Si no es amor, ¿qué es esto que me agobia de ternura?
Tu nombre, poesía Y saber luego que eres tú
barca de brisa contra mis peñascos;
y saber luego que eres tú
viento de hielo sobre mis trigales humillados e írritos:
frágil contra la altura de mi frente,
mortal para mis ojos,
inflexible a mi oído y esclava de mi lengua.
Nadie me dijo el nombre de la rosa, lo supe con olerte,
enamorada virgen que hoy me dueles a flor en amor dada.
Trepar, trepar sin pausa de una espina a la otra
y ser ésta la espina cuadragésima,
y estar siempre tan cerca tu enigma de mi mano,
pero siempre una brasa más arriba,
siempre esa larga espera entre mirar la hora
y volver a mirarla un instante después.
Y hallar al fin, exangüe y desolado,
descubrir que es en mí donde tú estabas,
porque tú estás en todas partes
y no sólo en el cielo donde yo te he buscado,
que eres tú, que no yo, tuya y no mía,
la voz que se desangra por mis llagas.
De Sindbad el Varado (Gilberto Owen)
Una respuesta
Y no sé si es una respuesta a Hesse, a ti o a mí. Pero es una respuesta.
He tenido que salir a mirar la noche y sentir el frío, a mirar la luna creciente y oír los ruidos de la vida que vuelve a casa. Prefiero las noches sin luna en que puedes distinguir cada estrella. Esas noches en que se para el tiempo y se diluye la visión del otro. Solo las estrellas, alegóricas formaciones que me hablan en un idioma que desconozco.
Por fin, una respuesta. Sencilla, perfecta. Como una luz al final de un tunel, como el final de una negrura de días perdidos. Una respuesta que creo comprender entre tanta incomprensión y tristeza.
Una mirada de ojos verdes.
El fin de la oscuridad ya habia empezado con un parpadeo, un brillo, hace un par de días. Hoy soy pirómana accidental, he prendido mechas.
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