domingo, 10 de abril de 2011

Creer o no creer

No creo en nada. Nunca he creído en nada. Jamás creí en Dios, ni en el Infierno, ni en la Atlántida, ni en la Sábana Santa. Ni en los agujeros de gusano y viajes en el tiempo, ni en la teoría de la relatividad ni menos aún que el hombre haya pisado la Luna. Carezco de fe y de confianza en los demás. No creo que los académicos de la lengua bicentenarios se reúnan cinco horas seguidas, ni que las enormes limusinas que transportan a los presidentes de las repúblicas del mundo estén blindadas (esto no sé si es que no me lo creo o es que lo deseo intensamente). No me trago lo de la capa de ozono ni eso del cambio climático. Lo dicen pero es mentira. Vamos que no me lo creo.

A mí, como a todos, lo que con 20 años me parecía genial, con 35 me empezó a preocupar y pasados los 40 me comenzó a obsesionar. ¿Por qué no creo en nada? Algo me debe ocurrir. A ver si va a ser letal. Fui a ver a mi médico de toda la vida. Una eminencia. Le conté el caso y él me preguntó si bebía agua mineral. Sí. Pues prueba a beber agua del grifo, que esas aguas embotelladas tienen una mineralización muy baja y puede que tengas alguna deficiencia química que haya causado una desestabilización del sistema nervioso o alguna disfunción cognitiva leve. No te preocupes, dijo, hay cosas peores. Podrías creértelo todo. Pues también es verdadDecepcionado por la respuesta tan boba, si bien más tranquilo, fui a casa donde mi linda esposa me besó y me dijo que me quería y yo no la creí, como siempre, aunque respondí, también como siempre: y yo a ti, mi amor. En lo que mentí tanto como ella o más, la verdad. Le conté lo que me dijo el doctor y confesé que no creía que ese fuera el problema. Claro, dijo ella. Siempre tan irónica e impertinente. Pero mira por dónde vamos a ahorrar en lo del agua mineral. Listilla, pensé y no dije.
En fin, para no alargar con divagaciones que no vienen al caso, contaré que pasaron tres meses. Bebiendo agua del grifo y solazándome con la falsa de mi mujer, que es insoportable pero muy complaciente en la cama. Era cuatro de junio cuando empecé a notar algunos cambios en mi percepción de los datos que a mí llegaban. Por ejemplo, en el telediario de Tele5 hablaba Rajoy que decía tener la solución para la crisis económica mundial pero que prefería reservársela hasta llegar al gobierno. Como si fuera una fórmula química que en las manos equivocadas podría resultar fatal. Pues bien, le creí. A pies juntillas. Decidí votarle en cuanto tuviera ocasión y si las condiciones climáticas lo permitían. Después salió en Antena3, una rubia regordeta con carita de cerdo y un poco despeinada de la que desconozco el nombre y que insistía en que lo del 11M fue un complot, una trama, y que “hay mucho por descubrir todavía” (entrecomillo la expresión textual para señalar que la mala construcción sintáctica no es de mi cosecha sino de la de ella). Sentí una indignación formidable y unas ganas de lanzarme a la calle con pancartas y manifestarme junto con el resto de españoles, como sugería la chillona y maquilladísima dama.
Viéndome curado, llamé a mi mujer para contarle. Cogió el teléfono, estaba muy liada. En el despacho. Hasta las tantas otra vez. Bueno, es que tengo algo importantísimo que decirte. Ahora no, cariño. Cuelgo, amor, que me pillas en plena reunión. Venga, sí, sí. Adiós. Te quiero. Adiós. Me quería. Lo creí por primera vez. Nunca. Ni cuando éramos novios ni cuando dijo "sí, quiero" ante el cura que nos casó. En mi vida me sentí tan feliz. Tenía que decírselo. Esperaría a que terminase la reunión y solo le robaría dos minutos. Había encontrado la certidumbre que nunca tuve. El mundo daba vueltas en torno al Sol. La Tierra era redonda. Lo de Kennedy fue una conspiración. Tantas revelaciones explotaban como suaves pompas de jabón en mi cabeza. Plop, plop. Lo de Dios y la Sábana Santa no había tenido tiempo de replanteármelo pero ya vería más tarde. Ahora quería hablar con mi mujer y decirle, compartir este momento con alguien que me quisiera.
Salí en mi coche, aparqué en zona azul, subí los escalones de dos en dos para no esperar el ascensor del edificio de oficinas. Y llegué al sexto piso sin aliento pero eufórico, lleno de esperanza, confianza y fe. Me extrañó que no estuviera el recepcionista, ni las secretarias de la sala de espera, y todas las puertas estaban abiertas y nadie dentro de los despachos. Solo una puerta, la de ella, estaba cerrada. Me acerqué y abrí sin tocar antes, sin avisar de mi presencia, en realidad sin pensar. Y, sí. Lo que imaginan todos. Lo que intuían desde que cogí el coche, desde que subí los escalones, desde que dije que el recepcionista no estaba. Sí. Abrí la puerta y allí, encima de la mesa, mi mujer en posición decúbito lateral derecho y un señor al que no había visto en mi vida, hacían el amor como animales desbocados. Toda esa alegría, la satisfacción y la euforia se esfumaron como el vapor de agua cuando abres el baño después de ducharte. Nos miramos. Yo no dije nada. Ella no dijo nada. Salí del edificio suponiendo que ellos siguieron en lo suyo sin importarles un rábano que los hubiera visto allí fornicando. Crucé la calle. Y caminé hacia casa dejando el coche en la zona azul donde empezarían a multarme en diez minutos. Me daba igual. Fui directo al supermercado más cercano y pedí el agua de mineralización más débil que tuvieran. Trescientas cajas. Sí. Envío a domicilio. Claro. Urgente, inmediatamente. ¿Urgente? Saldrá un poco más caro. No importa: más caro sale un divorcio, o ingresar en un secta y que te limpien los bolsillos antes incluso de terminar de comerte la cabeza. La chica ni se inmutó por el críptico comentario y me pidió la tarjeta de crédito y el DNI. Pasados tres meses, vuelvo a ser yo otra vez. Nada del mundo me perturba pues no me lo creo. Del recuerdo de mi mujer gritando de placer con aquel tipo entre sus piernas no sé qué pensar, por momentos pienso que ni siquiera fue verdad. Que lo pensé, que lo soñé, que lo querría pensar, que lo sospechaba o lo sospeché pero no creo que pasara en realidad. Dos cosas me han quedado como secuela de aquel tiempo de inocencia y credulidad. Creo que Rajoy sabe cómo sacarnos de la crisis y no lo dice y creo que lo del 11M huele mal, tal como dijo la señora del morro porcino en Antena3.


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