Yo querría escribir una única poesía, pero no tengo talento. Es la verdad. Y lo sé. Sin embargo, querría escribir una poesía. Una sola. Una que fuese bastante y suficiente. Algo que te llenase de mí y saciase mis ganas de ti. Un poema, solo uno. Y ya. Es, lo sé, un capricho bobo, un deseo infantil y romántico; puede que incluso una necesidad muy pobre. Algo que hacer antes de morir. Unos poquísimos versos. Un poema, pequeño y claro, que te enviase en un correo y una mañana nublada tú encontrases ahí, en ese disco duro atestado de historias, música, mensajes y olvido. Y que fuera para ti, que nadie excepto tú leyese, que nadie más que tú supiese. Escrito para ti y por ti. Y que entonces tú decidieses destruirlo, borrarlo, eliminarlo, suprimirlo. Pero antes te tomases la molestia de leerlo y recordarlo. Y cuando al fin tú murieses ya de verdad y para siempre, --años, décadas, después de mi muerte--, el poema también desapareciese.
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