Dos meses sin parar de llover. Nada extraño en Galicia, por otra parte, pero Ángel estaba empezando a deprimirse. Su mujer, con los reproches desde aquello de Paula; los chicos, con los deberes, con la música, con el dichoso internet, con esas caras largas desde que él supuestamente los puso en evidencia ante sus amigos al infiltrarse en un botellón. Sí, es cierto, es cierto: se enteró de lo del botellón espiando el tuenti de su hijo... pero en el amor y en la guerra, ya se sabe.
Hicieron un reportaje, salió en toda la prensa: un héroe para cualquier padre, un político necesario en una sociedad de costumbres bárbaras y aberrantes. Desde aquel día le llaman el azote del botellón lo que le valió una posición en el partido y le reportó el privilegio de ir el tercero en la lista electoral para el Ayuntamiento de la ciudad. Un triunfador, coño. Pero en casa le tenían puestos los puntos: los niños ni le hablaban y la mujer... bueno, ella llevaba insoportable desde hacía años, entre el régimen y la obsesión con que le ponía los cuernos con Paula, que ni estaba buena, ni era simpática ni siquiera le gustaba ni tanto así. Menuda panda de desagradecidos. Vivían a todo plan, gracias a él, que trabajaba noche y día, y hacía lo que había que hacer. Ni un solo lugar de aquel piso le pertenecía. Cada uno de aquellos egoístas, ocupaba un espacio, con su música, sus amigos, su televisión a toda pastilla, su videoconsola. Todos aquellos aparatos que él había ido financiando y que habían invadido su hogar y lo habían desplazado por completo. El que debiera ser su refugio era un sitio hostil y desagradable que lo crispaba.
Necesitaba salir. Aquella tarde no podía quedarse en casa. Ni modo de salir a dar un paseo: las calles estaban anegadas; llovía a mares, no lluvia gallega, parecía una tormenta tropical. Se acordó de lo del cambio climático. ¡Qué carajo de mentiras les metían por ahí detrás! Lunes y todo el mundo ocupado. Todo cerrado. Llama a Manolo, ese siempre saca un rato para los amigos. Quedan en A casa de calle San Marco. ¿Por qué no? Un copa, dos como mucho, charla y risas con Manolo y ya vería las cosas de otro color. Manolo era la monda. A las ocho y media, salió de casa: “Una reunión de última hora”, dijo a la esposa que ni le miró.
A las nueve recoge a Manolo, que no tiene coche ni falta que le hace. A las nueve y media, ya estaban sentados en A casa de San Marcos. Un burdel con clase. Chicas jóvenes y risueñas les acompañan, conocen a Manolo. Se muestran amables, comprensivas, cariñosas. Yasmina, Sonia y Lupita. Beben un par de ron-colas, bailan con las muchachas de manera inocente. Poco a poco olvida las preocupaciones cotidianas, a la tocapelotas de Julia, a la loca de su mujer, a los mimados de los hijos, las deudas y las zancadillas. Yasmina tendrá 22 años años y se muestra interesada en él. Insiste en un último cubata y Ángel, por no hacerle el feo, invita a otra ronda. El camarero, Camilo, les obsequia con unos chupitos que toman por educación. La cosa es divertida. El sitio cálido, la música agradable. Yasmina que se sienta en sus rodillas, Manolo que empieza a contar chistes de socialistas corruptos. Mira el reloj: “¡Hostia, las dos!”. Venga, cariño quédate un ratito. Manolo que le guiña un ojo y dice que así no puede conducir, que descansan en el reservado con las chicas y ya después se marchan, que total a su mujer le da igual, que preferirá dormir sola a sus anchas en la pedazo de cama de 1,50 que eligió en El Corte Inglés y que le costó un huevo. Y es cierto. Ángel está como una cuba y consiente en descansar. Lupita, Yasmina y Sonia les acompañan a la parte de atrás. Allí una habitación muy coqueta les da la bienvenida. Yasmina se dedica casi por entero a Ángel y Lupita alterna sus atenciones entre todos. Yasmina sentada sobre él, le cabalga con dedicación aunque él no aparta la vista de Sonia, a la que Lupe besa el clítoris, mientras monta a Manolo de espaldas. Nada de esto le resulta extraño. Todo es tan natural, tan humano, tan pacífico y lleno de verdad. Llegado un punto, Ángel indica a Yasmina que se baje y se acerca al trasero de Sonia y se mueve al compás que dicta desde abajo Manolo; marchan como una locomotora humana, como un tren de amistad y placer. Donde los besos sustituyen a las palabras, donde no hay mentira ni reproche ni hipocresía ni puta política, ni estrategias. Solo hacer y dejarte hacer, con esas hembras bellísimas y generosas y complacientes, que no buscan más que divertirlos, satisfacerlos y por un momento indefinido amarlos. Manolo acaba el primero. Las chicas insaciables no tienen problema en venirse una y otra vez. Ángel, a pesar de la borrachera, monta también a Sonia por no dejar de probarla a ella también. Cuando por fin se corre. Se despiden y salen del local, satisfechos, y veinte mil duros más pobres. “Invito yo”. Manolo no tiene donde caerse muerto. Van cansados de tanto follar. La cuatro y media. La borrachera no se les ha pasado del todo. Aún llueve pero solo quieren llegar a casa y dormir una semana. Ángel deja a Manolo en su casa. Te quiero, tío. Te quiero, hermano. Tenemos que repetirlo. Apuesta a que sí. La próxima pago yo. Y un cojón. Aquí el dinero es lo de menos. Qué hijoputa. Adeus, irmán. Arranca; su A6 casi va solo. Es un hombre precavido, prudente, respetable y va despacito. Para en cada paso de cebra aunque en la calle no hay ni un alma. Le cogen todos los semáforos en rojo. Qué sueño. Qué tarda este semáforo. Da una cabezadita. Sueña con Yasmina: le baja la portañica y mete su boca entre sus piernas. Cierra más fuerte los ojos y abre las piernas. Oye un golpe seco en la ventanilla y la aspereza de una voz que le pide la documentación.
Por suerte y gracias a Jesucristo nuestro Señor, estas cosas no se ven por donde yo vivo.
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