Contaré, tan solo, que su carácter era terrible: voluble, vanidosa; cambiaba continuamente de opinión. Me regañaba de manera violenta, me humillaba. Aunque todos piensen que estaba orgullosa de mí, aquello fue sencillamente un modo de fastidiar a ese Nereo que de tan sincero un día le diría alguna verdad sobre lo impertinente de su comportamiento y lo que eso mermaba su atractivo a sus modestos y acuosos ojos.
El venerable Nereo, menuda nos armó. Mira que fue bueno, y comparado con ese viejo verde de Neptuno, viviendo en una eterna orgía, un santo. Pero menuda nos lio. En casa, por su culpa, mamá estuvo intratable. Y como tuve la desgracia de salir guapa, pues, hala, a refregárselo a sus hijas que andaban subiditas de tanto halago inmerecido, en la opinión de mi madre y de mucha gente de Etiopía que conocí y no parecían especialmente interesados en el asunto. En fin. Ella se pasaba el día con unos y con otros diciendo que yo era la más bonita y cansó a quien no debía y llamó la atención para mi mal y consiguió que aquellas ninfas fuesen a pedir una satisfacción a Poseidón al que tenían encandilado y bien contento y que, claro, se apresuró a conformarlas antes de llegar la bacanal de la noche.
La cosa es conocida: acabé desnuda, atada a una roca, con los brazos en alto para servir de sacrificio a una bestia marina. Menos mal que pasó por allí el hijo de Dánae, que también sufrió lo suyo, y quedó prendado por mis visibles atributos femeninos, si no, hoy no estaría aquí acordándome de mi madre.
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| Cassiopeia A |

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