martes, 1 de noviembre de 2011

La culpa

Sofocante crueldad, por qué no me rehúyes y, altiva, pasas de largo tal como si yo no valiese la pena. Por qué ese empeño en darme importancia, parándote ante mí, sentándote sobre mi circunstancia, riendo la boca abierta, mostrándome los dientes, paseándote ante mí, haciendo girar tu reloj ante mi estúpida nariz que por instinto idiota olfatea, mientras bizqueo buscando las agujas para ver qué hora marcan.
Desprendes un calor desesperante, húmedo, angustioso. Tu presencia me oprime el pecho. Y te me apareces cada poco: para qué; cada menos que poco: por qué. Nunca das explicaciones; solo esa mirada de desprecio a los cercos de sudor que rodean mis ojos. Yo sudo por los ojos, -digo-, no estoy llorando. Es que sudo por los ojos. Y tú, imperturbable, adivinas la próxima visita, planeas donde te ubicarás: en mi maternidad aterida, en mi ineptitud, en mis costillas, en mi cobardía, en mis pesadillas, en mi insomnio, en mi lavarme las manos más de veinte veces al día. Allí, frente al espejo, cuando levanto la vista y me topo con mi vergüenza. Allí, te acoplas y de nuevo ardes contra mí. 
Pero es inevitable, porque todo llega, que yo me rebele y te mire mirarme. Y desafíe tu juicio y juegue a no tenerte miedo. Aunque tenga miedo, durante un momento no lo sentiré. Frente al espejo con las manos ya limpias y secas, agarradas fuertemente en el lavabo mil veces usado, echaré atrás la cabeza sin quitarte ojo. Y alzaré el mentón con violencia y orgullo. Y estamparé mi cabeza contra el espejo, matándote, las manos limpias, la mente vacía, el cuarto rojo, el aire fresco, congelado el tiempo.

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