Llego a casa cansada. Me descalzo para no cabrear a la vecina de abajo. Me desmaquillo, me pongo un pijama que es cómodo y sexi, para mantener alta la autoestima (no despreciemos la psicología new age). Salgo a la terraza a fumar. Es la hora en que pasa el deportista cachas que me saluda. Como un reloj, pasa por delante de mi balcón, deja de correr, me mira descarado, le saludo con la mano y una sonrisa que dice cómeme. Me dice: "No deberías fumar". "Cultivo la mente, en vez del cuerpo", le contesto. "Haz ambas cosas". Guau, pienso. Y veo como se aleja. Madre mía, dan ganas de hacer deporte. Pero no tanto.
Entro en casa. La casa, vacía, sucia. Desmayada de hambre, voy a la nevera, soñando despierta con macarrones con tomate. La nevera da más miedo que J. Nicholson en El resplandor. Nada. Queso con pinta extraña. Yogures que caducaron en verano. Doy un trago a la botella de zumo. Asqueroso. Abro una cerveza. Sabe a gloria, a lo que deben saber las nubes, a lo que debe saber el elixir que te dan en la sala de espera del Cielo si has sido bueno en esta vida. Gloria bendita que me quita el hambre, la sed, las penas.
Echo la cabeza en el respaldo del sofá, y repaso el día. Empiezo siempre por arrepentirme de haber hablado tanto. Paso del pánico a la satisfacción. Hoy he tenido muchas visitas. Alumnos a los que quiero. Compañeros a los que admiro y piensan que todo lo puedo. Y algún amigo entre comillas al que me alegro tanto de ver aunque solo sea unos minutos, aunque esté de mal humor, aunque me diga que no a todo. Está más guapo con barba. Mucho, mucho, mucho. Para mi mal.
Pongo música, releo a Bolaño. Me quedo frita. Una siesta de seis horas. ¿Quién da más?
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