguna parte y estar tan solo. No puedo evitar escribir eso una y otra vez en el margen del libro que leo. Sé que no debería dejar que lo sepan.
El eco de los pasos invisibles me sigue por delante, un modo extraño de seguir a alguien pero es así. No lo duden. Van por delante pero paran si yo paro, continúan cuando reanudo la marcha. Estoy seguro.
Alguno que sabe adonde está y adonde va no me ayuda; atesora su sabiduría vital como si al compartirla la dividiese y menguase su fuerza. Y quizás sea así.
Ese me mira curioso porque intuye que soy diferente y me teme sin motivo; supone que estoy loco porque toda diferencia es anomalía y defecto. Algo como una vergüenza ajena, una pena llena sus ojos antes de apartar su mirada y seguir con su caminar afectado y determinista. Y yo allí lleno de miedo tangible, de dudas y ganas; ganas de charlar sobre todo. La sonrisa presta que no tiene causa ni finalmente verá la luz esta mañana nublada.
Los famas con sus relojes y sus casas acristaladas y sus brillantes, sus peinados y sus zapatos limpios. Con su puntualidad y sus recetas de cocina. Abanicos hechos a mano, venidos del país de los abanicos refrescan a todos menos a mí. En verdad no tengo calor, siempre siento frío.
Es la fiesta nacional pero no tengo asiento ni invitación. Pregunto a alguien si ya es viernes y me mira aterrado como si hubiera preguntado en qué año estamos, veo que saca su teléfono y sé, lo sé, que llama a la sección policial de orden público (POP), cuyas atribuciones van desde despejar las calles de borrachos y mendigos a evitar que perturbados, alienados e inadaptados molesten a los ciudadanos.
El sistema se perfeccionaba. Las ciudades iluminadas y pulcras, los paseantes impecables y dignos; cada ciudadano protegido y colaborador podía sentirse seguro. Nunca el mundo libre fue tan perfecto, jamás la normalidad estuvo tan cuidada. Quién quiere beodos meando en los portales, putas en las esquinas, alteradores varios del orden, locos con la mirada perdida, tipos hablando solos por las aceras. Aquello terminó hace tiempo.
Algunos vivían solos en apartamentos pequeños bajo vigilancia y, si bien ningún pecado habían cometido aún, estaban bajo la sospecha de autoridades y vecinos; nada en sus neveras, despeinados, mal vestidos, demasiado delgados, torpes, diferentes. Si se les permitía estar allí era porque la humanidad consistía en eso en dar una oportunidad. Todos sabían que ciertamente no se recuperarían, que nunca formarían parte de la sociedad pero mientras no se dejasen ver mucho ni comenzasen con excentricidades intolerables, nada podrían hacer contra ellos. Y aunque lo más sano sería atajarlo tempranamente, --medicina preventiva--, la ley aún no lo permitía.
Yo que vi a aquel con el teléfono supe de inmediato que no debí haber preguntado, que no saber si era viernes era síntoma de locura. Caminé calle abajo alejándome con la esperanza de que todo quedase en nada, decidido a encerrarme en mi buhardilla y no salir más que a comprar mi alimento y a visitar aquella pequeña librería donde se nos toleraba amablemente.  Tampoco podía correr. Nadie corría, nadie saltaba, nadie se movía de modo extraño y sospechoso. Aligerar el paso pero disimuladamente, nada de parecer nervioso, ansioso, raro. Crucé la calle, llegué a la esquina, giré al final de la avenida. Me miré en un escaparate y peiné mi rebelde flequillo. Alisé mi camisa sin planchar, borré de mi cara toda expresión de pánico, de prisa, de alivio. Traté inútilmente de reflejar un aspecto imparcial. No sabía ser imparcial, cada cosa de este mundo me perturba: un insecto me causa curiosidad, un crujido me hace saltar, una leve brisa me hace sonreír, el olor de alguna flor me hace quedarme unos minutos petrificado. Y si el sol de la tarde perdona mi sempiterno frío agradezco a la naturaleza su generosidad con una amplia sonrisa que a veces torna en carcajada. De la visión de una joven hermosa no me contengo, alargo el momento siguiendo con la vista el objeto de mi deseo y como estoy tan solo a veces no puedo disimular una erección que claramente metamorfosea la forma de mis finísimos pantalones. Cada salida de casa es un riesgo que casi no puedo asumir, pero tengo hambre y se me acaban las novelas.
Tras veinte minutos, calculo grosso modo en el lenguaje convencional que tantas veces he oído, decido que ya estoy a salvo de los POP y me relajo levemente. Sigo caminando hacia el sur buscando la vista del mar, y un hueco entre las rocas del espigón donde poder sacar mi cuaderno lleno de historias para continuar escribiendo sin que nadie me vea. No se equivoquen no es que no haya escritores ni poetas. Muchos famas son grandísimos poetas, dan recitales, firman libros. No está prohibido ni mal visto ser poeta, más bien al contrario. El poeta se ha convertido en una guía en la que el refinamiento de los cultísimos y aseadísimos famas pueden convertir su tarde de té en reunión cultural. Poesía bella, límpida, tibia y optimista. Pero yo no sé hacer eso. La mía es horrible, sucia, ardiente y pesimista. Lo que yo escribo en mi cuaderno más vale que nadie lo lea.


No hay comentarios:

Publicar un comentario