sábado, 5 de noviembre de 2011

Dónde van las muchachas perdidas



-Dónde vas si aún no amaneció.
-Quiero pan fresco, recién hecho.
La muchacha se vistió con su vestido de diario, se calzó las botas, se marchó sonriente por pan. Tomó las monedas del bote de la cocina y saludó alegre al amante que quedó medio dormido en el lecho al lado de la estufa, junto a la ventana de cristales empañados. La joven sin nombre cruzó las calles encharcadas, esnifó la bruma del amanecer, respiró el aire de la ciudad amaneciente. Caminó y caminó. Miró al fondo de la avenida las luces de los automóviles viniendo, el polvo de la polución. La muchacha sintió el cambio rápido. Sonrió. Sonrió en medio de la bruma azul. Entonces comprendió, no solo cómo cambiaba el tiempo, cómo amanecía, cómo los autos tomaban la calle y el pan olía a lo lejos y su amante la esperaba en su cama. Comprendió el qué, el cómo y el por qué. Miró su reflejo en el gran charco a mitad de la calle. Su reflejo tembloroso en el suelo; su rostro extraviado en el propio reflejo.


Nunca volvió a la habitación, ni al edificio. Nunca su amante la volvió a ver; ni, que se sepa cierto, llegó a comprar pan tierno.

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