miércoles, 3 de noviembre de 2010

El sueño



Anoche tuve un sueño. Como suele ocurrir, al despertar no lograba acordarme pero tenía una sensación que era como una hebra de la que tirar. Sentí que debía reconstruir aquel sueño pues la sensación era de plenitud, de satisfacción. Como una brisa aromática que me envolvía y me daba alas. Como un lago cristalino y purificador de dulces aguas en que me podría sumergir y bajo las que podría respirar.
Poco a poco, voy recuperando algunas piezas de aquel sueño. La imagen de un ser perfecto, un espíritu volátil, un fantasma ágil, anfibio alado, demiurgo poseedor de una sabiduría innata y natural, de una paz interior infinita. De igual modo, voy reconstruyendo el marco en que se movía ese ente feliz: una esencia de aire cálido y húmedo, agradable, donde no hay tierra, arena o rocas. Todo me era familiar, pero nada era como es. La revelación se me dio entonces completa. Aquella levedad, aquella felicidad, era el fruto de miles de años de evolución.

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